
La crisis del Grupo Larrarte, una de las empresas uruguayas que captaban capitales mediante contratos de inversión ganadera, vuelve a poner bajo la lupa un modelo de negocios que ya había terminado en un escándalo de enormes dimensiones en Brasil con Fazendas Reunidas Boi Gordo. La comparación no demuestra por sí sola que ambos casos hayan sido una copia ni permite afirmar que existiera una conexión directa entre sus responsables, pero sí revela similitudes en la promesa de rentabilidades fijas vinculadas a una actividad cuyo rendimiento real depende de variables biológicas y de mercado. En Uruguay, el caso Larrarte terminó con la liquidación judicial de la empresa, denuncias penales y un proceso concursal en el que los activos comprobados quedaron muy por debajo de las obligaciones reclamadas. La pregunta que surge ahora es por qué un antecedente regional tan grave como Boi Gordo no generó mayores alertas antes de que este tipo de inversiones se expandiera en Uruguay.
El antecedente brasileño es fundamental para comprender la dimensión del problema. Fazendas Reunidas Boi Gordo comenzó sus operaciones en 1988 y durante la década de 1990 consiguió atraer a miles de inversores mediante contratos vinculados al engorde de ganado y promesas de rentabilidad. El negocio alcanzó una enorme expansión y recurrió incluso a campañas publicitarias con figuras conocidas y visitas de potenciales inversores a los establecimientos rurales.
La estructura terminó colapsando en octubre de 2001, cuando la empresa solicitó protección judicial frente a sus acreedores. Para entonces, el esquema tenía alrededor de 30.000 inversores y una deuda cercana a 1.200 millones de reales, según documentación del Congreso brasileño.
El caso se convirtió en uno de los mayores escándalos relacionados con inversiones ganaderas de Brasil. Lo relevante para Uruguay no es solamente el volumen alcanzado por aquella crisis, sino el mecanismo utilizado: presentar una actividad agropecuaria como una alternativa de inversión con rendimientos predeterminados, cuando la producción ganadera está expuesta a factores como precios, clima, costos de alimentación, mortalidad, reproducción y disponibilidad de pasturas.
Ese antecedente existía mucho antes de que aparecieran los problemas de los fondos ganaderos uruguayos. Sin embargo, durante los últimos años Uruguay experimentó una fuerte expansión de empresas que ofrecían a inversores urbanos la posibilidad de colocar dinero en ganado y recibir una rentabilidad determinada.
Entre ellas estuvo Grupo Larrarte, que ofrecía contratos de administración ganadera y rentabilidades fijas en dólares. Una denuncia presentada ante la Justicia uruguaya describió contratos con una rentabilidad anual del 11,3% sobre el valor del ganado entregado en administración.
La promesa resultaba particularmente atractiva para personas que buscaban proteger sus ahorros de la inflación o diversificar sus inversiones sin tener experiencia directa en la actividad rural. El atractivo estaba precisamente en que el inversor no necesitaba criar, alimentar ni vender animales: la empresa se encargaba de administrar el ganado y pagar el rendimiento pactado.
El problema aparece cuando se compara esa rentabilidad fija con la naturaleza real del negocio. La producción ganadera no genera automáticamente un rendimiento anual predeterminado. El precio del ganado cambia, los costos también y el valor de un animal depende de su edad, peso, categoría y condiciones del mercado.
Por eso, una promesa de retorno fijo exige una explicación adicional: ¿de dónde sale exactamente el dinero utilizado para pagar ese rendimiento cuando el resultado de la actividad ganadera no alcanza?
Esa es una de las preguntas centrales que dejó el caso uruguayo.
En septiembre de 2024, el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca aclaró públicamente que no auditaba al Grupo Larrarte ni tenía facultades para controlar o intervenir negocios de naturaleza financiera. Su participación se limitaba al control de propiedad y tránsito del ganado mediante el Sistema Nacional de Información Ganadera y a las competencias sanitarias.
La aclaración es importante porque permite separar dos funciones diferentes. Que un animal aparezca registrado en el sistema oficial no significa que el Estado esté validando el contrato financiero firmado entre una empresa y un inversor.
