
Hay videos circulando en redes de fiestas con DJ, luces y gente bailando dentro de cenotes en la Península de Yucatán. No son montajes. Y la justificación que dan los organizadores —que tienen permiso y usan bocinas pequeñas— dice más sobre cómo hemos normalizado vender la naturaleza como escenario de lujo que sobre cualquier daño real que estén dispuestos a reconocer.
Un permiso no neutraliza el daño
El argumento del permiso es el más cómodo y el más vacío. Que una autoridad local haya firmado un papel no significa que el ecosistema sepa leer contratos. Los cenotes de Yucatán no son albercas temáticas: son sistemas kársticos vivos, conectados entre sí y al acuífero que abastece de agua potable a toda la península, incluyendo a las comunidades mayas que llevan siglos habitando esa tierra.
El ruido sostenido y las luces artificiales perturban a las especies que viven dentro —peces ciegos, crustáceos endémicos, microorganismos que regulan la calidad del agua—. Los residuos corporales, los protectores solares convencionales y cualquier producto químico que entre al cenote no se queda ahí: viaja. El acuífero Maya es uno de los sistemas de agua subterránea más grandes del mundo y uno de los más vulnerables, como ya documentaron investigadores de la UNAM sobre la contaminación en la Riviera Maya en los últimos años.
El problema no es el turismo: es el turismo que no paga su deuda
Hay una diferencia entre visitar un cenote con cuidado y convertirlo en producción de evento. La primera puede coexistir con la conservación. La segunda convierte un ecosistema en prop.
Lo que muestran estos videos no es una excepción ni un caso aislado: es la lógica del turismo de experiencias premium llevada hasta su consecuencia más obvia. Si puedes cobrar por meditar en una cueva, puedes cobrar por poner un DJ en un cenote. El mercado no tiene por qué ponerse límites solo. Y cuando el atractivo que vende —el agua clara, la caverna, el silencio— desaparece por sobreexplotación, simplemente se busca el siguiente destino virgen. Las comunidades que viven ahí no tienen ese lujo de moverse.
Amamos que cada vez más viajeros mexicanos e internacionales descubran Yucatán. Pero hay una diferencia entre descubrir algo y consumirlo hasta que no quede nada. Y los cenotes llevan años absorbiendo el costo de esa confusión.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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