
Una lombriz de tierra común pasa buena parte de su vida tragando suelo y expulsándolo después, y ese gesto tan humilde lleva siglos moldeando paisajes. Charles Darwin le dedicó su último libro, publicado en 1881, y se pasó años midiendo cuánta tierra removían estos animales. Su conclusión, que entonces sorprendió a muchos, es que las lombrices, a base de constancia, son capaces de enterrar objetos y cambiar la fisonomía de un campo entero. Bajo la hierba que pisamos, el suelo fértil es una maquinaria en marcha desde hace millones de años.
Cuando cogemos un puñado de tierra fértil, lo que tenemos en la mano no es un material inerte. Es un ecosistema comprimido, con más habitantes de los que cabe contar.
Una población que no se ve
Los números más repetidos por los edafólogos son de los que cuesta digerir: en una cucharadita de suelo sano puede haber más microorganismos que personas en el planeta. No hace falta fiarse al milímetro de la cifra para captar la idea. Las bacterias y los hongos se cuentan por millones o miles de millones, y a su lado conviven protozoos, nematodos microscópicos, ácaros, colémbolos y otros diminutos artrópodos.
Cada grupo tiene su oficio. Las bacterias descomponen restos orgánicos sencillos y fijan nutrientes. Los hongos tejen una red de filamentos finísimos, el micelio, que se cuela entre los granos de tierra y los mantiene unidos como una malla. Los nematodos y los protozoos se alimentan de bacterias y, al hacerlo, liberan nitrógeno en formas que las plantas aprovechan. Es una cadena alimentaria completa, solo que a escala de milímetros.
¿Qué hace exactamente toda esa gente?
Reciclar. Una hoja caída en otoño no desaparece por arte de magia: pasa por las mandíbulas de pequeños invertebrados, que la trocean, y después por la acción de hongos y bacterias, que terminan de convertirla en humus, esa materia oscura y esponjosa que huele a bosque tras la lluvia. El humus retiene agua y nutrientes, y por eso un suelo rico aguanta mejor una temporada seca que uno agotado.
Hay un segundo trabajo menos conocido: construir estructura. Las lombrices excavan galerías que airean la tierra y permiten que el agua se infiltre en lugar de correr por la superficie. Los hongos y ciertas sustancias pegajosas que producen las bacterias agrupan las partículas en pequeños agregados, los grumos. Un suelo fértil con buenos grumos se desmenuza entre los dedos con facilidad; uno sin ellos se apelmaza como una galleta dura o se lo lleva el viento.
Y hay un tercer capítulo, el del carbono. Los suelos almacenan más carbono que toda la vegetación terrestre junta, según estimaciones habituales en la bibliografía científica. Buena parte de ese carbono procede de restos vegetales transformados por la vida del subsuelo.
Raíces y hongos: un pacto de miles de años
Muchas plantas no se las apañan solas. Una gran mayoría de las especies terrestres establece alianzas con hongos micorrícicos: el hongo se pega a la raíz o incluso entra en sus células y, a cambio de azúcares que la planta fabrica con la luz, le suministra agua y minerales como el fósforo, que de otro modo cuesta mucho alcanzar. Los registros fósiles sugieren que esta colaboración es antiquísima, tanto que probablemente acompañó a las primeras plantas que salieron del agua.
Las leguminosas, como las lentejas, los garbanzos o el trébol, hacen algo parecido con bacterias del género Rhizobium, que viven en pequeños nódulos de sus raíces y convierten el nitrógeno del aire en una forma utilizable. Por eso desde hace siglos se alternan cultivos de leguminosas con cereales: la tierra queda mejor abonada sin necesidad de añadir nada.
Lo que tarda en hacerse y lo rápido que se pierde
Formar un centímetro de suelo fértil puede llevar siglos, e incluso milenios según el clima y la roca de partida. Perderlo, en cambio, es cuestión de unas cuantas tormentas sobre una ladera desnuda. Esa asimetría explica por qué los agrónomos insisten tanto en mantener cubierta vegetal, no labrar en exceso y devolver materia orgánica a la tierra.
Esto no es una cuestión de campo y agricultores solamente. El suelo sano filtra el agua que acabará en los acuíferos, amortigua inundaciones al absorber lluvia como una esponja y sostiene la inmensa mayoría de los alimentos que comemos. Un parque urbano con tierra viva y un huerto de patio funcionan, en miniatura, con las mismas reglas.
Un universo bajo la suela del zapato
Un puñado de suelo fértil reúne bacterias, hongos, animales diminutos y raíces en una red de intercambios que recicla la materia orgánica, construye estructura, retiene agua y guarda carbono. Es uno de los ecosistemas más ricos del planeta y, a la vez, uno de los menos conocidos: se estima que una parte muy pequeña de las especies que lo habitan ha sido descrita por la ciencia. Lo que pisamos cada día está vivo, y de su buen estado depende gran parte de lo que crece encima.
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