
¿Qué hay en el corazón del ser humano que le lleva a hacer lo que hace y pensar lo que piensa? Además de nuestros afectos, nuestras convicciones. Ellas son las raíces que nutren la manera en que pensamos y actuamos. El diccionario define una convicción como aquella «idea religiosa, ética o política a la que se está fuertemente adherido». Esto significa que la convicción deja de ser una idea abstracta y transforma lo que somos.
Hubo alguien que entendió todo esto, el pastor y teólogo Jonathan Edwards (1703-1758). Al entrar a la juventud (18-19 años) realizó una lista de setenta resoluciones que le ayudaron a cultivar una vida de piedad y se comprometió a leerlas cada semana. Estas resoluciones son las convicciones que abrazó Edwards, y que guiaron todo lo que pensó e hizo para alcanzar su deseo de vivir para agradar a Dios.
Quiero compartirte solo tres de ellas, las cuales me han ayudado a crecer a la imagen de Cristo y espero que te ayuden a ti también.
1. “Resuelvo no hacer jamás nada que no tienda a dar gloria a Dios”
A Dios no le interesan cristianos parciales, sino totales. El Señor demanda una vida integralmente santa (1 P 1:15), pues nosotros hemos sido reservados para Su uso exclusivo. Por tanto, cada asunto que hagamos debe de tener como causa suprema darle gloria a Dios.
Un ejemplo de esto es el profeta Daniel, quien se propuso en su corazón no contaminarse con las cosas que hacían los babilonios, entre ellas, las comidas que ingerían (Dn 1:8). Él entendió una verdad que el apóstol Pablo señaló más tarde: «Ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Co 10:31).
Para el creyente, las convicciones nacen de la fe, donde el creyente construye, redime y somete sus ideales a Cristo
Para el creyente, las convicciones nacen de la fe. Es donde el creyente construye, redime y somete sus ideales al cautiverio de Cristo. La máxima convicción que debe dirigir nuestras vidas es que cualquier cosa que hagamos, ya sea tan trivial como comer o beber, o tan trascendental como liderar a otras personas en un ambiente laboral, lo hacemos para la gloria de Dios.
Esta convicción también nos mueve a ser fieles en lo poco. Cristo bien habló en la parábola de los talentos (Mt 25:14-30) sobre la necesidad de mantenernos fieles en lo que Dios nos ha dado, por poco que parezca, de manera que aún en las cuestiones más pequeñas estemos enfocados en el reino de Dios y Su gloria, y no en los intereses egoístas de nuestro corazón.
A veces trivializamos nuestro día a día, pues pensamos que a Dios no le interesa nuestra cotidianidad. Pero déjame enfatizar algo: la gracia que te salvó no tenía como fin último que solo evites el infierno, sino que toda tu vida dé gloria a Dios.
Creo que esa mala actitud de trivializar la salvación nace de la influencia de la cultura materialista de este mundo, la cual nos hace pensar que «lo espiritual» o religioso es independiente de la vida cotidiana. En un sentido similar, también nos influye para creer que los pecados públicos son más graves que aquellos que escondemos en nuestro interior. Pero la verdad es que todo pecado visible comenzó ganando la batalla en el corazón (Stg 1:14-15).
Por tanto, forjemos la convicción de nunca hacer algo sin que dicha acción tenga como propósito dar gloria a Dios. Esto significa que debemos entrenar nuestra mente para vivir en un estado de conciencia permanente, donde en todo nos hagamos esta pregunta: «¿Estoy glorificando a Dios en este preciso momento?», sin importar que sean cuestiones grandes o pequeñas.
2. “Resuelvo vivir como si faltara una hora para la trompeta final”
Esta fue la frase que utilizó el Señor para llevarme a Sus pies. Nos anima a vivir con la realidad de la muerte presente en nuestras conciencias. Nos anima a reconocer que la vida es un soplo y que en cualquier momento la trompeta final puede sonar o el aliento de vida se podrá ir.
Pero, más aún, nos invita a reconocer que nuestro Dios está presente en todo momento en lo que hacemos. De ahí el sentido de urgencia en agradarle, glorificarle y que Él nos halle en santidad cuando reclame nuestra alma o vuelva por Su pueblo.
Recuerda: Dios podrá reclamar tu alma en cualquier momento; no te pedirá permiso para hacerlo. Santiago bien dice que la vida es un soplo, por eso él sometía todo pensamiento, plan y acción a la soberana providencia de Dios (Stg 4:15-17).
Este estado de alerta o urgencia es útil para agradar a Dios y también para evitar caer en las garras del adversario, que está al acecho buscando a quien devorar (1 P 5:8). Recientemente escuché una inteligencia artificial que simulaba ser Satanás y le preguntaron: «¿Por qué insistir en hacer que los elegidos caigan si ellos no perderán su salvación?». Y este respondió: «Porque mi meta es que lleguen tan avergonzados a la presencia de Dios que no puedan mirarlo con gozo». Esta es una respuesta ficticia, pero tiene amplio sustento bíblico.
El ejercicio de examinación delante de Dios deja en evidencia áreas de pecado que no se verían si vivimos en la pereza espiritual
Vivir para la gloria de Dios requiere de un sano sentido de urgencia. Urgencia por cumplir la gran comisión, por crecer en santidad y por caminar en los senderos de justicia. No para jactarnos delante de Dios o de otros por una conducta que parece intachable, sino para agradar al Señor de todo corazón y bendecir al prójimo.
Este sentido de urgencia no es para conseguir algo, sino porque ya hemos recibido por gracia una recompensa en Cristo. Lo hacemos de corazón para Él (Col 3:23-25).
3. “Resuelvo examinar mi vida”
Los salmistas reconocían la importancia de ir en humildad ante Dios, para examinar el corazón y sus intenciones, procurando agradar al Señor.
Examíname, oh SEÑOR, y pruébame;
Escudriña mi mente y mi corazón (Sal 26:2).
Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis inquietudes.
Y ve si hay en mí camino malo,
Y guíame en el camino eterno (Sal 139:23-24).
Solo un humilde de corazón, un pobre de espíritu, puede ir a la presencia de Dios con esta actitud. El ejercicio de examinación delante de Dios deja en evidencia áreas de pecado que probablemente no se verían si vivimos en pereza y sedentarismo espiritual.
Tomar un tiempo a solas con Dios, sin hacer más que derramar el corazón delante de Él para hacer una auditoría exhaustiva de nuestra vida, nos ayuda a parecernos más a Cristo. Allí somos moldeados a Su imagen (2 Co 2:5). Este es un ejercicio que Jonathan Edwards se comprometió a repasar y practicar cada semana, al igual que con el resto de sus resoluciones. Imagina si tuviéramos el mismo compromiso y cada semana hiciéramos tiempo para examinarnos a la luz de Dios y Su Palabra. ¡Qué diferentes serían nuestras vidas!
Necesitamos tener convicciones como las de Jonathan Edwards, que nos permitan tener una mente enfocada en lo eterno y en un solo propósito: agradar y glorificar a Dios con todo lo que somos.
Te animo a que vivamos una vida que sea digna del llamado que se nos ha hecho. Busquemos a Dios en humildad y tengamos presente que todo lo que hacemos, sea grande o pequeño, debe darle honra a Su nombre. Y que así tengamos un sentido de urgencia respecto a este propósito.
Publicado por: Juan de Dios Moronta
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/convicciones-agradar-dios/
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