
Alianza por el Español, integrada en Hablamos Español, ha enviado hoy una carta abierta al Papa solicitando que el español ocupe en la comunicación oficial de la Santa Sede el lugar que le corresponde. La petición se fundamenta en dos realidades: el español es la lengua materna de cerca del 40% de los católicos del mundo y su historia está inseparablemente unida a la evangelización, la teología y la misión de la Iglesia en Europa, América y Asia. En numerosas ocasiones el español aparece en quinto lugar en la prelación de lenguas, por detrás del francés y el alemán. Alianza por el Español pide que se establezcan criterios permanentes que garanticen al español un lugar acorde a su peso en la Iglesia.
La carta se está remitiendo también a las embajadas ante la santa sede de todos los Estados cuya lengua oficial es el español.
CARTA AL SANTO PADRE
Reverendo Santo Padre:
Espero que se encuentre bien de salud y que tenga una feliz y provechosa estancia en España.
Le escribo en nombre de Alianza por el Español, aprovechando su condición de hispanohablante, y agradeciéndole de antemano sus esfuerzos para situar al español como tercera lengua del Vaticano, al menos en sus intervenciones. Pero consideramos que dicho esfuerzo debería normalizarse en otras áreas, y concretarse en normas y criterios que lo consoliden como una práctica estable y no condicionada al perfil cultural-lingüístico de quien coyunturalmente pueda ocupar la cátedra del Obispo de Roma.
En este sentido, quisiera llamar su atención sobre una cuestión que afecta a la debida consideración de la comunidad de católicos más numerosa del mundo ─la hispánica─, debido al inapropiado lugar que ocupa la lengua española en diversas actuaciones dentro del Vaticano. Causa en efecto sorpresa que, en la prelación de idiomas oficiales hoy en la Santa Sede, después del italiano vaya con una notable frecuencia el francés, y el español —la lengua de la comunidad católica más numerosa—ocupe sólo el quinto lugar, tras el inglés y alemán, de países de mayoría protestante. Así, por ejemplo, sucede a menudo que cuando se lee un mensaje se hace en italiano, pero a continuación se ofrecen resúmenes en varios idiomas, apareciendo la versión en español tras la francesa, la inglesa y la alemana.
Resultan difíciles comprender los criterios que justifican ese orden de preferencia, máxime dentro de una Iglesia que debe tanto a la Comunidad hispánica, que cuenta con la pluma y la reflexión profunda de tantos escritores, poetas, pensadores, santos, doctores de la Iglesia (desde santa Teresa a Juan de la Cruz) y teólogos, no solo en el Concilio clave de Trento sino desde antes y después. No hay más que recordar que se debe a los neoescolásticos de Salamanca la visión moderna de un adecuado equilibrio entre fe y razón bajo la fórmula “credo ut intelligas”, hoy lamentablemente mayormente olvidado.
No puede desconocerse la relevancia de que esta tierra acogiera la primera aparición mariana tanto en Europa (Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza ante el apóstol Santiago, en el 40 d.C, a orillas del río Ebro) como en América (la Virgen de Guadalupe ante el indígena chimicheca Juan Diego en 1531 a las faldas del cerro de Tepeyac). Tampoco la singular aportación de las órdenes religiosas (entre otras muchas, dominicos, jesuitas o carmelitas descalzos) y movimientos (Opus Dei, Legionarios de Cristo o camino catecumenal) a extender la influencia del catolicismo en el mundo y generar vocaciones. Ni es de extrañar que el mayor número de santos y beatos tenga lugar en el mundo hispano, destacando a este respecto singularmente el caso de España.
No puede ignorarse que, históricamente, no podría haber habido expansión del catolicismo sin la conexión de los dos hemisferios y la circunnavegación de la Tierra protagonizada por los hispanos. La vinculación de los reyes hispánicos con la Iglesia hunde sus raíces en la Alta Edad Media, y los monarcas que impulsaron la conexión con el Nuevo Mundo americano, Isabel y Fernando, fueron, consecuentemente, nombrados “Católicos” por el Papa Alejandro VI en 1496, con una connotación tanto religiosa como de sentido universalista.
Si Carlos I de España y V del Sacro Imperio no hubiera decidido defender al Papado en lugar de hacerse protestante o crear una Iglesia independiente, la Iglesia Católica habría corrido el serio peligro de desaparecer. Fueron otros los que se opusieron a la “Universitas Christiana”, esos precisamente cuyas lenguas hoy preceden al español.
