
¿Qué es el perdón? Esta es una pregunta importante para la iglesia, para el discipulado, para el ministerio pastoral y para la comunión de los creyentes.
Vivimos en una época en la que el perdón se ha redefinido profundamente. Ya no se entiende principalmente como una categoría moral y espiritual, sino como una herramienta psicológica. Se presenta como un acto terapéutico, una práctica de bienestar emocional, un camino para soltar cargas internas y recuperar la paz.
En esta visión, el perdón no toma en cuenta tanto la realidad del pecado, de la justicia, del arrepentimiento o de la reconciliación, sino del beneficio subjetivo que produce en la persona que perdona. Perdonar —nos dicen— es sanar. Perdonar es liberarse. Perdonar es dejar ir.
Aunque hay algo de verdad en que el perdón bíblico trae paz, esa no es su definición central. Cuando la terapia sustituye la teología, el perdón deja de ser bíblico.
El perdón en la Biblia
La Escritura no presenta el perdón primordialmente como una técnica para sentirnos mejor. Lo presenta como una respuesta moral ante una culpa real.
El problema central que aborda el perdón, de acuerdo con la Biblia, no es simplemente el dolor emocional que otro me causó, sino el pecado que ha sido cometido. Esto quiere decir que, donde no hay reconocimiento del pecado, tampoco se puede hablar de perdón en sentido pleno.
Nuestra cultura moderna ha sentimentalizado tanto el perdón que muchas veces lo vacía de su contenido moral. Se nos pide perdonar aunque no haya confesión, aunque no haya reconocimiento del mal, aunque no haya cambio, aunque el ofensor persista en su pecado. Pero eso no es lo que vemos en Dios, ni lo que enseña la Biblia.
La Biblia enseña con claridad que Dios perdona al arrepentido. No perdona indiscriminadamente, no absuelve sin mediación, no declara paz donde no hay arrepentimiento. El evangelio mismo descansa sobre esta realidad. Cristo vino a salvar pecadores, pero esos pecadores son llamados a arrepentirse y creer. El perdón de Dios no es un sentimiento suelto, sino una remisión justa de culpa para aquellos que, unidos a Cristo por la fe, reconocen su pecado y se vuelven a Él.
Esto lo vemos en toda la Escritura. En el Antiguo Testamento, Dios es descrito como misericordioso y perdonador, pero nunca como indiferente al pecado. «El que encubre sus pecados no prosperará, / Pero el que los confiesa y los abandona hallará misericordia» (Pr 28:13).
La misericordia está ligada a la confesión y al abandono del pecado. Dios perdona abundantemente, sí; pero al que se vuelve a Él.
Abandone el impío su camino,
Y el hombre malvado sus pensamientos,
Y vuélvase al SEÑOR,
Que tendrá de él compasión,
Al Dios nuestro,
Que será amplio en perdonar (Is 55:7).
En el Nuevo Testamento ocurre lo mismo. Jesús predicó: «Arrepiéntanse y crean en el evangelio» (Mr 1:15). También enseñó algo que en nuestros días muchos prefieren ignorar: «Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo» (Lc 17:3). El llamado apostólico fue igualmente un llamado al arrepentimiento para el perdón de los pecados (Hch 3:19; 8:22; 17:30).
El modelo para perdonar no puede ser la psicología popular, sino el carácter mismo de Dios
Volviendo a las palabras de Jesús, ellas no encajan bien con la visión terapéutica moderna del perdón, porque Cristo introduce una condición objetiva: «Si se arrepiente». No está promoviendo amargura, pero sí está preservando la naturaleza moral del perdón. El perdón bíblico no niega la necesidad del arrepentimiento; la presupone.
Sin confundir categorías
Aquí es donde muchos confunden categorías. Una cosa es renunciar a la venganza personal, dejar el juicio final en manos de Dios y cultivar un corazón libre de odio. Esto es algo que todo cristiano debe hacer, aun cuando el ofensor no se arrepienta. Debemos amar a nuestros enemigos, orar por quienes nos persiguen y no devolver mal por mal (Mt 5:44; Ro 12:17).
Sin embargo, esto no es excusa para otorgar el perdón pleno en el contexto de una relación en ausencia de arrepentimiento. Lo primero es una disposición cristiana del corazón; lo segundo es una transacción moral y relacional que, en la Biblia, está conectada a la confesión del pecado.