De hecho, las inspecciones realizadas a raíz de las denuncias comenzaron a revelar diferencias entre lo que algunos inversores creían tener y lo que efectivamente aparecía registrado o podía ser localizado.
El director del Sistema Nacional de Información Ganadera, Gabriel Osorio, explicó en septiembre de 2024 que algunos inversores descubrieron al consultar el sistema que el ganado mencionado en sus contratos no existía en los registros correspondientes, mientras que en otros casos aparecía solamente una parte de los animales comprometidos.
La diferencia entre un contrato y un animal físicamente localizado se convirtió así en uno de los elementos centrales del caso.
Una investigación posterior de la Justicia uruguaya profundizó todavía más esa discrepancia. Según datos mencionados durante el proceso penal, las denuncias acumuladas se acercaron a un centenar y comprendían contratos por más de US$12 millones, relacionados en los papeles con más de 16.000 cabezas de ganado. Sin embargo, las inspecciones del Ministerio de Ganadería encontraron 3.551 animales.
Esa diferencia no significa automáticamente que todos los animales faltantes hayan sido objeto de una estafa. La situación debe ser determinada judicialmente y existen movimientos de ganado, contratos, pastoreo y diferentes estructuras jurídicas que pueden afectar la forma en que los animales aparecen registrados.
Pero la magnitud de la diferencia explica por qué la Justicia terminó interviniendo.
El proceso concursal también mostró un escenario financiero extremadamente complicado. La Justicia decretó el concurso necesario de Grupo Larrarte y posteriormente dispuso la liquidación de la empresa. La decisión implicó la disolución de la sociedad y el desplazamiento de sus administradores de la gestión de los activos concursales.
Un informe preliminar del síndico presentado en 2026 calculó activos comprobados por aproximadamente US$1,89 millones frente a pasivos de US$14,2 millones, una diferencia de más de US$12 millones.
Ese dato ayuda a comprender por qué numerosos inversores enfrentan dificultades para recuperar el capital que habían colocado.
La situación tampoco quedó limitada al ámbito comercial. Jairo Larrarte fue imputado por estafa, apropiación indebida y libramiento de cheques sin fondos, mientras el proceso judicial continuó analizando las operaciones realizadas por la empresa.
Posteriormente, la Justicia concursal declaró culpable el concurso de Grupo Larrarte y estableció responsabilidades vinculadas con la insolvencia, irregularidades contables y salida indebida de bienes, según la resolución judicial informada por la prensa uruguaya.
Esto convierte el caso en algo más complejo que una empresa que simplemente perdió dinero en un mal ciclo ganadero.
El punto central es determinar cómo se administraron los fondos de los inversores, qué cantidad de ganado existía realmente, qué contratos fueron celebrados, qué rentabilidades fueron prometidas y qué ocurrió con los activos cuando comenzaron las dificultades de pago.
El problema adquirió todavía mayor dimensión porque Larrarte no fue un caso aislado.
Durante 2024 y 2025, otros fondos ganaderos uruguayos también comenzaron a presentar problemas para cumplir sus obligaciones. República Ganadera, Conexión Ganadera y posteriormente Portfolio Capital quedaron envueltos en procesos de insolvencia, reclamos de inversores y cuestionamientos sobre la estructura de este tipo de negocios.
La sucesión de casos provocó que lo que inicialmente podía parecer el problema particular de una empresa terminara convirtiéndose en una crisis más amplia del modelo de inversión ganadera.
El fenómeno llamó la atención porque durante años estos fondos habían conseguido una imagen de seguridad vinculada a un activo tangible: el ganado. Para un inversor, saber que su dinero estaba asociado a animales podía generar una sensación de respaldo físico que una inversión puramente financiera no necesariamente ofrece.
Pero tener un contrato que menciona ganado no equivale a tener control directo sobre esos animales.
Ahí aparece una de las principales enseñanzas del caso.
Cuando el inversor compra acciones o títulos financieros regulados, existen mecanismos institucionales destinados a identificar el activo, registrar las operaciones y controlar determinadas obligaciones de los intermediarios. En un contrato privado de administración ganadera, la estructura puede ser diferente y la protección dependerá en gran medida de la naturaleza jurídica del acuerdo y de la capacidad real de la empresa para cumplirlo.