Sin la aportación de los teólogos españoles y la Escuela de Salamanca al Concilio de Trento, ésta no se hubiera recuperado del ataque protestante-anglicano, o lo hubiera hecho con notable mayor desgaste. Y sin su obra evangelizadora en América y Asia, a costa del sacrificio de clérigos como San Francisco Javier, la Iglesia no tendría la relevancia doctrinal, espacial y geopolítica que hoy tiene.
Por ello, a nivel diplomático, no es de extrañar que la Embajada permanente más antigua del mundo sea la de España frente al Vaticano (1480), con el primer embajador Gonzalo de Beteta. Algo lógico pues España fue también el primer país en establecer un embajador fijo ante la corte inglesa (1494). Por no hablar de las misiones diplomáticas a tierras lejanas como la de Samarcanda de Ruiz González de Clavijo (1403) o en China enviada desde Filipinas con los padres agustinos, Martín de Rada y Jerónimo Marín. (1575) o cuando se unió a Roma para establecer las primeras relaciones estables con Japón (1613 y 1620).
En este contexto, cabe recordar que cuando el emperador Carlos, hace casi cinco siglos (17 de abril de 1536) dijo en Roma, en respuesta a las quejas del embajador francés, «Señor Obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana», ningún hispano, peninsular, criollo, mestizo o indígena se molestó ni ofendió por tan estratégicas palabras. Por eso resulta lógico que S.M Felipe VI, en su prólogo al Informe “Geopolítica del español” coordinado por la Real Academia Española y el Instituto Español de Estudios Estratégicos, señale que estamos ante: “Una lengua que ha desbordado ─reuniéndolos─ orígenes y nacionalidades, convirtiéndose en una identidad en sí misma. No una entidad excluyente, ni incompatibles con otras, no reñida con el particularismo o con la diversidad, pues nunca puede estarlo aquello que nos permite expresarnos, comunicarnos, elaborar pensamiento y belleza, crear cultura”.
A nivel pastoral, conoce bien S.S que el español es la segunda lengua materna del mundo más importante y la más relevante del marco cultural romance-latino, algo que cabe destacar cuando el latín ha perdido la fuerza de antaño, salvo en algunas partes de la liturgia, y ya no aparece como lengua de los documentos curiales. Pero tal vez lo más reseñable sea que la Comunidad Hispánica constituye hoy en torno al 40 % de los católicos mostrando incluso una renacida vitalidad en algunos países, como EE. UU., precisamente la patria natal de S.S, donde los hispanos ya constituyen el segundo bloque lingüístico con cerca de sesenta millones de almas, recuperando así un peso originario que se había perdido. Si lo unimos con el mundo lusófono, aprovechando la fácil y mutua intercomprensión de esas dos lenguas de procedencia ibérica, estaríamos hablando de prácticamente el 60% de los feligreses de la Iglesia de Roma.
Sin embargo, en lugar de dar prioridad al peso demográfico de cada comunidad lingüística que es lo que requiere un enfoque evangélico y pastoral, la prelación oficial idiomática vaticana privilegiaría a los católicos italianófonos ─que representan un 5 % del total─, a los de lengua alemana (2-3 %) o a los de lengua francesa ─que supondrían en torno al 10-12 % del total─ a pesar de que, desde 1682 con la “Declaratio cleri gallicani”, optaron por el galicanismo que básicamente viene a decir: “primero Francia y luego, si eso, Roma”. Por no hablar del inglés, idioma mayoritario en la esfera protestante. Incluso el tagalo ─idioma de 83 millones de filipinos católicos, gracias a España─ tendría más relevancia que alguno de ellos.
Pero la doble naturaleza lingüístico cultural que atesora el Santo Padre actual nos permite reunir esperanzas de que esta situación pueda cambiar en un futuro próximo o que al menos el Vaticano ofrezca una explicación rigurosa de los criterios objetivos ─y no potencialmente sesgados o interesados─ que hipotéticamente pudiera respaldar el actual criterio, y ello por una simple cuestión de verdad y justicia.
Reciba, Santo Padre, mis mejores deseos para su pontificado y la labor pastoral que está llevando a cabo.
Fdo.
Gloria Lago / Asociación Hablamos Español
ACERCA DEL CORRESPONSAL
JAVIER PERTIERRA
Javier Antón Pertierra, un destacado jurista y comunicador español con una trayectoria diversificada:
Periodismo y Comunicación: Es el Director para la Unión Europea de Prensa Mercosur y presentador del podcast "Enlace Iberoamericano", donde analiza temas de actualidad internacional, tecnología (como IA y Blockchain) y política.
Perfil Jurídico: Es abogado especialista en Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs) y asesor jurídico.
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