
¿Cuándo fue la última vez que sentiste el impulso de hacer algo nuevo y atrevido por Jesús, pero luego miraste a tu alrededor, pensaste en lo raro que podrías parecer y dejaste que ese deseo se desvaneciera?
A veces, el impulso es relativamente pequeño: arrodillarte en un culto colectivo. Plantear una pregunta profunda en una conversación superficial. Detenerte a hablar con un desconocido.
Otras veces, quizá te sientas impulsado a algo más audaz: iniciar un estudio bíblico en tu vecindario. Dar acogimiento familiar a unos cuantos niños. Reunir a algunos hermanos e intentar predicar en la calle.
Te sientes impulsado, motivado. El llamado empieza a parecer una cuestión de obediencia. Llegas justo al umbral de la acción. Pero entonces miras a tu alrededor y no ves a nadie más que conozcas siguiendo a Jesús de esa manera. Por eso, tú tampoco lo haces.
Sé lo que se siente. Me pregunto si Jesús nos diría a ti y a mí en estos momentos lo que una vez le dijo a Pedro: «¿a ti, qué? Tú, sígueme» (Jn 21:22). Tú, sígueme: Aprovecha los dones que Él te ha dado, las oportunidades que tienes ante ti, las cargas que se te han impuesto, y no te preocupes tanto por lo que hacen los demás o por lo que puedan pensar. En cambio, fija tu mirada en Jesús y síguelo con toda la fidelidad que puedas.
“Tú, sígueme”
Esas dos sencillas palabras —«Tú, sígueme»— nos recuerdan que los cristianos somos a la vez notablemente similares entre nosotros y también sorprendentemente diferentes.
«Tú, sígueme», nos dice Jesús a todos. Fijamos nuestra mirada en el mismo Jesús, el mismo Señor, que nos está transformando a Su imagen (Ro 8:29). Seamos quienes seamos, vengamos de donde vengamos, todos queremos parecernos a Él tanto como podamos.
Pero cuando Jesús dice: «Tú, sígueme», se refiere realmente a ti: a ti con tu personalidad distintiva, tu trayectoria única, tus dones particulares, tus ambiciones específicas y tus circunstancias concretas. El llamado se dirige a padres y madres, solteros y casados, maestros, ingenieros y artistas, a quienes han crecido en la iglesia y a quienes han crecido en el mundo, con toda la fantástica variedad que la imagen de Dios puede abarcar.
Dado que Jesús nos llama a seguirlo a Él, podemos aprender mucho de quienes llevan más tiempo en el camino; debemos imitar a quienes imitan a Cristo (1 Co 11:1). Pero debido a que Jesús nos llama a nosotros a seguirlo, nuestro seguimiento a veces se apartará del de los demás y puede incluso parecer extraño a algunos de ellos. Pedro no irá a todos los lugares a los que va Juan; Juan no hará todo lo que hace Pedro. Tanto el ojo como el oído tienen su lugar.
En las iglesias sanas, los cristianos aprenden mucho unos de otros, pero mantienen su primer y mejor enfoque en el propio Jesús. Recuerdan que Jesús puede pedirles que vayan donde otros no van, que digan lo que otros no dicen, que intenten lo que otros no intentan. Siguen apoyándose en su comunidad para discernir la sabiduría de su camino, pero mantienen la mirada fija en Aquel que a menudo guía a Su pueblo en direcciones diferentes. Se mantienen abiertos a las sorpresas.
Deja que tu obediencia sea definida por el Señor que está delante de ti, no por los discípulos que están a tu lado
Cuando, como Pedro, su atención se desvía sutilmente de Cristo hacia Su pueblo y preguntan: «Señor, ¿y este, qué?», Jesús les devuelve la mirada: «¿a ti, qué? Tú, sígueme» (Jn 21:21-22).
Insípidamente predecible
Ahora bien, la situación de Pedro no era exactamente como la nuestra. No dudó en obedecer porque temiera la opinión de los demás (por lo que sabemos). Pero sí miró el camino que Jesús le había trazado —el pastorado seguido del martirio (Jn 21:15-19)— y de inmediato apartó la mirada de Jesús para fijarla en Juan. ¿Y él? Esperó a seguir adelante hasta saber cómo se comparaba su llamado con el de su hermano. La respuesta de Jesús nos da un principio perdurable: Deja que tu obediencia sea definida por el Señor que está delante de ti, no por los discípulos que están a tu lado.
Por supuesto, algunos cristianos no necesitan mucho estímulo para diferenciarse de la multitud. Ya gritan «¡Amén!» cuando nadie más lo hace y no dudan en seguir su propio camino. Son los hijos espirituales de Juan el Bautista, tan llamativos como un manto de pelo de camello. En todo caso, harían bien en pedir más consejo antes de actuar.
Probablemente, muchos más de nosotros nos encontramos al otro lado del río. Encajamos demasiado bien. Damos una imagen monótona día tras día. Seguimos a Jesús solo cuando vemos que otros lo hacen, solo de formas que no llamen la atención. Nos hemos vuelto insípidos y predecibles, de una manera poco cristiana.
