
Recibimos nuestra primera pregunta sobre la llamada «hospitalidad en el uso de los pronombres de género» hace más de seis años, en diciembre de 2019, y muchas otras desde entonces. La más reciente es esta pregunta urgente de un anciano anónimo:
Pastor John, hola y gracias por este pódcast y por responder a mi pregunta. Soy anciano en mi iglesia. Tenemos la bendición de contar con una universidad cercana donde mantenemos una presencia ministerial activa. Allí colaboramos con un gran ministerio paraeclesiástico que ayuda a las iglesias a servir en los campus universitarios.
Durante una reciente sesión de formación, este ministerio nos pidió que consideráramos utilizar la «hospitalidad con los pronombres de género» en nuestro campus local, una sugerencia que ahora se ha presentado ante los ancianos de la iglesia para ver si permitiremos que nuestros miembros, y aquellos a quienes apoyamos localmente y que trabajan en el campus, lo hagan. El argumento es que hay ocasiones en las que, en aras de la evangelización, se puede decidir llamar a una persona por el género que haya elegido si tal acto elimina una posible barrera para compartir el evangelio. Lo que se pide a nuestra iglesia es que una persona tenga la libertad, en ese momento, de hacerlo, limitado a contextos de evangelización, limitado a conversaciones con quienes no son creyentes. Si alguien afirma ser seguidor de Cristo, dicha «hospitalidad de pronombres» no se aplicaría. Pero el artículo 7 de la Declaración de Nashville me parece que no deja margen de maniobra en este tema. Pastor John, ¿qué opina de esta llamada «hospitalidad de pronombres de género»?
Veo cinco aspectos que deben abordarse en esta cuestión. Los trataré por orden de importancia, empezando por el que considero menos relevante.
1. Trato alternativo
Cuando te diriges directamente a una persona que dice que es mujer o que es hombre, el pronombre que utilizas es tú, no él o ella. «Hola. ¿Cómo estás?» Por lo tanto, es posible dirigirse a una persona directamente sin entrar en el tema de los pronombres. Ahora bien, por supuesto, eso no funciona cuando se trata de nombres propios. ¿Andy es ahora Angie? Puede que ni siquiera sepas que Angie fue en su día Andy. Así que, al entrar en la conversación, puede que no tengas otra opción que evitar el nombre, lo cual es posible.
2. Eslogan engañoso
Incluso en un eslogan, creo que vincular la hermosa palabra bíblica «hospitalidad» con el concepto no bíblico de «pronombre de género» resulta inútil y engañoso. Sé que solo es un eslogan, pero los eslóganes revelan cosas. Debemos ser hospitalarios, pero no debemos respaldar los pronombres que designan una elección destructiva y una visión falsa de la realidad. Es posible ser hospitalario y honesto.
3. Palabra comprometida
El mismo uso de la palabra género es una concesión a las visiones pecaminosas de la realidad. Creo que deberíamos usar la palabra sexo en todo momento. Estamos distinguiendo entre masculino y femenino, y creo que la palabra género debería reservarse para lo que es: una designación que distorsiona la realidad.
¿En qué medida deben compartirse desde el principio, en el evangelismo, las implicaciones y el poder purificador del evangelio?
El género (como designación de personas, no como término gramatical) fue introducido en nuestro vocabulario por feministas radicales hace cincuenta años, en la década de 1970, quienes creían que el carácter dado de las distinciones sexuales condenaba para siempre a las mujeres a tipos de existencia que ellas podían desear o no. Por lo tanto, para crear la libertad de definir su existencia, se utilizó «género» como alternativa a «sexo», ya que el género se puede elegir y el sexo no. El sexo es esclavitud, el género es libertad, así se pensaba. Creo que usar la palabra «género» donde la palabra correcta es «sexo» es como usar la palabra «matrimonio» para una relación entre dos hombres o dos mujeres. No es matrimonio. Es un supuesto «matrimonio».
En nuestro contexto actual, la masculinidad y la feminidad son sexos, no géneros.
