
Este domingo 25 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva, de casi 81 años, se coronó por cuarta vez como presidente de Brasil. Le sacó más de cuatro millones de votos a Flávio Bolsonaro, candidato de la derecha radical, que había ganado la primera vuelta y era favorito en las encuestas.
Siendo Brasil el país más grande de América Latina y la décima economía del mundo, el triunfo de Lula significa un contrapeso al giro que ha tenido la región hacia la derecha. Es también una derrota para el presidente Trump, frente al que el presidente electo ha dicho que Brasil “no acepta ser el patio trasero de nadie”. Pero, sobre todo, significa un alivio para la Amazonía.
Brasil tiene el 60 por ciento de ese gran ecosistema que es el aire acondicionado del planeta. Y mientras en Colombia la deforestación depende en gran medida de los grupos armados, en Brasil el presidente de turno manda la parada.
El resultado de estas elecciones –que Bolsonaro se ha negado a reconocer– significan la continuidad de la política ambiental de Lula, que ha provocado la caída más grande de la deforestación en la Amazonía en los últimos diez años y el el desaceleramiento del punto de no retorno.
Continúa la política que frenó la deforestación
Desde su primera presidencia en 2003, Luiz Inácio Lula da Silva atacó la deforestación de la Amazonía, que es el 60 por ciento de ese país: pasó de más de 25 mil kilómetros cuadrados en 2003 a poco más de 4.500 en 2012.
En el primer semestre de 2026, logró la reducción más grande en los últimos diez años, y según el científico Carlos Nobre, a finales del año podría tener el récord histórico desde 1988, cuando se empezó a hacer monitoreo satelital.
“La mezcla de políticas, tecnología y acciones en terreno ejecutándose al mismo tiempo es lo que explica una disminución significativa de la deforestación”, anotó en una entrevista en 2025, Raoni Rajão profesor de gestión ambiental en la Universidad Federal de Minas Gerais en Brasil y exdirector del Departamento de Políticas de Control de la Deforestación y de los Incendios del MinAmbiente en ese país.
El Deter es el sistema que produce alertas diarias de riesgo de deforestación (eliminación total de la vegetación), degradación (afectación de los bosques por incendios y tala selectiva de árboles) e incendios, para diferentes entidades públicas como la agencia de protección ambiental de Brasil, Ibama, que es el órgano encargado de hacer la vigilancia y control de la deforestación.
Con los monitoreos satelitales identifican donde se establece un hato ganadero, por ejemplo, y el Ibama envía a sus helicópteros y arrestan a los responsables si lo hacen donde está prohibido. En 2025 esa entidad tuvo un presupuesto de 367 millones de dólares, un poco más que el de todo el Ministerio de Ambiente en Colombia en 2024, año en el que la cartera tuvo más recursos en su historia.
El gobierno brasilero también impone multas a quienes deforestan ilegalmente, les embarga sus bienes, les destruye maquinaria y les impide acceder a créditos públicos. Entre 2023 y 2024 el Banco Nacional de Desarrollo Económico (Bndes) frenó más de 127 millones de dólares en préstamos a productores rurales, en tierras que fueron deforestadas ilegalmente.
El triunfo de Lula garantiza la continuidad de estas medidas, a pesar de que el bolsonarismo ganó peso en el Congreso, que ya en 2025 había aprobado un paquete de normas que reducen la protección ambiental, y gobierna hoy en siete de los nueve estados amazónicos.
En cambio, Flávio Bolsonaro ya había prometido desmontar protecciones clave para la Amazonía, que registró durante el gobierno de su papá un aumento del 60 por ciento en la deforestación con respecto al promedio de su antecesor. Durante su período, la tala alcanzó el pico más alto en 15 años con 2 mil millones de árboles tumbados y se expandió la minería ilegal de oro.
Bolsonaro había dicho que quería acabar definitivamente con el acuerdo voluntario que prohíbe a los comerciantes comprar soya de tierras deforestadas, que según cálculos de WWF ha hecho que desde 2008 solo el 2,1 por ciento de la tala se atribuya a ese cultivo. Y en el Estado amazónico de Pará había declarado que cada propietario rural iba a poder hacer lo que quisiera en su propiedad, tumbando la obligación de conservar el 80 por ciento del bosque.
