
El académico Eduardo Almeida Acosta, uno de los principales impulsores de la psicología social comunitaria en México y defensor de los derechos de los pueblos indígenas de la Sierra Norte de Puebla, falleció, según confirmaron este sábado familiares y personas cercanas al investigador. Su trayectoria, de más de cinco décadas, estuvo marcada por el trabajo directo con comunidades nahuas, la construcción de procesos de organización popular y una propuesta intelectual que vinculó la investigación universitaria con la transformación de las condiciones sociales.
Profesor e investigador de la Universidad Iberoamericana Puebla, Almeida Acosta fue reconocido internacionalmente por sus aportaciones a la psicología comunitaria, una disciplina desde la que cuestionó las explicaciones individualistas de los problemas humanos y planteó la necesidad de comprender a las personas a partir de sus relaciones sociales, sus condiciones materiales de vida y los procesos históricos de sus comunidades.
Su trabajo tuvo uno de sus principales escenarios en San Miguel Tzinacapan, junta auxiliar del municipio de Cuetzalan, donde vivió durante 13 años junto con su familia y participó en experiencias de educación popular, fortalecimiento de la organización comunitaria, defensa de los derechos humanos y reconocimiento de los saberes indígenas.
En 2005 recibió el Premio Humanitario Internacional de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), distinción que, de acuerdo con la Ibero Puebla, lo convirtió en el primer mexicano en obtener ese reconocimiento. Ese mismo año fue distinguido con el Premio Nacional de Investigación en Psicología y, en 2007, recibió el Premio Estatal de Ciencia y Tecnología de Puebla.
Trece años de vida y trabajo con comunidades nahuas
Originario de Torreón, Coahuila, Eduardo Almeida Acosta comenzó su formación como normalista y posteriormente estudió Psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Obtuvo el doctorado en Psicología Social y Personalidad en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, en 1976, institución donde también realizó estudios posdoctorales con una beca Fulbright.
Sin embargo, una parte central de su trabajo intelectual no se desarrolló en las aulas universitarias, sino en las comunidades indígenas de Puebla.
A partir de 1977 se estableció en San Miguel Tzinacapan, donde participó en un proceso de organización y transformación social que había comenzado años antes, en 1973, con la participación de pobladores y promotores comunitarios.
Esa experiencia estuvo vinculada al Proyecto de Animación y Desarrollo (PRADE), organización desde la cual se impulsaron iniciativas de educación, investigación, participación social y fortalecimiento de las capacidades de las comunidades para tomar decisiones sobre su propio desarrollo.
Almeida no limitó su presencia en la región a la observación académica. Su trabajo se desarrolló mediante la convivencia cotidiana con los habitantes, la colaboración en proyectos educativos y la participación en iniciativas destinadas a mejorar las condiciones de vida y fortalecer las formas de organización local.
Entre las experiencias que documentó se encuentran los trabajos comunitarios relacionados con el abastecimiento de agua, la educación de niñas, niños y jóvenes, así como los procesos de participación social y preservación cultural.
Una de las aportaciones más importantes de este periodo ocurrió en 1989, cuando participó, junto con campesinos y promotores sociales, en la fundación de la Comisión Takachiualis, organización dedicada a la defensa de los derechos humanos en la Sierra Norte.
Su intervención se desarrolló en un contexto regional marcado por desigualdades económicas, relaciones de subordinación y conflictos relacionados con los derechos de los pueblos indígenas.
Almeida sostuvo que el trabajo con las comunidades no debía reducirlas a objetos de estudio ni convertirlas en receptoras pasivas de programas asistenciales. Por el contrario, defendió la construcción colectiva del conocimiento y el reconocimiento de las capacidades de organización, resistencia y autonomía de sus habitantes.
Esa experiencia transformó también su concepción de la psicología: la investigación académica debía aprender de los conocimientos comunitarios y contribuir a enfrentar las condiciones de exclusión que afectaban a amplios sectores de la población.
Una psicología comprometida con la dignidad y la transformación social
A lo largo de su trayectoria, Almeida Acosta defendió una perspectiva crítica de la psicología social, cercana a los movimientos de educación popular, las investigaciones interculturales y las luchas por el reconocimiento de los pueblos originarios.
Desde esa posición cuestionó la separación entre la producción del conocimiento científico y los problemas concretos de las comunidades.
En sus investigaciones insistió en que los procesos psicológicos debían comprenderse dentro de las relaciones sociales y culturales en que se desarrollan las personas, particularmente cuando enfrentan discriminación, pobreza, subordinación política o exclusión.
Su propuesta consideraba fundamentales la solidaridad, la participación comunitaria, las relaciones horizontales y la autonomía de los pueblos.
La experiencia de San Miguel Tzinacapan le permitió elaborar lo que describió como una psicología vinculada con la dignidad humana, la resistencia y la capacidad de las comunidades para construir alternativas frente a las desigualdades.
En 2013, durante el Primer Coloquio Internacional de Psicología Social Comunitaria en Nuestra América, realizado en la UNAM, presentó la conferencia La dignidad de los pueblos originarios, en la que reflexionó sobre los procesos históricos de despojo, la supervivencia cultural y las capacidades organizativas de los pueblos indígenas.
En ese encuentro, la Facultad de Psicología de la UNAM reconoció su condición de pionero de la psicología comunitaria en México.
Su obra también recuperó experiencias vinculadas con la formación de maestros rurales y distintas expresiones de organización social. En una reflexión autobiográfica publicada en 2022, el propio académico recordó que su trabajo lo llevó a participar en experiencias de solidaridad comunitaria y en algunas acciones relacionadas con la rebelión zapatista.
