
Durante catorce años, mi esposa Katherine y yo caminamos con un anhelo profundo de ser padres. Al poco tiempo de casarnos, visitamos al médico y comenzaron a llegar diagnósticos que fueron cargando nuestro corazón poco a poco. Así, con el paso de los años, se fue apagando ese deseo que siempre habíamos tenido de formar una familia y criar hijos para la gloria del Señor.
La Escritura dice que los hijos son una bendición, una herencia preciosa que proviene de Dios (Sal 127:3). Sin embargo, cada visita médica parecía decirnos que para nosotros sería imposible disfrutar de esa herencia.
Durante todo este tiempo, nuestras oraciones —muchas de ellas bañadas en lágrimas— no recibieron el «sí» que tanto esperábamos. Al contrario, los tratamientos, los procedimientos y los cuidados parecían no mejorar la situación, sino complicarla aún más.
El llamado bíblico no es a ignorar el dolor, sino a mirar a Cristo con mayor intensidad en medio del dolor
Llegué a preguntarme muchas veces: ¿Sirvió de algo cada tratamiento recomendado? ¿Sirvió de algo cada gasto, cada esfuerzo, cada momento de esperanza?
El último año fue el más oscuro. Todas las puertas se cerraron y nos dijeron que ya no quedaba ninguna alternativa. Pero fue justamente allí, cuando el silencio parecía definitivo, que Dios nos concedió un «sí» de una manera completamente inesperada, después de catorce años.
Mientras tengo en mis brazos a nuestra hija, celebramos la fidelidad de Dios incluso en aquellos años en que los brazos estuvieron vacíos y el silencio parecía interminable. Por eso quiero compartir, de manera honesta, catorce lecciones que aprendimos en catorce años de infertilidad. Aprendimos muchas más, pero estas son algunas de las verdades con las que Dios más nos transformó desde el dolor, la espera y la gracia.
1. Dios está presente en medio del quebranto.
La Palabra dice: «Cercano está el SEÑOR a los quebrantados de corazón, / Y salva a los abatidos de espíritu» (Sal 34:18).
A veces pensamos que a Dios le incomoda nuestro dolor o que el quebranto es sinónimo de falta de fe, pero Él no es ajeno a nuestras lágrimas ni indiferente a nuestro sufrimiento. El mismo Dios que, en Su sabiduría, permite un tiempo de espera es quien, en Su ternura, sostiene a los quebrantados.
Durante el tiempo de infertilidad aprendimos a acercarnos a Él no cuando nuestras emociones eran fuertes, sino cuando estaban débiles y agotadas. Fue allí donde pudimos sentir que Su verdad y Su poder nos sostenían.
2. El Dios que nos salvó camina con nosotros en el dolor.
Nuestro Dios no solo está presente, sino que también camina junto a Sus hijos. Esto lo aprendimos en el proceso de altibajos que atravesamos en medio de esa temporada de quebranto. Su compañía se volvió un regalo precioso durante los catorce años de prueba. Nuestro buen Dios caminaba con nosotros y nos daba fuerzas para seguir avanzando.
Este tiempo me hizo reflexionar en que el mismo Dios que nos justificó por la sangre de Su Hijo no se desentiende cuando la vida se vuelve incomprensible. Él no solo salva del pecado; también nos acompaña en medio de las diversas situaciones que experimentamos durante la vida, aunque muchas veces es especialmente evidente en el quebranto: los tiempos de confusión, de espera, de incertidumbre y de duda. En todos estos momentos Él está sosteniéndonos cuando no vemos respuestas y guiándonos cuando el camino parece incierto.
Si estás atravesando un proceso de infertilidad, recuerda que no estás caminando en soledad; Dios te acompaña en cada etapa.
3. Dios sigue siendo bueno incluso sin darnos respuestas.
Esperar nos enseñó que Dios sigue siendo bueno con los Suyos, aun cuando nuestras oraciones no recibían la respuesta que esperábamos. Podíamos confiar no porque entendiéramos toda Su voluntad, sino porque Su carácter no cambia con nuestros resultados médicos.
