
La explosión de la plataforma Deepwater Horizon en abril de 2010 fue el mayor derrame petrolero en la historia de Estados Unidos. Pero el daño real no fue el de las imágenes que circularon en ese momento: un nuevo estudio publicado en PNAS documenta que la fauna de la zona crepuscular del Golfo de México cayó cerca de 60% en los años siguientes, y los ecosistemas siguen sin recuperarse más de 16 años después.
Qué encontró el estudio y por qué las cifras son difíciles de ignorar
Los investigadores analizaron la fauna que habita entre los 200 y 1,000 metros de profundidad, lo que se conoce como zona crepuscular o zona mesopelágica: un ecosistema que muy poca gente visualiza pero que sostiene gran parte de la vida marina. Entre 2011 y 2015, los datos fueron contundentes: los peces cayeron 63.5%, los crustáceos un 62%, y los calamares y pulpos un 59.7%. No son estimaciones; son mediciones directas publicadas en los Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), una de las revistas científicas más rigurosas del mundo.
El mecanismo de daño no fue solo el petróleo en la superficie. Los hidrocarburos se hundieron y se mezclaron con las columnas de agua a distintas profundidades, afectando organismos que nunca tuvieron contacto directo con el crudo visible. El krill, pieza fundamental de la cadena alimenticia en esas capas, fue uno de los más golpeados, y eso desencadenó un efecto dominó: sin suficiente krill, las poblaciones de también colapsaron.
Por qué el Golfo de México sigue sin recuperarse
Deepwater Horizon no fue un evento de 87 días, que fue lo que tardó BP en tapar el pozo. Fue el inicio de un proceso de degradación que los ecosistemas profundos, por su propia naturaleza, no pueden revertir a la misma velocidad que uno superficial. La zona crepuscular tiene ciclos de regeneración mucho más lentos: algunas especies tardan décadas en volver a niveles predesastre, si es que llegan.
Además, BP utilizó dispersantes químicos —sobre todo Corexit— en cantidades sin precedente para romper las manchas de petróleo en la superficie. Esos dispersantes no eliminaron el crudo; lo fragmentaron en gotas microscópicas que penetraron más profundamente en la columna de agua, llegando exactamente a las capas donde vive la fauna que el estudio midió. La decisión redujo el impacto visual pero amplificó el daño ecológico en las profundidades, algo que la investigación en PNAS ahora permite dimensionar con datos duros.
El estudio también abre una conversación incómoda sobre monitoreo: durante años, los informes oficiales enfocaron la recuperación en la superficie y en las costas. La zona mesopelágica quedó fuera del radar, en parte porque es cara de estudiar y en parte porque nadie la ve. El daño existía; simplemente no había quien lo midiera con la frecuencia necesaria.
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