
En medio del dolor que dejaron los terremotos ocurridos el pasado 24 de junio en Venezuela, la ciudad de Cali ha respondido con uno de los gestos más nobles que puede ofrecer un pueblo: la solidaridad.
El Hotel Spiwak se convirtió en un verdadero centro de esperanza al abrir sus puertas como centro de acopio para recibir ayudas destinadas a las familias afectadas por esta tragedia. Desde muy temprano comenzaron a llegar ciudadanos que, dejando por un momento sus labores cotidianas, decidieron transformar la compasión en acciones concretas.


Alimentos no perecederos, medicamentos, pañales para niños y adultos, agua embotellada, implementos de higiene y múltiples donaciones fueron entregados con la convicción de que, cuando una nación sufre, la humanidad no reconoce fronteras.
Pero la solidaridad no solo se reflejó en quienes llevaron ayudas materiales. Muchas personas ofrecieron lo más valioso que poseen: su tiempo. Voluntarios se unieron para clasificar, organizar y preparar cada una de las donaciones, demostrando que servir también es una forma de amar.
Cada caja organizada, cada bolsa empacada y cada medicamento clasificado representan mucho más que una ayuda física; simbolizan un mensaje de esperanza para quienes hoy enfrentan la incertidumbre. En momentos donde el dolor parece ocuparlo todo, pequeños actos de amor pueden convertirse en la fuerza que permite volver a levantarse.


Esta jornada también merece un especial reconocimiento al Hotel Spiwak, que, a través de la gestión de Diego García, y otros coordinadores, decidió sumarse generosamente a esta iniciativa humanitaria, facilitando sus instalaciones para convertirlas en un punto de encuentro entre la necesidad y la generosidad. Su compromiso refleja cómo el sector empresarial puede convertirse en un aliado fundamental cuando la solidaridad llama a la puerta.

El pueblo caleño ha demostrado una vez más que posee un corazón inmenso. Cali no solo es reconocida por su alegría, su música y su cultura; también es una ciudad donde la empatía florece cuando más se necesita. Allí donde otros ven distancia, los caleños ven hermanos. Allí donde aparece el sufrimiento, responden con manos dispuestas a servir.
Desde una mirada espiritual, estas acciones nos recuerdan una verdad profunda: el amor auténtico siempre encuentra la manera de hacerse presente. Ninguna ayuda es pequeña cuando nace de un corazón sincero. Un paquete de alimentos, un pañal, una botella de agua o unas horas de voluntariado pueden convertirse en el abrazo que una familia necesitaba para recuperar la esperanza.
Hoy, Cali le dice a Venezuela que no está sola.
Porque la solidaridad es el lenguaje que Dios sembró en el corazón de la humanidad, y cuando un pueblo decide hablar ese lenguaje, la esperanza vuelve a renacer incluso en medio de los escombros.
«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.» Juan 13:34–35 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