Alguien una vez me dijo algo que nunca olvidé: Dios es bueno antes de la prueba, durante la prueba y después de la prueba. No aprendimos esto en libros, sino en medio de lágrimas.
Si vamos a medir el amor de Dios, que no sea por cómo mejoran nuestras circunstancias, sino por quién es Él y lo que ha hecho por nosotros en Cristo.
4. Es sabio evitar el autoenfoque y poner la mirada en Cristo.
El autor de Hebreos nos exhorta a correr la carrera «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (He 12:2). En el proceso de espera, aprendimos a no poner el enfoque en nosotros y poner nuestra mirada en Cristo.
Negar el dolor no glorifica a Dios, pero depender de Su gracia sí
El orgullo tiene dos caras: por un lado, está esa forma de orgullo que busca recibir el aplauso y la atención por mis talentos, mis victorias y por lo que poseo en general. Pero la otra cara del orgullo es la autocompasión, que busca recibir atención y aplausos por mis derrotas y por lo mucho que sufro.
La segunda de estas caras del orgullo fue una tentación en varias ocasiones para mi esposa y para mí. Pero el Señor nos enseñó que la única forma de mortificar este pecado era enfocarnos en Cristo y no en nosotros.
El llamado bíblico no es a ignorar el dolor, sino a mirar a Cristo con mayor intensidad en medio del dolor de nuestras pérdidas y derrotas.
5. Podemos lamentarnos delante de Dios sin fingir fortaleza.
Dios usó la temporada de infertilidad para que aprendiéramos a lamentarnos delante de Él sin fingir fortaleza espiritual. El Señor nos enseñó que Su poder se perfecciona en medio de la debilidad (2 Co 12:9).
Durante años fingimos fortaleza espiritual cuando Dios nos estaba invitando a la honestidad. Sin embargo, con el tiempo aprendimos que negar el dolor no glorifica a Dios, pero depender de Su gracia sí.
La gracia de Dios no se disfruta fingiendo fuerza, sino reconociendo necesidad.
6. Es mejor caminar hombro con hombro, no luchar cara a cara.
La infertilidad no solo prueba la fe individual, también prueba la unidad matrimonial. Aprendimos que no se lucha cara a cara buscando culpables, sino hombro con hombro mirando al mismo Dios.
No éramos enemigos. Éramos dos corazones heridos aprendiendo a confiar juntos.
7. A veces, el silencio ayuda más que las explicaciones.
También aprendimos que, en el dolor, a veces se ayuda más estando en silencio que intentando dar explicaciones rápidas. Muchas personas con buenas intenciones se acercaron con interpretaciones seguras de lo que Dios estaba haciendo, pero no siempre obteníamos la claridad que nos deseaban transmitir.
Durante el tiempo de prueba aprendimos que no toda esperanza es bíblica, y que el consuelo supremo no nace de explicaciones humanas, sino de la presencia fiel de Dios.
8. La presencia puede valer más que las muchas palabras.
En esa misma línea, aprendimos a valorar más la presencia que los discursos largos. Recuerdo matrimonios que estuvieron allí, con oraciones breves, abrazos sinceros y palabras simples como: «Estamos con ustedes».
Hubo abrazos que predicaron mejor que sermones. Oraciones cortas que sostuvieron más que largas explicaciones. No digo esto porque la Palabra de Dios no fuese útil en ese momento —la Palabra de Dios siempre es una bendición—, pero a veces solo es necesario llorar con el que llora (Ro 12:15).
9. Necesitamos más la voz de Dios que la de cualquier doctor.
Muchas veces nuestra esperanza estaba en la próxima cita médica, en algo optimista que pudiera decir el doctor con respecto a nuestra situación. Pero Dios nos enseñó que lo que necesitábamos en ese momento era Su Palabra y Sus promesas. Lo que más necesitábamos era conocerlo a Él.
Cuando la esperanza terrenal se agota, la voz de Dios sigue siendo dulce, suficiente y viva. Así que no desestimes la Palabra de Dios en medio de tu proceso de infertilidad. Me atrevo a decir qué es lo que más necesitas: pasar más tiempo a los pies de Jesús, escuchar Su voz y fortalecerte en Él.
