Dormir con perros o gatos es una práctica habitual en millones de hogares y no existe una respuesta universal que permita decir que sea siempre beneficiosa o siempre perjudicial. La evidencia disponible muestra que compartir la habitación con una mascota puede proporcionar sensación de seguridad, compañía y relajación, pero dormir directamente en la misma cama también puede aumentar las interrupciones nocturnas, la exposición a alérgenos, parásitos y determinados microorganismos. Un análisis reciente difundido el 12 de agosto de 2026 reunió las principales evidencias sobre esta costumbre y plantea una conclusión más precisa: para una persona sana, con una mascota correctamente vacunada, desparasitada y controlada por un veterinario, el riesgo puede ser bajo; sin embargo, la situación cambia cuando existen alergias, asma, inmunosupresión, niños pequeños, adultos mayores o animales con problemas sanitarios. La cuestión, por lo tanto, no es simplemente si el perro o el gato puede subir a la cama, sino qué efectos tiene esa convivencia nocturna sobre el sueño, la higiene y la salud de cada integrante del hogar.
La costumbre de dormir junto a los animales de compañía está lejos de ser nueva. Durante siglos, perros y otros animales permanecieron cerca de las personas durante la noche por razones prácticas relacionadas con el calor, la protección y la compañía. En la actualidad, esas razones evolucionaron hacia un vínculo principalmente afectivo: para muchos propietarios, la mascota forma parte de la familia y permitirle dormir en la cama constituye una extensión de esa relación.
Una investigación publicada en Mayo Clinic Proceedings ya había mostrado la magnitud del fenómeno. Entre 150 personas evaluadas en un centro especializado en medicina del sueño que convivían con animales, 56 % permitía que sus mascotas durmieran en la cama. Una proporción importante describió sensaciones de seguridad, relajación y compañía como razones para mantener esa práctica.
La explicación psicológica tiene sentido. El contacto con un animal conocido puede reducir la sensación de soledad y proporcionar una rutina nocturna predecible. La respiración del animal, su temperatura corporal y el contacto físico pueden generar una sensación de calma que, en algunas personas, facilita el inicio del sueño.
Pero existe una diferencia fundamental entre sentirse mejor al acostarse y dormir objetivamente mejor durante toda la noche. La investigación sobre el sueño muestra que ambas cosas no siempre coinciden.
Un análisis científico publicado en Sleep Medicine Reviews examinó investigaciones sobre el hecho de compartir la cama con otras personas y animales. Los autores encontraron una situación aparentemente contradictoria: las personas suelen percibir que duermen mejor cuando comparten el espacio, aunque las mediciones objetivas pueden mostrar una mayor fragmentación del sueño.
Dormir en la habitación no es lo mismo que dormir en la cama
Uno de los estudios más interesantes sobre este asunto fue realizado por investigadores de Mayo Clinic con 40 adultos sanos y sus perros. Durante siete noches, tanto las personas como los animales utilizaron dispositivos para registrar sus movimientos y períodos de descanso.
El resultado fue relevante: tener al perro dentro de la habitación no necesariamente perjudicó la calidad del sueño. Sin embargo, cuando el animal estaba sobre la misma cama, la eficiencia del sueño fue ligeramente inferior y se produjeron más interrupciones.
Esto introduce una distinción que suele perderse en las discusiones sobre el tema. No es lo mismo permitir que el perro duerma en su propia cama junto a la cama del propietario que dejarlo debajo de las sábanas.
La diferencia también puede ser importante con los gatos. Los gatos presentan patrones de actividad diferentes a los humanos y pueden permanecer activos durante períodos en los que sus propietarios esperan estar durmiendo profundamente. Una revisión científica sobre el sueño compartido señala que los perros tienen múltiples períodos de sueño y vigilia durante la noche, mientras que los gatos concentran una parte importante de su actividad en horarios diferentes a los humanos.
Cuando el animal comienza a afectar el descanso
El problema puede aparecer cuando la mascota se mueve continuamente, cambia de posición, rasca, lame, emite sonidos, ocupa demasiado espacio o despierta a su propietario durante la noche.