También mencionó que estaba preparando decretos para reducir e impedir la fiscalización de los organismos ambientales en Brasil y señaló que se oponía a las nuevas demarcaciones de tierras indígenas en Mato Grosso, que han demostrado darle un impulso a la conservación.
Por eso, los expertos en el tema presagiaban que la Amazonía llegaría a un punto crítico si ganaba Bolsonaro.
El punto de no retorno se aleja con su triunfo
Claudio Angelo, coordinador de política internacional del Observatório do Clima, había sentenciado lo que estaba en juego con la reelección de Lula: “A riesgo de parecer alarmista, la elección de Luiz Inácio Lula da Silva es lo único que existe entre nosotros y el colapso de la selva amazónica hoy”.
La Amazonía es la selva continua de bosque tropical más grande del planeta: tiene aproximadamente 390 mil millones de árboles que capturan alrededor de 2,4 megatones de dióxido de carbono al año. Actualmente, se calcula que ha sido deforestada en un 17% y que de alcanzar un 25% podría perder su capacidad de autoregeneración y convertirse en una sabana. Pasaría de ser un gran sumidero de carbono a emitir gases.
Dado el rol de ese gran ecosistema en el ciclo del agua global y, por ende, su temperatura, si se destruye podría hacer que se liberen 250 millones de toneladas de gas carbónico a la atmósfera, según el científico Nobre, retroalimentando el cambio climático. Es uno de los puntos de no retorno.
“Es muy grave. Brasil tiene el 60% del bosque, es muy importante no elegir políticos negacionistas en toda la Amazonía”, había dicho Nobre antes de las elecciones.
A pesar de su logros en deforestación —que en los países amazónicos son la principal causa de emisión de gases que calientan la atmósfera—, Lula ha sido criticado por autorizar la exploración petrolera cerca a la desembocadura del río Amazonas. Aunque cree que hay que transitar a energías limpias, ha defendido que la forma de financiarlo es con las rentas del petróleo.
El triunfo de Lula también significa que Brasil va a seguir jugando un rol protagónico en la cooperación internacional y regional para proteger la selva amazónica. Para no ir muy lejos, la Cancillería brasilera fue determinante en que se aprobara esta semana avanzar en la construcción de un protocolo para combatir los delitos ambientales en el marco de la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional —Untoc—. Esto significaría que los países amazónicos eventualmente cuenten con un marco normativo, presupuesto y mayores capacidades para combatirlos.
“Por su dimensión territorial, su peso económico y su capacidad diplomática, las decisiones de Brasilia condicionan en distintos grados las posibilidades de sus vecinos de proteger la cuenca y responder a desafíos compartidos”, dice David Flórez, del equipo de Rainforest Foundation Norway, una agencia de cooperación noruega. Flórez dio apoyo técnico para que se creara el mecanismo que garantiza la participación de los pueblos indígenas en las decisiones de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica —Otca—, que reúne a los ocho países amazónicos.
Otro de los impulsos más recientes de Brasil a la región fue la creación del mecanismo financiero de bosques por siempre —TFFF— que busca que los países que tienen más bosques reciban dinero por mantenerlos en pie. Al Fondo ya se vincularon 53 países entre donantes y beneficiarios y ha recaudado más de 5.500 millones de dólares. La meta son 25 mil millones de dólares provenientes de recursos públicos de países inversionistas. Y, entre 100 y 125 mil millones de dólares más, de inversionistas privados. Un cuarto gobierno de Lula garantiza continuidad en ese proceso.
Con el gobierno colombiano, Lula venía de hacer llave con el expresidente Petro en varios frentes. Ambos sacaron a la Otca de su estancamiento tras el impulso que le dieron con la cumbre de presidentes en Bogotá en 2025 y la de Belém do Pará en 2023. De allí salió la Declaración de Belém con 113 metas que hoy es el derrotero de la coordinación entre países amazónicos.
Recientemente, con apoyo del gobierno brasilero, Petro había avanzado en la estructuración de un proyecto de fibra óptica en Amazonas y Putumayo, que el nuevo gobierno de De La Espriella congeló.
Desde la designación de Fabio Arjona, como ministro de Ambiente, no ha habido noticias de acercamientos con el gobierno de Lula. Sin embargo, dado que Arjona es favorable a la conservación de la Amazonía es posible que ahora que ganó haya una agenda de trabajo conjunto.
https://www.lasillavacia.com/silla-amazonia/con-triunfo-de-lula-se-salva-la-amazonia/
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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