10. Nuestro cónyuge es un regalo valioso en el dolor.
En medio de este proceso también aprendimos lo valioso que es nuestro cónyuge en medio del proceso del dolor. Debo confesar que no fui el más fuerte. Mi esposa jugó un papel importante en animarme y recordar las promesas de Dios en los días difíciles.
Cuando la esperanza terrenal se agota, la voz de Dios sigue siendo dulce, suficiente y viva
Los cónyuges pueden ser un maravilloso regalo de Dios en medio del dolor. Aunque la presencia de Dios es valiosa y poderosa, nuestro buen Dios también nos regala esa persona a nuestro lado para alentarnos y recordarnos que Cristo es mejor, que vale la pena seguir confiando y que nuestro Dios es digno de nuestra alabanza y adoración aun en medio de la tribulación.
11. Dios no desperdicia temporadas estériles.
Dios usa las temporadas estériles para formar, revelar, afirmar y madurar la fe. Nada fue en vano. Dios usó esos años para exponer ídolos, purificar afectos y enseñarnos que la seguridad no se encuentra en cumplir sueños, sino en habitar en Él. En esta lucha aprendimos a no buscar plenitud en un hijo, sino en el Hijo de Dios.
12. La envidia y los celos son peligrosos.
Otra cosa que aprendimos en medio de estos catorce años de infertilidad es que el pecado de la envidia y los celos pueden atrapar nuestro corazón en los días difíciles. En algunas ocasiones, cuando escuchaba que otros recibían lo que yo anhelaba profundamente, mi corazón se llenaba de envidia. Quería eso, anhelaba esa felicidad de tener un hijo en los brazos.
Sin embargo, el Espíritu Santo me mostraba que esas emociones que abrigaba en mi corazón no estaban bien y que debía confesar la amargura y la envidia antes de que se convirtieran en algo peor: «Cuídense de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados» (He 12:15).
La envidia, la amargura y los celos no son sentimientos inofensivos. Hacen mucho daño y nos llevan a vivir una vida distante de la preciosa y poderosa gracia de Dios.
13. Siguen habiendo motivos para agradecer.
Por otro lado, aprendimos el precioso regalo de la gratitud. El apóstol Pablo escribe que cuando nuestros corazones están llenos de ansiedad, Dios promete un regalo poderoso para nosotros: la paz. Esta solo la recibimos cuando vamos a nuestro Dios con oración y acción de gracias (Fil 4:6-7).
Aprendimos a dar gracias por el dolor. No por el dolor en sí, sino por lo que este estaba produciendo en nuestras vidas y cómo nos estaba acercando a Cristo y a Sus promesas.
La gratitud se convirtió en un antídoto contra la queja y un ancla para la fe.
14. La lucha no termina cuando llega la respuesta.
Hay muchas cosas que el Señor definitivamente nos enseñó y que reveló de nuestro propio corazón en estos catorce años de infertilidad. Cuando al final de los catorce años supimos que estábamos esperando un bebé fue de gran gozo, sin embargo, al poco tiempo aprendimos que hay nuevos desafíos. Ahora que tengo a mi bebé en brazos, puedo confirmar que la lucha contra mi debilidad y pecado no ha terminado.
El problema nunca fue solo la ausencia de un hijo. Fue —y sigue siendo— la presencia de un corazón propenso a la debilidad, que necesita aprender a atesorar a Cristo por encima de todas las cosas.
Para ti que aún esperas
Para ti, que sigues esperando y llorando en secreto, quiero decirte que no fuiste olvidado, no estás solo, Dios está cercano a los quebrantados de corazón. También te recuerdo que tu valor no depende de tus circunstancias o logros, sino de Cristo.
No te ofrezco falsas promesas, no te aseguro que llegará aquello que tanto anhelas. Pero sí puedo decirte que en medio de la ausencia, Cristo es más que suficiente para sostener tu alma.
El Dios que en Su sabiduría permitió la espera es el mismo que en Su ternura consuela tus lágrimas. Abraza tu vulnerabilidad, recuerda que Cristo no vino por los fuertes, sino por los quebrantados, y que Su poder se perfecciona en medio de tus debilidades.
Plinio Orozco
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/verdades-aprender-infertilidad/
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