
UNA APROXIMACIÓN HUMANISTA AL POEMA DE QYAZZIRAH SYEIKH ARIFFIN.
«Dices que amas la lluvia, pero abres tu paraguas cuando llueve. Dices que amas el sol, pero buscas un lugar con sombra cuando el sol brilla. Dices que amas el viento, pero cierras las ventanas cuando sopla. Por eso tengo miedo, cuando dices que me amas también». Este es un texto muy interesante porque, aunque es breve, tiene una enorme carga simbólica.
Aunque se hizo muy viral en redes sociales (a menudo atribuida erróneamente a Shakespeare o Bob Marley), pertenece al poeta y escritor contemporáneo Qyazzirah Syeikh Ariffin.
Desde la psicología humanista y una perspectiva espiritual, puede interpretarse en varios niveles. Lo importante es no tomarlo como una verdad absoluta sobre el amor, sino como una reflexión sobre la vulnerabilidad, la coherencia y el miedo.
Perspectiva humanista.
Desde la visión de Carl Rogers y la psicología humanista, el centro del análisis sería la congruencia.
La frase plantea una aparente contradicción:
«Dices que amas la lluvia, pero abres el paraguas.»
Aquí no se está criticando el amor hacia la lluvia, sino la diferencia entre lo que se dice valorar y cómo se actúa cuando esa realidad aparece.
En términos humanistas existen tres elementos:
La experiencia.
La percepción de esa experiencia.
La conducta.
Cuando estas tres dimensiones no están alineadas aparece la incongruencia.
Sin embargo, el texto también revela otra verdad:
Amar algo no significa dejar de protegerse de aquello que también puede hacernos daño.
Una persona puede amar el mar y usar chaleco salvavidas.
Puede amar la montaña y utilizar equipo de seguridad.
Puede amar a su hijo y ponerle límites.
Puede amar profundamente a otra persona y aun así necesitar espacio.
Desde la psicología humanista, protegerse no invalida el amor.
Lo que realmente destruye el amor es la falta de autenticidad.
El miedo proyectado.
La última frase cambia completamente el sentido del poema.
«Por eso tengo miedo cuando dices que me amas.»
Hasta ese momento parecía hablar del comportamiento del otro.
Pero en realidad está hablando del mundo interior del hablante.
El protagonista no está describiendo a la otra persona.
Está revelando su propia herida emocional.
En psicología diríamos que existe una expectativa aprendida:
«Si las personas dicen amar cosas que después evitan…
¿también me evitarán a mí?»
Es una inferencia emocional.
No necesariamente una realidad objetiva.
Aquí aparece el miedo al abandono.
El miedo a la incoherencia.
El miedo al rechazo.
Perspectiva existencial-humanista.
Desde Rollo May o Viktor Frankl, el amor siempre implica riesgo.
No existe amor sin vulnerabilidad.
Quien ama acepta la posibilidad de sufrir.
Por eso el miedo del poema resulta profundamente humano.
Es el temor de entregar el corazón a alguien cuya conducta quizá no coincida con sus palabras.
Perspectiva espiritual.
Aquí el análisis cambia bastante.
En muchas tradiciones espirituales la lluvia, el sol y el viento representan fuerzas de transformación.
La lluvia limpia.
El sol ilumina.
El viento mueve lo que estaba estancado.
Curiosamente, el ser humano suele decir que desea crecer espiritualmente…
…pero rechaza precisamente aquello que produce ese crecimiento.
Decimos querer paz…
pero evitamos el silencio.
Decimos querer sabiduría…
pero rechazamos las pruebas.
Decimos querer fortaleza…
pero evitamos el sufrimiento.
Desde esta perspectiva, el poema podría leerse como una metáfora de nuestra relación con la vida misma.
Amamos la evolución…
pero no siempre aceptamos el proceso que la hace posible.
Una lectura mística.
En muchas corrientes contemplativas existe una idea recurrente:
No amas realmente aquello que sólo aceptas cuando es cómodo.
Amas aquello que también abrazas cuando incomoda.
Por ejemplo:
Si sólo amas la lluvia cuando la observas desde la ventana…
quizá amas la estética de la lluvia.
No la lluvia.
Si sólo amas a una persona cuando satisface tus necesidades…
quizá amas la sensación que produce.
No a la persona.
Este punto aparece tanto en tradiciones cristianas como budistas y sufíes: el amor auténtico implica acoger al otro en su realidad, no sólo en aquello que nos resulta agradable.
El símbolo del paraguas:
El paraguas es fascinante simbólicamente.
Representa el ego intentando controlar la experiencia.
Queremos lluvia…
pero sin mojarnos.
Queremos amor…
pero sin exponernos.
Queremos libertad…
pero sin incertidumbre.
Queremos transformación…
pero sin cambiar.
Ahí reside la paradoja humana.
Una posible crítica al propio poema
Aquí aparece algo muy interesante.
El poema también puede estar cayendo en una falsa dicotomía.
Porque presupone que:
Si amas algo,
nunca deberías protegerte de ello.
Eso no siempre es cierto.
Un bombero ama el fuego como objeto de estudio.
No por eso mete la mano en las llamas.
Un médico ama la medicina.
No deja de usar guantes.
Una madre ama a su hijo.
No deja que juegue en una autopista.
El cuidado no niega el amor.
En muchas ocasiones es precisamente una expresión de él.
La dimensión espiritual más profunda.
Quizá la enseñanza más profunda sea otra.
No consiste en preguntarnos:
«¿La otra persona realmente me ama?»
Sino:
«¿Soy coherente entre lo que digo amar y la forma en que vivo?»
Porque todos, en algún momento, decimos amar la paciencia mientras nos desesperamos.
Decimos amar la verdad mientras ocultamos partes de nosotros.
Decimos amar la libertad mientras construimos nuestras propias cárceles.
El poema deja entonces de ser un juicio sobre los demás y se convierte en un espejo.
Y ese es, posiblemente, su mayor valor.
La grandeza del texto no está en afirmar que quien usa un paraguas no ama la lluvia. Está en invitarnos a preguntarnos cuánto de nuestro amor es realmente aceptación del otro (o de la vida) y cuánto depende de que todo ocurra bajo nuestras condiciones. Desde una perspectiva humanista, nos llama a vivir con mayor congruencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos. Desde una perspectiva espiritual, nos recuerda que el amor más profundo no elimina la prudencia, pero sí nos transforma hasta aceptar la realidad con menos resistencia y más autenticidad. Allí, el miedo de la última frase deja de ser una acusación y se convierte en una confesión: la de un corazón que anhela encontrar un amor en el que las palabras y los actos caminen juntos.
«Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.» Salmos 23:3 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
- ★LA COHERENCIA DEL AMOR:
- ★CUANDO LA PERFECCIÓN SE CONVIERTE EN TORTURA: LA BALANZA QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO
- ★CUANDO LA SOLIDARIDAD SE HACE PRESENTE: CALI ABRE SU CORAZÓN POR VENEZUELA.
- ★LA FRAGMENTACIÓN DEL ALMA: CUANDO UNA PARTE DE NOSOTROS SE ESCONDE PARA SOBREVIVIR
- ★IDENTIDAD COMPETITIVA: EL ARTE DE DIFERENCIARSE EN UN MUNDO DE SIMILITUDES.