El Estado uruguayo reconoció precisamente esa diferencia cuando el Ministerio de Ganadería explicó que su función no consistía en auditar el negocio financiero de las empresas.
El Sistema Nacional de Información Ganadera permite registrar movimientos y existencias, pero no funciona como una garantía estatal de las inversiones privadas realizadas sobre ganado.
Ese punto resulta especialmente relevante para los inversores que interpretaron la existencia de registros oficiales como una validación del negocio.
La comparación con Boi Gordo debe realizarse con cuidado. En Brasil, el caso alcanzó una escala extraordinaria y terminó afectando a decenas de miles de personas. En Uruguay, los casos de fondos ganaderos tienen características jurídicas y económicas propias y no pueden ser considerados automáticamente equivalentes.
Sin embargo, el antecedente brasileño permite identificar una señal que debería haber llamado la atención: cuando una actividad productiva de rendimiento variable se convierte en una inversión que promete retornos fijos elevados, existe un riesgo que merece un análisis financiero mucho más profundo.
La rentabilidad fija es particularmente delicada en la ganadería porque los resultados productivos no se comportan como un instrumento de renta determinada.
Un productor puede tener un año excelente y otro desfavorable. Puede aumentar el precio del ganado, caer el valor de determinada categoría, subir el costo de los alimentos o producirse una sequía que afecte todo el ciclo productivo.
La promesa de una rentabilidad fija no elimina esos riesgos. Simplemente los desplaza hacia quien administra el dinero.
Por eso, cuando una empresa promete pagar una tasa fija independientemente del resultado productivo, la pregunta fundamental es cómo consigue financiar esa diferencia.
En un modelo sostenible, debería existir una fuente identificable de ingresos capaz de cubrir los pagos, los costos operativos y el margen de la empresa.
Si la rentabilidad prometida a los inversores nuevos depende de la entrada constante de nuevos capitales, el sistema puede adquirir características completamente diferentes.
No corresponde afirmar que ese mecanismo existió en todos los fondos ganaderos uruguayos sin una prueba judicial específica. Pero la crisis demuestra por qué la estructura financiera detrás de las promesas de rentabilidad debe ser analizada con la misma atención que el ganado utilizado como supuesto respaldo.
La historia de Boi Gordo ofrece precisamente esa advertencia.
La empresa brasileña consiguió crecer durante años y ampliar la cantidad de inversores mientras las promesas de rentabilidad mantenían el atractivo del modelo. Cuando la estructura dejó de poder sostenerse, la magnitud del problema quedó expuesta.
En Uruguay, los problemas aparecieron de manera progresiva. Primero surgieron retrasos, reclamos y dudas sobre los contratos. Luego llegaron las denuncias, los concursos y las investigaciones.
La diferencia es que esta vez el antecedente brasileño ya estaba documentado.
El caso Boi Gordo había demostrado décadas atrás que el ganado puede utilizarse como elemento de legitimación de un producto financiero altamente complejo.
La pregunta que queda abierta es si el mercado uruguayo aprendió suficientemente de aquella experiencia o si la memoria institucional se perdió con el paso de los años.
La respuesta no depende únicamente de los medios de comunicación.
También involucra a los inversores, las empresas, los organismos reguladores, los profesionales que asesoran estas operaciones y las instituciones que intervienen cuando una actividad se encuentra en la frontera entre el negocio agropecuario y la captación de capital.
La propia evolución del caso Larrarte demuestra que esa frontera puede ser difícil de interpretar para una persona que no conoce el funcionamiento del sistema financiero ni la legislación concursal.
Un inversor podía creer que estaba comprando ganado y, en la práctica, depender de una estructura empresarial que administraba esos animales, recibía el capital, determinaba las condiciones de pago y asumía las obligaciones contractuales.
La diferencia jurídica y económica es enorme.
También existe una dimensión de confianza. Uruguay construyó durante décadas una reputación internacional vinculada a la trazabilidad de su producción ganadera y a la fortaleza de sus instituciones.
El sistema de trazabilidad permite saber dónde se encuentra registrado determinado ganado y seguir sus movimientos. Esa infraestructura constituye una ventaja fundamental para la actividad agropecuaria.
