
PODRÍA SER UNA RESPUESTA APRENDIDA.
Hay personas que sienten una profunda frustración cuando alguien tarda demasiado en responder, caminar, tomar decisiones o realizar una tarea. A simple vista podría parecer que son simplemente impacientes, perfeccionistas o demasiado exigentes. Sin embargo, en algunos casos, esa reacción tiene raíces mucho más profundas.
Nuestra forma de reaccionar ante el mundo no aparece de la nada. El cerebro aprende desde los primeros años de vida qué situaciones representan seguridad y cuáles representan una amenaza. Si durante la infancia creciste en un ambiente donde había constantes críticas, gritos, castigos, presión o donde los errores tenían consecuencias desproporcionadas, es posible que tu sistema nervioso aprendiera una regla muy clara: hay que actuar rápido para estar a salvo.
Quizá aprendiste que demorarte significaba recibir un regaño. Que pensar demasiado podía hacerte perder una oportunidad. Que equivocarte traería rechazo, humillación o castigo. O simplemente entendiste que nadie iba a resolver las cosas por ti y que debías hacerlo todo por tu cuenta.
Con el tiempo, esa forma de funcionar deja de ser una estrategia temporal y se convierte en una manera automática de vivir. El cerebro desarrolla una especie de «piloto de supervivencia», manteniéndote siempre atento, anticipando problemas y tratando de resolver todo antes de que ocurra algo negativo.
Por eso, cuando en la vida adulta te encuentras con personas que hacen las cosas con calma, que necesitan más tiempo para decidir o que trabajan a un ritmo diferente al tuyo, tu reacción puede ser mucho más intensa de lo que la situación realmente amerita.
No siempre es porque esas personas estén haciendo algo mal. En ocasiones, lo que se activa es una memoria emocional. Tu sistema nervioso interpreta la lentitud como si fuera una señal de peligro, desorganización o falta de compromiso, aunque objetivamente no lo sea.
Es importante aclarar que no todas las personas impacientes vivieron este tipo de experiencias, ni todas las personas que tuvieron una infancia difícil reaccionan de esta manera. Cada historia es distinta y múltiples factores influyen en nuestra personalidad. Sin embargo, para muchas personas, comprender el origen de estas respuestas puede ser un primer paso para entenderse con mayor compasión.
La ciencia ha demostrado que el cerebro es extraordinariamente adaptable. Gracias a la neuroplasticidad, las conexiones neuronales pueden modificarse a lo largo de la vida. Esto significa que aquello que en algún momento fue un mecanismo indispensable para sobrevivir no tiene por qué seguir gobernando cada aspecto de tu presente.
Aprender a respirar antes de reaccionar, tolerar que las personas tengan ritmos diferentes, reconocer cuándo tu cuerpo está respondiendo desde el miedo y no desde la realidad, son pequeños pasos que ayudan a construir nuevas formas de relacionarte con el mundo.
No se trata de volverte lento ni de renunciar a la eficiencia. Ser una persona organizada, diligente y rápida puede ser una gran fortaleza. El verdadero desafío consiste en que esa rapidez nazca de la elección y no del miedo.
Cuando dejas de vivir en estado de alerta permanente, descubres algo que quizás nunca te permitiste experimentar: la calma también puede ser productiva. La paciencia también puede ser inteligente. Y el descanso no es un signo de debilidad, sino una necesidad humana.
Tal vez durante muchos años creíste que debías cargar con todo, resolverlo todo y anticiparte a todo para que las cosas salieran bien. Pero hoy ya no eres aquella persona que dependía únicamente de reaccionar para sobrevivir. Hoy tienes más recursos, más experiencia y la posibilidad de elegir una respuesta diferente.
Permítete recordar esto cada vez que sientas que la prisa vuelve a dominarte:
La calma no es una amenaza. Es un espacio donde tu mente puede descansar. La seguridad no depende de hacer todo deprisa, sino de saber que puedes afrontar la vida incluso cuando las cosas no ocurren a tu ritmo. No naciste para vivir permanentemente en modo supervivencia. Naciste para aprender, crecer, amar, equivocarte, descansar y construir una vida donde la paz no sea un lujo, sino una forma de habitar el presente.
«Mi escudo está en Dios… Dios es juez justo.» Salmo 7 (RVR1960)
Si necesitas apoyo psicológico o corporativo especializado
Te ofrezco acompañamiento profesional en:
Terapia individual: manejo emocional, ansiedad, autoestima, duelos y crecimiento personal.
Terapia de pareja: fortalecimiento del vínculo, comunicación y resolución de conflictos.
Apoyo corporativo: programas de bienestar laboral, gestión emocional y mejora del clima organizacional.
Capacitación en habilidades blandas: liderazgo empático, comunicación asertiva, inteligencia emocional y trabajo en equipo.
Dra. Elizabeth Rondón. Especialista en bienestar emocional, relaciones humanas y desarrollo organizacional.
Tlf. +57 3165270022
Correo electrónico: [email protected]
ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

