
El 10 de diciembre de 1520, a las afueras de la nevada Wittenberg, un grupo de profesores y estudiantes se reunieron para entrar en calor alrededor de una histórica fogata. El pintor sueco Karl Aspelin ilustra el momento en el que quien había sido «el más rabioso de los papistas» se convirtió en uno de los peores enemigos de la Iglesia católica romana.
En el óleo observamos a Martín Lutero con una mirada despectiva hacia el documento que tenía en su mano; la bula papal lo describía como un «jabalí salvaje» que buscaba destruir la viña del Señor.
En otro tiempo, Lutero hubiera temblado de terror. Pero algo había transformado al teólogo de tal manera que puso la bula al fuego y exclamó: «Porque has confundido la verdad de Dios, hoy el Señor te confunde a ti. ¡Al fuego contigo!».1
El debate entre Martín Lutero y Erasmo de Rotterdam
Las controversias no fueron pocas durante la época de la Reforma. Si bien los reformadores no pretendían, en un inicio, separarse de la institución de la Iglesia católica romana, las diferencias doctrinales pronto resultaron tan grandes que la división fue irreconciliable.
Uno de los debates más famosos y trascendentales de la época se llevó a cabo entre el humanista Erasmo de Rotterdam y Martín Lutero. Su discusión se centró en el libre albedrío: «¿Son los seres humanos capaces de contribuir a su propia salvación por lo que eligen o no hacer? ¿O es la inmerecida gracia de Dios la razón sola y suficiente por la cual algunos pecadores y no otros son reconocidos como justos delante de Dios?».2
Martín Lutero pasó de ser un fiel seguidor de Roma a denunciarla con liberalidad, gracias a su comprensión del evangelio de la gracia
En este escrito me enfoco en las motivaciones detrás de este debate. Quiero señalar cómo la comprensión del evangelio de la gracia liberó a Martín Lutero para entender el albedrío de manera que desafiaba la teología imperante de su tiempo. Mientras tanto, Erasmo —irónicamente, ya que defendía un albedrío «libre»— estaba limitado en su argumento pues su defensa de la voluntad fue escrita, al menos en parte, tras la presión del papa Adrián VI y otros líderes de la institución católica romana que Erasmo se resistía a contradecir.
Quiero recordar la exhortación de Lutero a Erasmo: «Deja de lado todo respeto por las personas», para someterte solo a Cristo,3 pues esta es una exhortación que ningún creyente ni estudiante de teología debe olvidar.
Comencemos, entonces, explorando la historia de Lutero y cómo pasó de ser un fiel seguidor de Roma a denunciarla con liberalidad, gracias a su comprensión del evangelio de la gracia.
Martín Lutero y el evangelio de la gracia
Martín Lutero anhelaba ser salvo. Desde su primer «Ayúdame, Santa Ana, ¡me haré monje!»,4 el alemán se volvió una y otra vez a la Iglesia católica en busca de socorro. Pero no lo encontró. Durante muchos años fue un «pecador con una conciencia terriblemente atribulada».5 Por un lado, Lutero odiaba al Dios que castigaba a los pecadores; al mismo tiempo, el monje no podía dejar de intentar aplacar Su ira.
Lutero se confesaba todos los días, a veces alcanzando seis horas seguidas en el confesionario. Los confesores se agotaban de escucharlo intentando asegurarse de recordar incluso la más minúscula de las faltas. Pero Lutero jamás llegaba a la certidumbre de que Dios estuviera satisfecho con sus penitencias. ¿Cómo podría hacerlo? Estaba plenamente consciente de que la maldad del hombre llegaba hasta lo profundo del corazón. Siempre había algo más que confesar. Lutero mascullaba con rabia entre dientes:
¿No es suficiente que los pecadores miserables, perdidos por toda la eternidad debido al pecado original, seamos oprimidos por toda clase de calamidad por los Diez Mandamientos? ¿Por qué Dios apila pena sobre pena a través del evangelio y a través del evangelio nos amenaza con su justicia y su ira?6
Mientras que antes Lutero dudaba de si sus obras, sometidas a Roma, eran suficientes para salvarlo, ahora estaba seguro en Cristo y solo en Él
Hasta finales de 1518, más de un año después de haber publicado sus 95 tesis en contra del abuso de las indulgencias, a Lutero todavía no se le había ocurrido que su concepción del evangelio pudiera estar equivocada. Este entendimiento, después de todo, le había sido entregado por la Iglesia católica romana, la «santa Iglesia romana, que es la madre de todos los fieles y maestra de la fe».7
Por eso había hecho su crítica hacia la venta de indulgencias con suma humildad y temor delante del papa. Ciertamente, pensaba, cualquier error en el manejo de esta práctica sucedía fuera de la aprobación de Roma. Lutero estaba, en sus palabras, «tan ebrio, tan sumergido en las doctrinas del papa, que estaba listo, si hubiera podido, para matar o ayudar a matar a aquellos que abogaban por retirar siquiera una sílaba de obediencia al papa».