Pero la trazabilidad sanitaria y productiva no debe confundirse con la supervisión financiera de los contratos de inversión.
Esa distinción es probablemente una de las principales lecciones que deja el caso.
También explica por qué el Ministerio de Ganadería decidió realizar inspecciones cuando comenzaron las denuncias. El objetivo era comprobar la existencia de los animales y contrastar la información registrada con la realidad física.
En 2024 y 2025, las inspecciones oficiales relacionadas con distintas empresas del sector llegaron a contabilizar más de 99.000 vacunos en 105 inspecciones de campo, según documentación remitida al Parlamento uruguayo. En varios casos se detectaron diferencias entre los stocks declarados y los efectivamente encontrados.
El dato muestra que el problema trascendió ampliamente a una sola empresa.
La crisis de los fondos ganaderos obligó a Uruguay a preguntarse si su marco regulatorio era suficiente para controlar actividades que combinan inversión privada, propiedad ganadera y promesas de rentabilidad.
Y esa discusión sigue abierta.
La comparación con Brasil vuelve a ser pertinente porque Boi Gordo también mostró que el crecimiento acelerado de un negocio puede ocultar riesgos durante años cuando la percepción de seguridad supera el análisis de los fundamentos económicos.
En ambos escenarios existe una diferencia fundamental entre el valor físico del activo y el valor financiero que se promete al inversor.
Una vaca tiene un valor de mercado. Pero un contrato que promete una rentabilidad determinada sobre esa vaca necesita generar un rendimiento adicional para pagar al inversor y sostener toda la estructura empresarial.
Si los números no cierran, la existencia física del animal no garantiza el cumplimiento de la inversión.
Por eso, el caso uruguayo no debería ser analizado únicamente como una sucesión de incumplimientos empresariales.
También debería servir para discutir qué tipo de información necesita un pequeño inversor antes de colocar sus ahorros en negocios agropecuarios, qué controles deben existir y qué organismo tiene la responsabilidad de intervenir cuando una actividad empieza a adquirir características financieras.
La pregunta sobre el supuesto silencio de la plaza uruguaya frente al antecedente de Boi Gordo, planteada por el análisis que dio origen a esta investigación, no tiene todavía una respuesta institucional definitiva. Lo que sí puede comprobarse es que el antecedente brasileño existía, que posteriormente surgieron en Uruguay empresas que ofrecían inversiones ganaderas con rentabilidades fijas y que algunas de ellas terminaron en concursos, liquidaciones y causas judiciales. La crisis de Larrarte demuestra además que la existencia de ganado registrado o de un sistema oficial de trazabilidad no constituye por sí misma una garantía sobre la inversión financiera realizada por un particular.
El desafío ahora es evitar que la discusión termine solamente con la recuperación parcial de los activos de quienes resultaron afectados.
Una investigación de fondo debería determinar qué señales existieron antes de que aparecieran los primeros incumplimientos, quiénes podían identificarlas y qué mecanismos de prevención estaban disponibles.
Porque el problema más importante no es solamente saber cuánto dinero se perdió.
Es determinar si las instituciones tenían información suficiente para detectar a tiempo que un modelo de inversión basado en rentabilidades fijas sobre una actividad productiva variable podía terminar generando una crisis.
La experiencia de Boi Gordo demostró hace más de dos décadas que ese riesgo no era teórico.
La experiencia de Uruguay demuestra que el problema tampoco pertenece únicamente al pasado.
La verdadera lección de ambos casos está en la diferencia entre confiar en un activo tangible y verificar la estructura financiera que existe detrás de ese activo. El ganado puede ser real, los campos pueden existir y la trazabilidad puede funcionar correctamente, pero ninguna de esas condiciones garantiza por sí sola que una inversión privada sea rentable, líquida o segura. En Uruguay, la Justicia deberá continuar determinando las responsabilidades individuales y empresariales en cada caso; mientras tanto, la crisis de Larrarte y de otros fondos ganaderos deja planteada una cuestión mucho más amplia: si el país necesita reforzar la supervisión de aquellas actividades que, aunque se presentan como negocios agropecuarios, terminan funcionando para el inversor como verdaderos productos financieros.
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