
Nuestro fin, como cristianos, es seguir e imitar a Cristo. Seguirlo conlleva amarlo y negarnos a nosotros mismos (Jn 14:21; Mt 16:24), a fin de ser quienes fuimos creados para ser: personas santas del reino de Dios, formadas para Él.
En esta meta, Jesús nos enseña un misterio precioso: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará» (Mt 16:25).
Solo cuando nos enfocamos en Él, el bien supremo, encontramos la formación espiritual que tanto necesitamos para vivir de una manera santa. Podemos decir que una vida santa es una vida virtuosa.
Las virtudes y la disposición del corazón
La filósofa cristiana Rebecca DeYoung define las virtudes como «“excelencias” del carácter, hábitos o disposiciones del carácter que nos ayudan a vivir bien como seres humanos excelentes».1 Por lo tanto, para ser un creyente virtuoso debemos perseguir la excelencia moral en cómo conducimos nuestras vidas, es decir, ser santos (Mt 5:48; 1 P 1:16).
En contraste, los vicios son rasgos del carácter y hábitos morales que nos distorsionan y que nos hieren no solo a nosotros, sino también a aquellos a nuestro alrededor.
Así que, con un entendimiento básico de qué son tanto las virtudes como los vicios, es esencial mencionar el motor detrás de nuestros hábitos y rasgos personales: nuestro corazón. La disposición del corazón determina qué acción tomaremos y qué emoción sentiremos en un momento dado y, como consecuencia, qué hábitos estableceremos. No debemos subestimar el hecho de que los hábitos que desarrollamos como creyentes nos pueden formar o malformar para tener disposiciones virtuosas o viciosas.
El hábito del agradecimiento nos forma como personas que no pierden de vista a Cristo y son conscientes de todo lo que han recibido en Él
Cuando seguimos y obedecemos a Cristo, somos formados como personas virtuosas y santas. Pero cuando no somos bíblicamente sabios y hacemos lo que queremos de manera individualista, nos malformamos y somos más propensos a desobedecer a nuestro Señor y a herirnos, así como a herir a nuestro prójimo.
Con esto en mente, quiero abordar tan solo tres de los vicios que predominan en la actualidad y que están relacionados a cómo la cultura nos ha malformado. Al mismo tiempo, te invito a reflexionar brevemente en cómo la vida y obra del Señor Jesús nos enseña a vivir en oposición a dichos vicios, cultivando ciertas virtudes del reino de Dios.
1. La envidia (virtud opuesta: la gratitud)
Es importante distinguir entre una persona envidiosa y una codiciosa. Ambas tienen en común que no poseen y desean algo que otra persona tiene. La diferencia es que la persona codiciosa «se deleita en adquirir la cosa, mientras que la persona envidiosa se deleita en la manera en que la redistribución de los bienes afecta su propia posición y la de su rival». Puedes notar que la envidia es uno de los vicios más malformativos en nuestra cultura, ya que se enfoca no solo en poseer algo, sino también en ver a la otra persona sufrir en el proceso.
Sin embargo, nuestra fe en Cristo nos ofrece una perspectiva distinta respecto a cómo ver a las personas que nos rodean y a las posesiones. Gracias a esta nueva visión, podemos atacar la envidia de maneras efectivas. Una de ellas es mediante el agradecimiento por la providencia de nuestro Señor: «Por tanto, de la manera que recibieron a Cristo Jesús el Señor, así anden en Él; firmemente arraigados y edificados en Él y confirmados en su fe, tal como fueron instruidos, rebosando de gratitud» (Col 2:6-7).
Si creamos un hábito virtuoso de gratitud a Dios, eventualmente nuestros corazones se redirigirán para estar agradecidos por lo que Él nos provee en Cristo. Es decir, el hábito del agradecimiento nos forma como personas que no pierden de vista a Cristo y son conscientes de todo lo que han recibido en Él, y también pueden celebrar lo que otros han recibido.
Parte de la dificultad de lidiar con la envidia es que no poseemos lo que queremos, mientras que otra persona(s) tiene cosas que yo deseo, pero no puedo poseer. Aunque nuestro Señor no nos promete que tendremos todo lo que deseamos, sí nos provee la libertad de pedirle y nos da esperanza de recibir lo que deseamos dentro de Su voluntad (Stg 4:2-3; Jn 14:13-14). Él nos invita a depender de y confiar en la providencia de Dios (Mt 6:28-30).
