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Durante años se explicó la alternancia política con la teoría del péndulo: la sociedad giraba de izquierda a derecha, del estatismo al mercado, del orden a la protesta. Pero esa explicación empieza a quedar corta. En la era del scroll infinito, el problema puede no ser ideológico sino temporal: todo envejece más rápido. Gobiernos, liderazgos, relatos y símbolos son consumidos con la misma lógica con la que una pantalla descarta contenidos. Brasil acaba de dar una señal poderosa: Flávio Bolsonaro obtuvo 47,09% y Lula 45,08% en la primera vuelta, obligando a un balotaje el 25 de octubre. No demuestra una ley universal, pero sí refuerza una hipótesis que desde Perico Noticias venimos observando: la continuidad dejó de ser un valor automático; en sociedades hiperconectadas, la novedad compite con la experiencia.
El caso brasileño es especialmente revelador porque Lula no llegó a la elección como un presidente derrumbado. Las encuestas previas mostraban una sociedad dividida: Datafolha registraba 35% de evaluación positiva y 41% negativa, mientras el balotaje aparecía prácticamente empatado. El punto no es afirmar que Brasil “rechazó” a Lula sólo por cansancio digital, sino observar que ni su historia, ni su reconocimiento internacional, ni sus políticas sociales alcanzaron para neutralizar una demanda de cambio que encontró en Bolsonaro una opción competitiva. En Ecuador, en cambio, la hipótesis encuentra un límite importante: Daniel Noboa fue reelegido en 2025, es decir, allí el oficialismo sobrevivió. En Perú sí hubo renovación presidencial en 2026 con la elección de Keiko Fujimori. Por eso el “scroll político” no debe presentarse como una ley matemática, sino como una transformación cultural: la tolerancia a la repetición parece reducirse y la política tiene cada vez menos tiempo para seguir pareciendo nueva.
Argentina debería mirar ese fenómeno con atención. Javier Milei conserva un núcleo significativo de apoyo: Poliarquía registró 42% de aprobación en septiembre, aunque otras mediciones lo ubicaron entre 35% y 38%. La ventaja que todavía conserva el oficialismo es paradójica: buena parte de la oposición continúa asociada a figuras, lenguajes y estructuras conocidas. Pero el mismo mecanismo que alguna vez convirtió a Milei en ruptura puede actuar luego contra él. El outsider también envejece. La motosierra, la estética digital, la irreverencia y la ruptura dejan de ser nuevas cuando se transforman en rutina. Y cuando una identidad política deja de sorprender, entra en la misma fila de contenidos que el electorado ya vio demasiadas veces. La debilidad económica acelera ese desgaste, pero el problema cultural puede sobrevivir incluso a una mejora coyuntural.
La gran prueba internacional puede llegar en noviembre con las elecciones legislativas de Estados Unidos. No corresponde anticipar su resultado, pero si el oficialismo de Donald Trump sufriera un retroceso significativo, el episodio alimentaría la misma pregunta: ¿hasta dónde la política contemporánea soporta ciclos prolongados de exposición sin producir fatiga? Pew registró durante 2026 caídas importantes en la aprobación de Trump entre segmentos que habían sido parte de su coalición, especialmente entre votantes de derecha menos ideologizados. Si esa erosión se tradujera electoralmente, no probaría la teoría del scroll, pero sí reforzaría una señal que los oficialismos nacionales y provinciales deberían estudiar: gobernar bien ya no garantiza conservar deseo; en el ecosistema digital, la política compite también contra el aburrimiento.
Eso vale para Milei, pero también para los gobernadores, intendentes y oposiciones que creen que el desgaste del adversario los devolverá automáticamente al poder. No hay regreso garantizado. Lo viejo puede ser rechazado aunque haya gobernado bien, y lo nuevo puede agotarse con una velocidad inédita. Axel Kicillof aparece hoy entre los principales dirigentes opositores y varias encuestas lo colocan en escenarios competitivos frente a Milei, pero tampoco puede ser presentado como destino inevitable: su desafío sería demostrar que representa algo distinto y no simplemente una restauración. La advertencia que venimos señalando desde esta redacción es más profunda: el electorado ya no gira solamente como un péndulo; también desliza el dedo. Los oficialismos que no produzcan renovación antes de que la sociedad se canse pueden descubrir demasiado tarde que, en política, también existe el gesto más despiadado de nuestro tiempo: seguir de largo.
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