Esto empezó a cambiar tras meditar mucho en las palabras del apóstol Pablo a los Romanos. Al entender que «el justo por la fe vivirá» (Ro 1:17) —es decir, que la justicia de Dios es a través de la cual el creyente vive por la fe—, Lutero sintió de pronto que «había nacido de nuevo y entrado en el paraíso mismo por puertas abiertas». No solo eso, sino que también comprendió el todo de las Escrituras de manera diferente.
Para cuando la bula papal llegó a sus manos en 1520, Lutero estaba convencido de que su posición delante de Dios no dependía de su pertenencia a la Iglesia católica romana ni de su sometimiento a la autoridad del papa. Eventualmente comprendió que, si la autoridad papal no estaba en las Escrituras, no venía de Dios; si no venía de Dios, la autoridad papal era diabólica. «Un cristiano es completamente libre, sujeto a nada ni a nadie», escribió respecto a la vida espiritual del creyente. Continuó también explicando:
Y cuando realmente creas que eres culpable y te encuentres en la más absoluta desesperación, debes reconocer que Oseas 13:9 se aplica a ti: «¡Oh, Israel, pues te has rebelado contra mí, contra tu Salvador! Solo en mí tienes tu salvación». Esto es para que puedas alejarte de ti mismo y de tu muerte. Entonces Dios pone ante ti a Su amado Hijo, Jesucristo, para que te enfrentes a la Palabra de vida y consuelo. Debes rendirte a esta Palabra con fe inquebrantable y confianza en Dios, y todos tus pecados serán perdonados. La victoria será tuya, y serás justo y completamente libre. Como dice San Pablo en Romanos 1:16: «El justo vivirá por la fe», y, en Romanos 10:4, explica: «Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree».9
No es difícil ver cómo es que esta convicción mantuvo firme a Lutero ante las amenazas de excomunión por parte de la Iglesia católica. Mientras que antes dudaba de si sus obras, sometidas a Roma, eran suficientes para salvarlo, ahora estaba seguro en Cristo y solo en Él.
Así fue como, cuando el papa León X envió una bula —que incluso Erasmo, por fiel católico que fuera, consideró demasiado severa en su lenguaje— exigiendo a Lutero retractarse de cuarenta y un errores y prohibiéndole predicar, el reformador ni siquiera pensó presentarse frente a los «monstruos romanos» para retractarse.10 La bula acabó siendo consumida por el fuego: «Ya que ellos quemaron mis libros, quemo los de ellos. Incluí el derecho canónico porque hace del papa un dios en la tierra».11 La confianza de Lutero no estaba más en «príncipes ni hijos de hombres».
El evangelio de la gracia hizo libre a Lutero. Ahora, intentaré evidenciar la presión que Erasmo recibió por parte del papa y otros líderes para confrontar a Lutero, a pesar de sus propias inclinaciones a favor de la reconciliación entre los reformadores y la Iglesia católica.
Erasmo de Rotterdam y las presiones de Roma
Erasmo de Rotterdam anhelaba ser balanceado. En contraste con las afirmaciones definitivas de Lutero, el humanista neerlandés era conocido por un estilo de escritura que mostraba curiosidad y escepticismo.
