
Recuerdo a mi madre en las mañanas. El sol apenas comenzaba a asomarse, y ella ya estaba de pie, recorriendo cada rincón de la casa donde habitaban sus plantas. No era solo un acto mecánico. Era casi un ritual.
Las regaba con delicadeza.
Les hablaba.
A veces les cantaba.
Y yo, siendo niña, la observaba con curiosidad.
Había días en los que las felicitaba:
—“¡Mira qué hermosa estás hoy!” decía, mientras acariciaba suavemente una hoja brillante.
Pero también había momentos en los que, con tono firme, les llamaba la atención:
—“¿Qué te pasó? Te estás descuidando…”
En ese entonces no entendía del todo.
Hoy, la vida me ha enseñado que mi madre no solo cuidaba plantas…
estaba encarnando una de las verdades más profundas del crecimiento humano.
Cada persona es una plantica.
Así como esas plantas, nosotros también necesitamos cuidado constante.
No basta con existir. No basta con sobrevivir.
Necesitamos ser regados emocionalmente, nutridos mentalmente y sostenidos espiritualmente.
Porque, al igual que una planta:
Si no recibimos agua, nos marchitamos.
Si no hay luz, dejamos de crecer.
Si no hay cuidado, perdemos nuestra esencia.
Pero hay algo aún más poderoso…
Las palabras.
El lenguaje interno: nuestra voz que nutre o marchita.
Mi madre hablaba con sus plantas.
Y aunque muchos podrían pensar que era un gesto simbólico o sin impacto, la ciencia y la experiencia emocional nos dicen otra cosa: la energía que emitimos transforma.
Y esto aplica, sobre todo, hacia nosotros mismos.
¿Cuántas veces te hablas con dureza?
¿Cuántas veces te juzgas por no estar “floreciendo” al ritmo que esperas?
Nos hemos acostumbrado a exigirnos sin acompañarnos.
Pero la verdadera transformación comienza con (la metanoia), comienza cuando cambiamos la forma en la que nos hablamos.
Metanoia no es solo un cambio de pensamiento.
Es un cambio de dirección interna.
Es reeducar nuestra mente y nuestro corazón.
Regarnos también es llamarnos la atención.
Cuidarse no siempre es suave.
Así como mi madre regañaba a sus plantas cuando algo no iba bien, nosotros también necesitamos confrontarnos… pero desde el amor.
No desde el castigo.
No desde la culpa.
Sino desde la conciencia.
Decirnos:
“Esto no te hace bien.”
“Aquí te estás descuidando.”
“Puedes hacerlo mejor.”
Eso también es amor propio.
Porque el crecimiento real no solo se da en la ternura,
sino también en la verdad.
Y también necesitamos felicitarnos cuando florecemos.
Nos cuesta celebrarnos.
Minimizamos nuestros logros.
Normalizamos nuestras batallas ganadas.
Pero cada hoja nueva, cada pequeño avance, cada día en el que decidimos seguir… merece ser reconocido. Así como una planta florece después de un proceso invisible bajo la tierra, nosotros también estamos creciendo incluso cuando no lo vemos.
Y en esos momentos, necesitamos decirnos:
“Lo estás haciendo bien.”
“Mira cuánto has avanzado.”
“Gracias por no rendirte.”
El jardín interno que estamos cultivando
Hoy entiendo que todos llevamos un jardín dentro.
Hay partes que están verdes y llenas de vida.
Otras que necesitan poda.
Y algunas que, con el cuidado adecuado, volverán a florecer.
La pregunta no es si somos fuertes o débiles.
La pregunta es:
¿Cómo nos estamos cuidando?
¿Nos estamos regando con palabras de amor…
o nos estamos marchitando con pensamientos de juicio?
Quizás hoy no necesitas hacer algo extraordinario. Quizás hoy solo necesitas detenerte un momento… y hablarte como mi madre le hablaba a sus plantas.
Con amor.
Con firmeza.
Con esperanza.
Porque al final del día,
no somos muy distintos a esas pequeñas vidas verdes que crecen en silencio.
También necesitamos agua.
También necesitamos luz.
También necesitamos palabras que nos recuerden que estamos vivos… y que aún podemos florecer.
¿Por qué te abates, oh alma mía, ¿Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío salmo 42:11 (RVR)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
