
Los berrinches forman parte del desarrollo emocional de muchos niños, especialmente durante la primera infancia, y no necesariamente representan un capricho o un intento de manipulación. Entre los 1 y 4 años, los pequeños todavía están desarrollando las capacidades cerebrales necesarias para controlar impulsos, tolerar la frustración y expresar con palabras lo que sienten. Por eso, una negativa aparentemente sencilla —como no recibir una golosina o tener que abandonar un juego— puede desencadenar una reacción mucho más intensa de lo que un adulto espera.
En esta etapa, las áreas del cerebro relacionadas con las emociones reaccionan con mayor rapidez que aquellas encargadas del autocontrol. La corteza prefrontal, que participa en la capacidad de inhibir impulsos, esperar y regular las emociones, todavía se encuentra en proceso de maduración. Esto explica por qué un niño pequeño puede saber que algo no está permitido y, aun así, ser incapaz de controlar inmediatamente su reacción ante la frustración.
El berrinche tampoco significa necesariamente que el niño haya decidido comportarse de determinada manera para conseguir lo que quiere. Muchas veces simplemente carece todavía de las herramientas internas para volver por sí mismo a un estado de calma. Durante los primeros años, esa regulación se desarrolla con ayuda de los adultos, mediante lo que la psicología del desarrollo denomina corregulación: la presencia, la voz y la actitud del adulto ayudan progresivamente al niño a aprender a controlar sus propias emociones.
El cansancio es uno de los factores que puede favorecer estos episodios. Dormir poco, tener hambre o sed, estar expuesto a demasiados estímulos o atravesar un cambio de actividad pueden disminuir la capacidad del niño para manejar una frustración. Situaciones aparentemente cotidianas, como apagar una pantalla, abandonar un parque o salir de un lugar donde se estaba divirtiendo, pueden convertirse en momentos especialmente difíciles.
También influye la capacidad de comunicación. Cuando un niño todavía no consigue expresar frases como “estoy frustrado”, “tengo miedo”, “estoy cansado” o “no quiero que termine”, su cuerpo puede terminar expresando aquello que todavía no puede poner en palabras. El llanto, los gritos, la rigidez corporal o incluso tirarse al suelo pueden convertirse en la manifestación visible de una emoción que el menor no sabe explicar.
Por eso, un berrinche no debería interpretarse automáticamente como manipulación. Puede expresar una protesta ante un límite, una dificultad para aceptar un cambio, una necesidad de mantener una rutina conocida o simplemente la frustración de no tener control sobre una decisión pequeña.
El contexto también tiene importancia. Los berrinches pueden intensificarse en lugares públicos porque existen más estímulos y menos posibilidades de detener la actividad para ayudar al niño a tranquilizarse. A esto se suma la presión que puede sentir el adulto frente a otras personas, especialmente cuando teme que los demás interpreten la conducta del menor como falta de disciplina. Esa tensión puede terminar aumentando todavía más la reacción de ambos.
Durante el momento de mayor intensidad emocional, intentar dar una explicación extensa suele ser poco efectivo. Cuando el niño está completamente desbordado, no se encuentra en las mejores condiciones para razonar o aprender una lección. La prioridad debe ser reducir la intensidad de la situación y ayudarlo a recuperar la calma.
Los especialistas recomiendan que el adulto mantenga una actitud tranquila, reduzca los estímulos y utilice pocas palabras. Validar la emoción no significa necesariamente conceder el pedido. Se puede reconocer lo que está sintiendo el niño y, al mismo tiempo, mantener el límite establecido.
Una frase sencilla como “sé que estás enojado porque querías esa galletita” permite reconocer la emoción sin modificar necesariamente la decisión. El mensaje es diferente de gritar, amenazar o ridiculizar al menor, respuestas que pueden aumentar el estrés y prolongar el episodio.
Una vez que el niño recupera la calma, llega el momento adecuado para conversar. Allí se puede explicar qué ocurrió, poner nombre a la emoción y buscar alternativas para una situación similar en el futuro. El aprendizaje, por tanto, se produce principalmente después del berrinche y no durante el momento máximo de la crisis.
Los berrinches son especialmente frecuentes durante la etapa preescolar y generalmente disminuyen a medida que mejoran el lenguaje y la capacidad de autorregulación. Su presencia, por sí sola, no significa que exista un trastorno psicológico.
Sin embargo, existen situaciones que requieren mayor atención. La intensidad extrema y persistente de los episodios, las lesiones o un deterioro significativo de la convivencia en el hogar o en el jardín pueden ser señales para consultar con un profesional.
La clave está entonces en cambiar la manera de interpretar estas conductas. Un niño que llora, grita o se tira al suelo no necesariamente está intentando desafiar al adulto. En muchos casos está atravesando una emoción que todavía no sabe manejar.
Comprender el berrinche como parte del aprendizaje emocional permite responder con mayor serenidad y enseñar al niño herramientas que utilizará durante toda su vida. El límite sigue siendo necesario, pero puede establecerse sin humillaciones ni gritos. La combinación de firmeza, calma, acompañamiento y lenguaje emocional ayuda al menor a desarrollar progresivamente la capacidad de reconocer lo que siente y regular su comportamiento.
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