Su interés central fue construir puentes entre las instituciones académicas y las iniciativas sociales, sin desconocer las diferencias entre los saberes científicos y los conocimientos producidos por las propias comunidades.
Una trayectoria académica con reconocimiento internacional
Además de su trabajo territorial, Eduardo Almeida desarrolló una extensa carrera en la docencia y la investigación.
Fue profesor de Psicología Comunitaria en la UNAM, donde impartió clases entre 1979 y 1997, y en la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), institución en la que trabajó entre 1989 y 1997.
Posteriormente consolidó una larga trayectoria en la Universidad Iberoamericana Puebla, donde estuvo adscrito al Departamento de Ciencias de la Salud y desarrolló investigaciones sobre procesos comunitarios, interculturalidad y construcción de alternativas sociales.
Participó, además, en la creación de espacios académicos relacionados con la psicología social y las ciencias políticas, entre ellos el posgrado en Psicología Social de la BUAP y la licenciatura en Ciencias Políticas de la Ibero Puebla.
Fue integrante del Sistema Nacional de Investigadores, en el que alcanzó el nivel II.
Su trabajo trascendió las instituciones mexicanas y estableció vínculos con especialistas de distintos países interesados en las experiencias latinoamericanas de psicología comunitaria.
En 2010 organizó la Tercera Conferencia Internacional de Psicología Comunitaria, celebrada en la Ibero Puebla, que reunió a participantes de 40 países.
En 2017 recibió también un reconocimiento a su trayectoria por parte de la Sociedad Mexicana de Psicología.
Su producción académica incluyó libros, capítulos de obras colectivas y numerosos artículos científicos sobre psicología social, educación, participación ciudadana y procesos interculturales.
Sus investigaciones sobre la Sierra Norte
Una parte importante de su producción intelectual se desarrolló en colaboración con la socióloga María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera, con quien compartió investigaciones y experiencias de trabajo comunitario en San Miguel Tzinacapan.
Entre sus publicaciones destaca Las veredas de la incertidumbre. Relaciones interculturales y supervivencia digna, obra de 2005 en la que ambos investigadores analizaron el proceso de transformación social y las relaciones interculturales construidas durante décadas de trabajo en la Sierra Norte.
El libro contó con un prefacio del sociólogo francés Alain Touraine y fue publicado con la participación de diversas instituciones de educación superior.
Otra de sus contribuciones fue Conocimiento y acción en Tzinacapan, obra coordinada junto con Sánchez Díaz de Rivera en la que se reunieron conocimientos, experiencias y reflexiones producidas desde la propia comunidad. El trabajo fue traducido al francés y publicado en París en 2002.
En 2014 ambos investigadores publicaron Comunidad: interacción, conflicto y utopía, una reflexión sobre las formas de construcción del tejido social, las tensiones que atraviesan la vida comunitaria y las posibilidades de transformación colectiva.
También participó en la edición de International Community Psychology: Community Approaches to Contemporary Social Problems y otras publicaciones colectivas dedicadas al desarrollo de la psicología comunitaria en distintos países.
Estos trabajos permitieron llevar a espacios académicos nacionales e internacionales experiencias de organización social y producción de conocimientos surgidas en comunidades indígenas de Puebla.
La Ibero Puebla creó una cátedra con su nombre
En octubre de 2023, la Universidad Iberoamericana Puebla instituyó la Cátedra Eduardo Almeida, como reconocimiento a sus más de 50 años de aportaciones académicas y sociales.
El homenaje se realizó durante la clausura del XXIX Congreso Mexicano de Psicología y el II Congreso Latinoamericano de Psicología, celebrados en la universidad.
En aquella ceremonia recibió la Medalla al Mérito Universitario de la institución, además de un bastón de mando como reconocimiento a su trabajo con comunidades nahuas de San Miguel Tzinacapan.
Durante el acto, colegas, antiguos estudiantes y familiares destacaron una trayectoria que había unido la formación profesional con el acompañamiento de procesos comunitarios.
La académica Covadonga Cuétara Priede recordó una de las expresiones que Almeida acostumbraba repetir: “¿Quieres conocer algo? Intenta cambiarlo”, frase que sintetizaba su concepción de la investigación como una actividad inseparable de la participación social.
La Cátedra Eduardo Almeida tuvo su primera edición en octubre de 2025, con actividades destinadas a recuperar sus aportaciones a la psicología comunitaria latinoamericana y a reflexionar sobre las relaciones entre conocimiento, organización colectiva y justicia social.
En aquella ocasión, el rector de la universidad, Alejandro Guevara Sanginés, destacó la necesidad de una psicología que reconociera la influencia del entorno social en la vida de las personas y no se limitara a explicaciones exclusivamente individuales.
Las actividades también recuperaron la perspectiva de Almeida sobre el racismo, la exclusión de los conocimientos indígenas y la necesidad de construir relaciones de reconocimiento recíproco.
Su hijo, Eduardo José Almeida Sánchez Díaz, leyó una carta escrita por el investigador, en la que éste recordó que había dedicado una parte fundamental de su vida a cuidar y promover el conocimiento junto con las comunidades.
Con su fallecimiento, la Ibero Puebla pierde a uno de sus investigadores más reconocidos, mientras que la psicología comunitaria latinoamericana deja de contar con una de las figuras que contribuyeron a vincular esta disciplina con las luchas sociales y los procesos de organización de los pueblos indígenas.
Su trayectoria permanece asociada a una convicción que sostuvo durante décadas: el conocimiento académico adquiere sentido cuando contribuye a comprender y transformar las condiciones de vida de las comunidades, desde el reconocimiento de su dignidad y su capacidad de decidir sobre su propio futuro.
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