Esta distinción importa mucho. Si no la hacemos, terminamos llamando «perdón» a cosas que la Biblia llama paciencia, mansedumbre, renuncia a la venganza o amor al enemigo. Esta confusión nos puede llevar en nuestras iglesias, por ejemplo, a presionar a víctimas para que declaren como perdonado lo que ni siquiera ha sido reconocido como pecado por el ofensor. Esto produce confusión y, muchas veces, una sensación de injusticia.
Es una pena que en las iglesias nos encontremos con personas que han sido heridas gravemente y luego son exhortadas a «perdonar para sanar», como si su paz interior dependiera de absolver unilateralmente a quien no ha mostrado el menor quebranto. Esa presión no viene de la Escritura; viene de una cultura terapéutica que idolatra la tranquilidad emocional y minimiza la gravedad moral del pecado.
Debemos decirlo claramente: el perdón bíblico no existe para hacerle la vida más cómoda al ofensor ni para ayudar a la víctima a sentirse emocionalmente más ligera; sin que importe la verdad de las cosas. El perdón existe para tratar el problema real del pecado delante de Dios. Por eso el modelo para perdonar no puede ser la psicología popular, sino el carácter mismo de Dios. Y Dios no perdona aparte del arrepentimiento y la fe. Aun en la obra de Cristo, el perdón no se aplica automáticamente a toda persona sin distinción. Hay una provisión suficiente en la cruz, pero su aplicación es para los que se arrepienten y creen.
“Padre, perdónalos”
Algunos objetarán diciendo que Jesús en la cruz exclamó: «Padre, perdónalos» (Lc 23:34). Pero aun allí no tenemos un perdón automático e incondicional aplicado a todos Sus agresores sin distinción. Más bien, tenemos una intercesión misericordiosa de Cristo, no la negación de la necesidad de arrepentimiento. De hecho, algunos de los presentes más tarde serían llamados por Pedro a arrepentirse precisamente por haber crucificado al Señor de gloria (Hch 2:36-38). La cruz no elimina la necesidad de arrepentimiento, sino que la establece como la única vía de perdón justo.
La cruz no elimina la necesidad de arrepentimiento, sino que la establece como la única vía de perdón justo
También se cita a veces el mandato del apóstol Pablo: «Perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef 4:32). Amén. Pero precisamente ahí está el punto: ¿cómo nos perdonó Dios en Cristo? No ignorando nuestra culpa, no fingiendo que el pecado no importaba, no declarando paz sin cruz, sin fe y sin unión con Cristo. Dios nos perdonó de una manera santa, justa y costosa. Por eso nuestro perdón no puede convertirse en un sentimentalismo barato que relativiza la gravedad del mal.
Hacia un perdón bíblico
Cuando la iglesia adopta la visión terapéutica del perdón, pierde varias cosas a la vez. Pierde la gravedad del pecado, pierde la centralidad del arrepentimiento, pierde la gloria de la cruz y pierde claridad pastoral.
Empieza a llamar amor a lo que a veces es simplemente evasión. Empieza a llamar paz a lo que en realidad es silenciamiento. Empieza a llamar perdón a lo que no es más que una estrategia emocional para evitar el conflicto o cerrar heridas superficialmente sin tratar la verdad del asunto.
El perdón bíblico es más hermoso que la versión terapéutica precisamente porque es verdadero. No niega el mal; lo nombra. No trivializa la culpa; la enfrenta. No pasa por alto la justicia; la honra en la cruz. No pide reconciliación artificial; llama al pecador al arrepentimiento. Y no obliga al ofendido a mentirse a sí mismo. Le permite rechazar la venganza, descansar en la justicia de Dios, mantener un espíritu dispuesto a reconciliarse y, al mismo tiempo, esperar que el pecado sea reconocido como lo que es.
En una generación que prioriza la comodidad emocional, la iglesia debe volver a hablar del perdón en términos bíblicos. Dios perdona al arrepentido. Y precisamente porque eso es verdad, el perdón cristiano no es una técnica terapéutica ni una cortesía emocional. Es una gloria del evangelio. Es una expresión de gracia que nunca cancela la verdad, nunca niega la justicia y nunca se separa del arrepentimiento.
Joselo Mercado
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/perdon-biblico-terapeutico/
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