2. La pereza (virtud opuesta: la entrega)
Considerando la cultura tecnológicamente dependiente en la cual vivimos, saturada de entretenimiento, el vicio de la pereza se ve cada día más presente. El algoritmo de las redes sociales malforman a miles de niños, jóvenes y adultos (de los cuales yo soy el primero) hacia una dependencia destructiva.
Esta pereza reforzada por la tecnología nos lleva a olvidar cómo amar a nuestro prójimo. ¿Pero qué es exactamente este vicio del carácter? Aquí, nuevamente, la Dra. DeYoung nos sirve como guía:
La pereza, desde esta perspectiva, expresa una apatía perniciosa —una indiferencia cómoda hacia el deber y un descuido de las necesidades de los demás… Según esta visión, debemos considerar la pereza un pecado no solo porque nos vuelve perezosos, sino por la falta de amor que subyace a esa pereza.
«La pereza es una resistencia a las exigencias del amor».2 Uno puede ser activo en su trabajo o hacer ejercicios físicos, pero aún así ser perezoso porque ha descuidado áreas en las que uno es responsable delante de Dios y debe atender con amor. Por ejemplo, desatender tus tareas como padre o madre, ser un miembro poco comprometido con tu iglesia local o siendo insensible en ayudar a tu prójimo de formas concretas.
La pereza es una resistencia a las exigencias del amor
El mandato de nuestro Señor Jesús nos sirve como un antídoto eficaz: «Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Lc 9:23). El hecho de que Cristo Jesús nos ordene negarnos a nosotros mismos, ya que Él hizo lo mismo cuando obedeció al Padre y murió por nuestros pecados, es un ejemplo con el poder para formarnos y motivarnos a amar a otros de la manera correcta. Reconocer cómo la autonegación de Cristo nos redime nos otorga las fuerzas para negarnos a nosotros mismos y servir esforzadamente a otros (Col 1:29).
3. La gula (virtud opuesta: el deleite en Cristo)
Nuestra cultura nos ha malformado para buscar la felicidad de todas las maneras incorrectas; una de ellas es el vicio de la gula.
La cultura nos malforma al insistir en que debemos priorizar nuestros placeres por encima de nuestras responsabilidades hacia el prójimo. Es decir, hoy se siente como un deber moral poner como prioridad todo aquello que nos trae placer; de otra manera la vida se sentiría como un desperdicio. La gula describe precisamente esta dependencia del placer, la cual reduce la vida humana a la autogratificación.
Sin embargo, el Señor nos enseña cómo tratar con el pecado de la gula: permaneciendo en Él. Es decir, en el momento en que deseamos sentir placer descontroladamente y fuera del orden bueno, nos enfocamos en el amor, el perdón y la presencia que hemos recibido de nuestro buen Señor (Ro 8:38-39; 1 Jn 1:9; Mt 28:20). Solo deleitarnos en Cristo sacia nuestros deseos más profundos.
Esperanza en la lucha
El Señor nos enseña en Su Palabra que debemos tener la disposición de ser santos e imitar a Cristo (Gá 5:22-23; Mt 5:48; 1 Co 11:1). Esta disposición del corazón, efectuada por el Espíritu Santo en los hijos de Dios, se verá reflejada en una vida virtuosa. Mientras cultivamos buenos hábitos con la ayuda de nuestro Señor Jesús, también alimentamos nuestra esperanza de ser formados cada día a la imagen de Cristo.
Sin embargo, quiero ser realista dentro de esta esperanza y reconocer que continuamos cargando con una tentación hacia los vicios fomentados por la cultura de este mundo que quiere malformarnos. Pero no olvidemos que tenemos virtudes bíblicas dadas por nuestro buen Señor para lidiar con la realidad distorsionada en la que vivimos. Espero que estos ejemplos te ayuden a cultivar las virtudes del evangelio que nos forman cada día a la imagen del Hijo de Dios.
Un día Cristo regresará y hará todas las cosas nuevas, incluyendo nuestros cuerpos y deseos. Vive cada día con esa esperanza segura en el corazón.
Jorge Rivera
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/vicios-virtudes-formar-cristo/
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