Una investigación publicada en 2025 sobre niños y mascotas encontró una asociación entre tener un animal sobre la cama y menor duración del sueño, menor eficiencia del sueño y mayor tiempo necesario para quedarse dormido. El estudio no demuestra que la mascota sea la causa directa de todos esos problemas, pero sí aporta evidencia de que compartir físicamente la cama puede modificar el descanso, especialmente durante la infancia.
En adultos también existen resultados similares. Un estudio realizado con 1.591 personas en Estados Unidos encontró que quienes compartían la cama con mascotas presentaban, en promedio, peores indicadores subjetivos de sueño y mayor severidad del insomnio. El efecto negativo apareció con mayor claridad entre quienes tenían perros y aumentaba cuando había más de una mascota.
Por eso, una regla sencilla puede ser más útil que una prohibición general: si el propietario duerme bien y la mascota permanece tranquila, el impacto puede ser pequeño; si aparecen despertares frecuentes, cansancio durante el día o insomnio, el lugar donde duerme el animal debería ser una de las variables a revisar.
El otro problema: las alergias
Las alergias constituyen uno de los argumentos más sólidos para evitar que determinadas mascotas duerman en la cama.
El problema no es principalmente el pelo. Los principales alérgenos proceden de proteínas presentes en las células de la piel, saliva y orina. En los gatos, por ejemplo, determinados alérgenos permanecen adheridos al pelo después del acicalamiento. Estas partículas pueden quedar suspendidas en el aire y acumularse durante largos períodos en colchones, muebles, alfombras y ropa de cama.
Esto significa que una persona puede no presentar síntomas inmediatamente después de acariciar a su perro o gato y, sin embargo, desarrollar congestión nasal, estornudos, tos, irritación ocular o problemas respiratorios después de varias horas de exposición.
Para alguien con asma o alergia conocida a animales, permitir que el animal duerma directamente sobre la cama puede aumentar considerablemente la exposición nocturna al alérgeno. El Instituto Nacional de Ciencias de Salud Ambiental de Estados Unidos recomienda, en personas alérgicas, mantener a las mascotas fuera del dormitorio y reducir la acumulación de alérgenos mediante limpieza frecuente y filtros HEPA.
La cama también puede convertirse en un punto de exposición microbiológica
Existe además una cuestión menos visible: los animales pueden transportar microorganismos aunque parezcan completamente sanos.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) explican que perros y gatos pueden transportar virus, bacterias, parásitos y hongos capaces de provocar enfermedades en seres humanos. Algunos animales pueden incluso parecer saludables mientras portan determinados microorganismos.
Esto no significa que dormir con una mascota vaya a provocar automáticamente una enfermedad. El riesgo absoluto para una persona sana suele ser bajo y depende de múltiples factores. Sin embargo, el contacto extremadamente cercano y prolongado durante varias horas aumenta las oportunidades de exposición.
Una investigación específicamente diseñada para estudiar este problema analizó 28 perros y 22 gatos que convivían con sus propietarios. De los 50 animales, 29 dormían sobre la cama y 15 incluso bajo las sábanas. Los investigadores detectaron bacterias del grupo Enterobacteriaceae en el pelo o las patas de 86 % de los perros y 32 % de los gatos, además de pulgas en algunos de los lugares donde dormían los animales. El estudio fue pequeño y de carácter preliminar, por lo que no permite calcular el riesgo de enfermedad para la población general, pero sí demuestra que la cama puede convertirse en un punto de contacto con microorganismos y parásitos.
Los parásitos también importan
Las pulgas y las garrapatas representan otro aspecto que muchas veces pasa inadvertido.
Un animal que sale regularmente al exterior puede entrar en contacto con tierra, otros animales y ambientes contaminados. Algunas infecciones parasitarias pueden transmitirse indirectamente a las personas.
El CDC, por ejemplo, advierte que perros y gatos pueden portar anquilostomas zoonóticos, cuyos estadios larvarios pueden encontrarse en suelos contaminados con materia fecal. También reconoce numerosas enfermedades parasitarias y zoonóticas asociadas con animales domésticos.