4. Evangelismo directo
¿En qué medida deben compartirse desde el principio, en el evangelismo, las implicaciones y el poder purificador del evangelio? Pedro expresó el evangelio así en 1 Pedro 2:24: «[Cristo] mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia». Así, Pedro vincula la muerte sustitutiva de Jesús con el efecto de vencer el pecado de esa muerte en una sola frase. Cuando el joven rico preguntó cómo heredar la vida eterna, Jesús le dijo: «ve y vende lo que posees y da a los pobres […]; y ven, sé Mi discípulo» (Mt 19:21). Él comenzó con un efecto o un fruto del evangelio.
Llamar mujer a un hombre o hombre a una mujer desafía ese santo propósito de Dios. Desafía a Dios
Ahora bien, no siempre lo hacemos, pero a veces podríamos hacerlo. Quizás sería algo como esto: «Sé que tienes la intención de cambiar de sexo, pero eres mi amigo y creo que hay algo mejor. Jesús tiene un camino mejor para ti. Él está lleno de gracia. Está lleno de perdón. ¿Puedo compartir eso contigo?». Eso es evangelización legítima desde el principio, y podría ser una buena forma de hacerlo.
5. Un tema serio
Por último, creo que este es el tema más importante. ¿Qué gravedad tiene el hecho de que un hombre afirme ser mujer o una mujer afirme ser hombre? ¿Qué gravedad tiene eso? Ahora bien, puedes juzgar cuál creo que es la respuesta a partir de los siguientes diez puntos. Vale la pena que los leas con detenimiento y reflexiones en ellos.
- Desafía a Dios. La Declaración de Nashville tiene razón al afirmar: «el autoconcepto como hombre o mujer se debería definir según los santos propósitos de Dios en la creación y redención tal como se revelan en la Escritura». Pero llamar mujer a un hombre o hombre a una mujer desafía ese santo propósito de Dios. Desafía a Dios.
- Implica vivir una mentira. Una mujer no se convierte en hombre ni un hombre en mujer por desearlo, ni por cambiar de nombre, someterse a cirugías o tomar hormonas. Es una vida construida sobre una mentira.
- Ser hombre o mujer no es como ser zurdo o diestro. Es algo mucho más profundo y que toca lo más recóndito de nuestra naturaleza creada.
- Normalmente conduce a cirugías y tratamientos destructivos e irreversibles.
- Cuando eso ocurre, destruye el potencial de procreación diseñado por Dios y traerá —digo traerá, no podría traer— tarde o temprano un profundo y, a veces, suicida arrepentimiento.
- Expresa el compromiso profundamente contrario a Dios con la autonomía humana en contra de la voluntad de Dios. «Yo decidiré la esencia de mi ser, no Dios».
- Contribuye al desorden cultural de la sexualidad que tiende a socavar el modelo divino de hombre y mujer y, por lo tanto, confunde y desestabiliza a nuestros jóvenes y aumenta la prevalencia de la disforia sexual, tratándola como una guía legítima hacia la felicidad futura, cosa que no es.
- Pasa por alto vías alternativas que se toman en serio la confusión o la rebelión sexual de una persona y, sin embargo, guían a las personas fuera de la insatisfacción hacia una nueva esperanza y la aceptación de su sexualidad dada por Dios a través de Cristo.
- Es el preludio de futuras perversiones en las que una persona se casa con un animal y decide dejar de ser él o ella, para exigir ahora el pronombre ello. Basta con ir a Wikipedia y buscar «matrimonio entre humanos y animales» si crees que estoy exagerando. Esto no es descabellado. Es coherente con una cosmovisión que dice: «Yo defino mi esencia, no Dios». No queremos alentar ese progreso, que trágicamente ya ha ido demasiado lejos.
- Por lo tanto, se debe tener el mayor cuidado posible antes de dar cualquier impresión de aprobar o incluso de estar ligeramente de acuerdo con la supuesta transexualidad.
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Publicado por: John Piper
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/supuesta-hospitalidad-pronombres-genero/
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