Si bien Erasmo deseaba ver una reforma dentro de la Iglesia católica romana, no pensaba que el cambio tenía que ser tan profundo como Lutero alegaba. Lo que la iglesia necesitaba «eran unas pocas mejoras. Estaba sucia y precisaba una limpieza, pero nada más radical o esencial debía cambiar».12
Lutero entendía que comprometer la verdad de las Escrituras para ganar el favor de los hombres no es una virtud
Su visión del ser humano era algo similar. El hombre era pecador, pero tenía la capacidad de «dirigirse a sí mismo a o alejarse de las cosas que llevan a la salvación eterna».13 Con esa definición de libre albedrío se dirigió a Lutero en 1524, en Una discusión o discurso acerca de la voluntad libre. Es gracias a este tratado que hoy tenemos la respuesta de Lutero, La esclavitud de la voluntad, que el reformador consideró una de sus obras más importantes.
Erasmo en realidad no estaba interesado en debatir con Lutero. Al principio del movimiento de la Reforma, había concedido cierta razón al teólogo alemán, pero pronto empezó a criticar sus ideas y duro lenguaje en privado. Con todo, la disposición moderada y reconciliadora del humanista empezó a despertar sospechas de que simpatizaba con las ideas del reformador.
Algunos incluso pensaban que Erasmo había asistido en la escritura de las publicaciones de Lutero. Numerosos amigos, mecenas e incluso reyes insistían en que «era su deber oponerse a las herejías de Lutero si deseaba preservar su reputación como teólogo católico».14 El 22 de marzo de 1523, Erasmo respondió a una carta del papa Adrián VI con estas palabras:
Su Santidad me insta con tal fuerza, y apela a mí casi como en cuestión de obediencia, a contribuir de acuerdo con mi mejor habilidad cualquier propuesta que tenga para hacer que estos disturbios terminen de manera pacífica, me inclino delante de su autoridad y al mismo tiempo coloco mi confianza en esa apacibilidad suya que es tan apropiada para el oficio pontificio.15
Erasmo afirmaba que ya había escrito lo suficiente como para que su desacuerdo con las ideas y la retórica de Lutero quedara claro. Pero los rumores seguían. ¿La propuesta del papa para remediar la situación? En palabras de Erasmo: «Escribe un ataque verdaderamente feroz contra Lutero. Declara la guerra contra todo el partido de Lutero».16
Solo la gracia de Dios nos ha salvado, no necesitamos inclinarnos ante nadie que nos presione a negar lo que vemos claramente en la Palabra
De esta presión surgió su tratado sobre el libre albedrío. Por un lado, Erasmo escribió: «No confío en mi propio espíritu. Si cualquiera intenta instruirme, no resistiré la verdad a sabiendas».17 Por otro lado, sin embargo, tenía un encargo específico por parte de la más alta autoridad de la Iglesia católica romana: acabar con las ideas de Lutero. La opción de estar de acuerdo con él —y por ende, creemos los protestantes, de acuerdo con las Escrituras— simplemente no estaba sobre la mesa.
Pero Erasmo encontró la manera de desviar la acusación de que no se sometía a las Escrituras: argumentó que en la Biblia pueden encontrarse tanto pasajes que apoyan la idea del libre albedrío como pasajes que la niegan, y que por ello no quedaba más que apelar a la razón y a la experiencia. (Lutero, por supuesto, se oponía a esta idea con vehemencia).
Concedo que es correcto que solo la autoridad de las Santas Escrituras tenga más peso que todas las decisiones de todos los mortales. Pero el debate aquí no es sobre la Escritura en sí misma. Ambos lados aceptan alegremente y veneran la misma Escritura: la disputa es sobre su significado.18
Así, a pesar de iniciar su tratado diciendo que apelará solamente a las Escrituras para construir su argumento, Erasmo empieza señalando la interpretación de los mortales. Escribe que ningún escritor en la historia de la iglesia —con la excepción de un par que desestima como irrelevantes— había negado por completo el poder del libre albedrío. Pero Erasmo estaba equivocado. El Concilio de Orange, en el año 529, había afirmado:
Si cualquiera afirma que podemos de manera adecuada pensar o elegir cualquier cosa respecto a la salvación de la vida eterna, o estar de acuerdo con la salvación […] sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo […] está engañado por un espíritu herético.19
Aparentemente, las conclusiones de este concilio se habían perdido para el siglo X y solo se recuperaron hasta 1538 (Erasmo murió en 1536). Podríamos concluir que fue un error honesto por parte del humanista, pero otra pista nos revela sus intenciones al escribir.