La prevención veterinaria cambia completamente el escenario. Un animal con controles periódicos, vacunación al día y un programa adecuado de prevención contra pulgas, garrapatas y parásitos presenta un perfil sanitario muy diferente al de un animal sin controles.
¿Quiénes deberían tener más precauciones?
No todas las personas tienen el mismo nivel de riesgo.
Los niños pequeños, adultos mayores y personas con sistemas inmunitarios debilitados tienen mayor probabilidad de desarrollar enfermedades graves por determinados microorganismos transmitidos por animales. Los CDC incluyen estos grupos entre los que requieren especial atención en materia de prevención de zoonosis.
También deben tener especial precaución las personas con asma o alergias, porque la exposición nocturna prolongada a alérgenos puede empeorar los síntomas.
En hogares con bebés, personas inmunocomprometidas o individuos con enfermedades respiratorias, la opción más prudente suele ser que el animal tenga su propio espacio para dormir, preferentemente cerca pero no encima de la cama.
La higiene puede reducir buena parte de los riesgos
Para quienes deciden continuar durmiendo con sus mascotas, existen medidas concretas que disminuyen la exposición.
La primera es mantener un control veterinario regular. Vacunación, desparasitación y prevención de pulgas y garrapatas son fundamentales.
La segunda consiste en mantener limpia la ropa de cama. Las sábanas, mantas y fundas deben lavarse con frecuencia, especialmente cuando el animal entra directamente en contacto con ellas.
También es conveniente mantener limpio el pelaje, las patas y las zonas donde duerme el animal. En perros que salen a la calle, limpiar las patas antes de entrar a la cama reduce el traslado de suciedad y contaminantes.
Los CDC recomiendan además lavarse las manos después de manipular animales y objetos que hayan estado en contacto con ellos.
Entonces, ¿es seguro dormir con un perro o gato?
La respuesta más rigurosa es: puede serlo, pero no para todas las personas ni en todas las circunstancias.
Para una persona sana, sin alergias, con una mascota correctamente cuidada y que no presenta conductas que interrumpan el sueño, compartir la cama no constituye automáticamente una práctica peligrosa. De hecho, algunas personas experimentan mayor sensación de seguridad, compañía y relajación.
Pero tampoco puede afirmarse que sea universalmente beneficioso. La evidencia científica muestra que el sueño puede fragmentarse, que los alérgenos se acumulan en los dormitorios y que existe una posibilidad, aunque generalmente baja, de exposición a microorganismos y parásitos.
La clave está en observar el resultado real. Si una persona se levanta descansada, no presenta síntomas respiratorios y mantiene un adecuado control sanitario del animal, el hábito puede ser compatible con una vida saludable. Si aparecen insomnio, alergias, congestión, asma, cansancio persistente o problemas de higiene, el beneficio emocional deja de compensar necesariamente los costos.
Antes, ahora y después: hacia una convivencia más saludable
Antes, dormir con animales era principalmente una cuestión de costumbre, protección y cercanía. Ahora, la ciencia puede estudiar objetivamente qué ocurre durante esas horas de convivencia y muestra una realidad mucho más compleja: el mismo animal que proporciona seguridad y bienestar puede, dependiendo de las circunstancias, perturbar el sueño o aumentar la exposición a alérgenos y microorganismos.
El futuro probablemente no estará marcado por una prohibición general de que perros y gatos entren en las camas, sino por una convivencia más individualizada. La medicina del sueño, la alergología y la veterinaria pueden ayudar a determinar cuándo la cercanía beneficia al propietario y cuándo es preferible establecer cierta distancia durante la noche.
La conclusión más importante es que amar a una mascota y dormir con ella no son necesariamente la misma decisión sanitaria. Un perro o un gato puede formar parte de la familia y seguir durmiendo en su propia cama, junto a la cama de su propietario. Para algunas personas esa pequeña separación puede significar dormir mejor, respirar mejor y reducir riesgos sin perder el vínculo afectivo.
La evidencia disponible, por tanto, no plantea una guerra entre quienes dejan dormir a sus mascotas y quienes no lo permiten. Plantea una cuestión mucho más práctica: qué configuración permite que el animal permanezca sano, el propietario duerma adecuadamente y ambos mantengan una convivencia segura a largo plazo.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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