CUANDO EL MIEDO A PERDER AL OTRO COMIENZA A DESTRUIR NUESTRA TRANQUILIDAD.
En esta etapa, el desequilibrio emocional que antes podía pasar desapercibido comienza a hacerse mucho más evidente.
La relación deja progresivamente de sentirse como un espacio de encuentro y empieza a convertirse en una fuente constante de preocupación. La persona puede experimentar miedo intenso al abandono, ansiedad ante la separación, hipervigilancia, inseguridad y celos, incluso cuando no existen razones claras que justifiquen ese nivel de angustia.
La mente comienza a permanecer en estado de alerta:
“¿Por qué no me responde?”
“¿Estará perdiendo el interés?”
“¿Habrá alguien más?”
“¿Qué hice mal?”
“¿Y si decide dejarme?”
Poco a poco, la tranquilidad comienza a depender de las acciones del otro. Un mensaje puede producir alivio; unas horas de silencio pueden generar angustia. Una demostración de afecto devuelve momentáneamente la seguridad, mientras que una actitud distante puede despertar nuevamente el temor.
Pero quizá uno de los cambios más importantes de esta etapa ocurre en los límites personales.
Por miedo a perder la relación, pueden empezar a tolerarse comportamientos que anteriormente habrían sido considerados inaceptables: indiferencia, desprecio, manipulación, humillaciones, incumplimientos constantes o dinámicas que producen sufrimiento.
No necesariamente porque la persona haya dejado de reconocer que algo está mal, sino porque el temor a la pérdida comienza a pesar más que el malestar que produce permanecer.
Entonces aparece una contradicción dolorosa:
“Esto me hace daño, pero tengo miedo de irme.”
La dependencia emocional comienza así a modificar la percepción de lo que creemos merecer. Se justifican conductas, se minimizan heridas y se postergan decisiones esperando recuperar aquella relación que alguna vez produjo seguridad.
Sin embargo, amar no debería exigirnos vivir permanentemente en alerta.
Una relación saludable puede atravesar dificultades, desacuerdos e incertidumbres, pero no debería requerir que una persona renuncie constantemente a su dignidad, sus límites o su paz para conservarla.
Reconocer este deterioro no significa que todo esté perdido.
Significa que ha llegado el momento de preguntarnos algo profundamente importante:
¿Estoy permaneciendo porque esta relación me permite amar libremente, o porque el miedo me hace sentir que no puedo vivir sin ella?
La recuperación comienza cuando dejamos de medir nuestro valor por la permanencia de otra persona y recordamos que nuestra identidad no depende exclusivamente de quién decide quedarse a nuestro lado.
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” Filipenses 4:7 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