Una vez que Lutero escribió La esclavitud de la voluntad y Erasmo se vio una vez más presionado a responder, admitió en una carta a Tomás Moro: «Si sigo a Pablo y a Agustín, le queda muy poco al libre albedrío».20 El propósito de Erasmo no parece ser seguir las verdades expuestas en las cartas del apóstol Pablo, inspiradas por el Espíritu Santo, sino dejar claro que Lutero estaba equivocado y que las ideas semi-pelagianas que dominaban la Iglesia católica eran las correctas.
Teme a Dios, no a las personas
Lutero ganó el debate, pero lo que él quería era ganar a Erasmo.
En la conclusión de La esclavitud de la voluntad, lo llama amigo y le ruega que cumpla su promesa de rendirse delante de la verdad, sin importar de quién venga. El reformador alaba la argumentación de Erasmo y sus muchos aportes a la literatura y los lenguajes. Lutero se presenta como un Jetro instruyendo a un Moisés, alguien inferior corrigiendo a un gigante. «Deja de lado todo respeto por las personas»,21 le imploró.
Lutero entendía que comprometer la verdad de las Escrituras para ganar el favor de los hombres no es una virtud
Pero esto no sucedió. En una extensa carta a Nicolas Armsdoff, Lutero revela su exasperación con Erasmo. Para entonces, toda la admiración se había desvanecido. Lutero concede el juicio de Nicolas, que afirmaba que Erasmo «no tiene otra base sobre la cual construir su doctrina sino el favor del hombre».22 Página tras página, Lutero critica la falta de pasión de Erasmo por la enseñanza bíblica y su necia fascinación por los filósofos paganos, pues el humanista había llegado a afirmar que Cristo simplemente vino a ejemplificar más perfectamente aquello que otros ya habían revelado antes. Lutero incluso concluyó:
Y si por mí fuera, desterraría por completo a Erasmo de nuestras escuelas; pues, si no es pernicioso, sin duda es inútil, ya que, en verdad, no discute ni enseña nada. Tampoco es en absoluto aconsejable acostumbrar a la juventud cristiana al estilo de Erasmo, pues aprenderán a no hablar ni pensar en nada con gravedad y seriedad, sino solo a reírse de todos los hombres como charlatanes y vanidosos. En una palabra, ¡no aprenderán nada, salvo a hacer el tonto! Y a causa de esta frivolidad y vanidad, poco a poco se cansarán de la religión, hasta que al fin la aborrecerán y la profanarán. Que se lo dejen solo a los papistas, que son dignos de tal apóstol y cuyos labios saborean sus delicias.23
La verdadera humildad intelectual no viene de un corazón temeroso de los poderosos de la tierra, sino de un corazón sometido al Señor
Mientras que algunos historiadores alaban las «dudas honestas» de Erasmo, Lutero entendía que comprometer la verdad de las Escrituras para ganar el favor de los hombres no es una virtud. La verdadera humildad intelectual no viene de un corazón temeroso de los poderosos de la tierra, sino de un corazón sometido al Señor. Él es la fuente de sabiduría.
Irónicamente, mientras Erasmo argumentaba a favor de una voluntad libre, estaba esclavizado a una Roma autoritaria que no le permitiría seguir la revelación de las Escrituras hasta sus últimas consecuencias. Lutero, consciente de la voluntad esclavizada del hombre, había sido liberado por el evangelio de la gracia para proclamarlo sin temor. Sabía que solo la gracia de Dios en Cristo lo había salvado y que no necesitaba inclinarse ante ningún hombre que lo presionara a negar lo que veía claramente en la Palabra.
¡Que su ejemplo inspire a todo cristiano y estudiante de teología, cuando nos encontremos con pasajes difíciles de recibir en las Escrituras!
Publicado por: Ana Ávila
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/lutero-vs-erasmo/
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