Aquellos que escuchan y hacen caso a «tú, sígueme» acabarán, con el tiempo, asumiendo nuevos riesgos y emprendiendo nuevas aventuras, sin importar cuál sea su personalidad. Pablo y Bernabé zarparán hacia nuevas tierras. Marcos escribirá el primer evangelio. Los pastores fundarán iglesias en lugares difíciles. Los tímidos por naturaleza pronunciarán palabras valientes. Los impetuosos de nacimiento atenderán a los discapacitados.
Pero esa obediencia aventurera solo se dará si «tú, sígueme» tiene más peso que lo que hacen los demás o lo que puedan pensar. ¿Cuántas ideas hermosas descartamos demasiado pronto porque parecen demasiado audaces? ¿Cuántas veces muere una buena obra porque miramos demasiado a las personas que nos rodean y muy poco al Señor que va delante de nosotros? ¿Cuántas veces hemos dejado que las opiniones de los no creyentes, o incluso de otros cristianos, nos roben la sal de nuestras vidas?
No estoy sugiriendo que empieces a juzgar a tus hermanos como desobedientes mientras te embarcas en la verdadera vida cristiana. El hecho de que tú adoptes a un niño o hagas evangelismo puerta a puerta no significa que ellos deban hacerlo. Puede que estén siguiendo a Jesús exactamente como Él quiere que lo hagan. Solo te sugiero que no dejes que sus buenas obras marquen los límites de las tuyas. ¿Y si Él quiere que hagas algo nuevo en tu comunidad?
Sigue las historias
Qué triste sería la historia de la iglesia si el pueblo de Dios siempre hubiera limitado su obediencia a lo que podía ver. Pablo habría guardado silencio ante la hipocresía de Pedro. El evangelio se habría quedado entre los judíos. Agustín nunca habría escrito sus Confesiones. Lutero habría seguido siendo monje. Wilberforce habría pasado por alto la esclavitud. Whitefield y los Wesley solo habrían alzado la voz en sus casas.
Además, qué historia tan triste contarían nuestras propias vidas. ¿Y si la persona que te habló de Jesús no hubiera escuchado cuando él le dijo: «tú, sígueme»? ¿Y si aquellos que más te hacen crecer se quedaran callados en lugar de reprenderte, corregirte y perseverar contigo? Los hermanos a quienes tanto admiramos, aquellos que hablan, evangelizan, cantan y oran de maneras que nos sacuden, nos conmueven y nos hacen anhelar ser como Cristo, ¿no son ellos los que escuchan el «tú, sígueme» y obedecen?
Es mejor hundirse caminando sobre las olas que quedarse sentado en la barca
Lo mismo ocurre con nuestra propia historia de obediencia. ¿No han llegado muchos de los mejores momentos de nuestra alma al otro lado del riesgo? Nos aterrorizaba la idea de tener una conversación difícil, pero luego hablamos, ¡y qué bien salió! Calculamos el costo y nos unimos a una iglesia nueva de todos modos, ¡y qué contentos estamos de haberlo hecho! Incluso cuando nuestros intentos de seguirle con valentía nos hacen caer de bruces, ¿no seguimos estando a menudo agradecidos por cómo Dios nos moldea en la caída? Es mejor hundirse caminando sobre las olas que quedarse sentado en la barca.
Siguiendo el primer paso
Si seguir a Jesús con tanta libertad, con tanta valentía, te resulta antinatural (como a mí), recuerda que ya lo has seguido de esta manera. Todo nuestro seguimiento diario es, en cierto sentido, una continuación del primer paso que dimos.
¿Recuerdas lo que pasó cuando Jesús te llamó por primera vez? Allí estabas, quizá en la escuela secundaria o en la universidad, tal vez como padre joven o con los hijos ya fuera de casa. Vivías en medio de la multitud. Pero entonces oíste la voz de Jesús en Su Palabra diciendo: «tú, sígueme».
Al levantar la vista, probablemente viste a algunas personas que conocías que lo seguían, pero viste a muchas más —familiares, amigos, compañeros de clase, vecinos, compañeros de trabajo— que no lo seguían. Eras un Nicodemo entre fariseos, un buscador rodeado de incredulidad. Pero no podías sacarte de la cabeza la voz que habías oído. Su llamado era demasiado atrayente, Su gloria demasiado irresistible. Así que volviste a mirar a la multitud y dijiste: «¿Qué me importa eso? Yo lo seguiré».
Hoy, a menudo te encuentras en compañía de quienes también lo siguen. Pero incluso ahora, el Señor que te llamó por tu nombre sigue siendo tu primera lealtad. A veces, te llevará a decir cosas, a hacer cosas, a arriesgarte de formas que sorprenderán incluso a los cristianos que te rodean.
Pero, aunque por un momento te encuentres desfasado de tus hermanos, no estarás fuera de sintonía con tu Señor. Porque dondequiera que te llame a seguirle, allí está Él.
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Scott Hubbard
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/corre-riesgo-por-jesus/
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