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Argentina produjo en 2024 unas 3,18 millones de toneladas de carne vacuna y se mantuvo entre los mayores productores del mundo. Sin embargo, Jujuy continúa dependiendo en gran medida de carne proveniente de otras provincias. El contraste obliga a revisar una matriz productiva concentrada en minería y grandes proyectos extractivos mientras la ganadería, los porcinos, la producción de alimentos y el agregado de valor siguen ocupando un lugar secundario. La discusión no es minería sí o no: es por qué una provincia con tierras, agua, clima diverso, demanda interna y ubicación estratégica todavía no construyó una política alimentaria capaz de generar empleo, sustituir importaciones provinciales y exportar al NOA y a los países vecinos.
Argentina conserva una fortaleza que muchas veces el norte parece mirar desde lejos. En 2024 produjo alrededor de 3,178 millones de toneladas equivalente res con hueso de carne vacuna, de las cuales cerca del 29,4% se destinó a exportación. FAOSTAT confirma además que la producción mundial de carne volvió a crecer en 2024 y que la Argentina continúa integrando el núcleo de grandes productores globales. La pregunta incómoda aparece al bajar la escala: ¿cómo puede una provincia argentina con tradición rural, tierras fiscales, valles, yungas y demanda alimentaria seguir sin desarrollar una cadena cárnica suficientemente grande para abastecer su propio mercado?
El problema no es nuevo. Un decreto provincial de 2009 ya reconocía que Jujuy consumía aproximadamente 35.000 toneladas de carne al año y que cerca del 90% provenía de otras provincias. Más de una década después, la propia estrategia productiva provincial admitía que en 2021 la producción bovina local apenas cubría alrededor del 6% de la demanda, y proyectaba que aun llegando a 2026 la cobertura alcanzaría aproximadamente el 26%, dejando tres cuartas partes de la demanda todavía insatisfecha. Es decir: el déficit ganadero no es una impresión ni una consigna opositora; es un problema estructural reconocido por el propio Estado.
Y allí aparece la gran contradicción de la política productiva jujeña. Durante años la provincia concentró gran parte de su narrativa de desarrollo en litio, energía y minería, sectores capaces de generar exportaciones e inversión, pero cuya capacidad distributiva depende fuertemente de cuánto valor agregado, empleo calificado, proveedores locales y retornos fiscales permanezcan efectivamente en territorio. La minería, además, exige controles ambientales rigurosos y deja pasivos potenciales que deben ser monitoreados durante décadas. Sin embargo, mientras se destinaban enormes esfuerzos políticos y financieros a consolidar esa matriz, quedaron rezagadas cadenas mucho más cercanas a la economía cotidiana: carne bovina, porcinos, aves, forrajes, frigoríficos, genética, alimentación animal y procesamiento de alimentos.
Lo más llamativo es que Jujuy ya había identificado esa oportunidad. En 2020 el Gobierno provincial anunció un plan para destinar 100.000 hectáreas fiscales a forestación, ganadería, frutas, hortalizas, granos, porcinos y pollos. También existían productores porcinos en Valles Templados y Yungas, reconocidos formalmente por la normativa provincial. Al mismo tiempo, durante la presidencia de Alberto Fernández se discutió con China un ambicioso programa de inversiones porcinas destinado a ampliar la producción argentina para abastecer al gigante asiático. Hubo reuniones oficiales, contactos empresariales y negociaciones, pero el acuerdo nunca terminó de cerrarse como política nacional ejecutada; informes oficiales posteriores reconocieron que las negociaciones permanecían inconclusas. Aquella posibilidad que prometía reconfigurar parte de la producción porcina argentina terminó diluyéndose entre debates ambientales, sanitarios y políticos.
La lección no debería ser reclamar hoy aquellas “megagranjas” tal como fueron concebidas. El verdadero aprendizaje es otro: Jujuy necesita una estrategia ganadera propia, no esperar otra vez que Buenos Aires o China diseñen su futuro agropecuario. La provincia podría plantear un programa de diez años para multiplicar stock bovino y porcino, producir forraje local, desarrollar genética adaptada, ampliar frigoríficos, garantizar sanidad, financiar pequeños y medianos productores y organizar compras públicas de carne jujeña para hospitales, escuelas y programas alimentarios. Una política semejante no sólo sustituiría productos traídos desde cientos de kilómetros: generaría empleo rural, transporte, veterinaria, industria frigorífica, cuero, alimentos balanceados y nuevas pymes.
El potencial tampoco termina en el mercado provincial. Jujuy está conectada con Salta, Bolivia, Chile y todo el corredor del NOA. Una política ganadera seria debería pensar primero en abastecer a los jujeños, después en integrar el mercado regional y finalmente en construir capacidad exportadora. Argentina ya posee reputación internacional, conocimiento sanitario, genética y mercados abiertos. El desafío consiste en insertar al norte dentro de esa potencia ganadera nacional. No existe ninguna razón estructural para que Jujuy sea solamente territorio de extracción mineral mientras importa buena parte de sus alimentos básicos.
La matriz productiva del futuro no debería obligar a elegir entre litio y ganado. El error es depender demasiado de una sola promesa. La minería puede integrar el desarrollo provincial, pero una economía verdaderamente sólida necesita muchas fuentes de riqueza distribuidas territorialmente. Ganadería, porcinos, agroindustria, frutas, azúcar, tabaco, turismo, logística, tecnología y minería deberían convivir dentro de una estrategia común.
Jujuy tiene delante una pregunta que la agenda política de 2027 debería asumir: ¿quiere seguir celebrando toneladas de mineral que salen de la Puna mientras trae carne desde otras provincias, o quiere usar sus recursos para producir también aquello que consume todos los días?
Porque una provincia que aspira a ser potencia minera pero todavía no logra alimentar plenamente su propio mercado tiene una matriz incompleta. Y esa deuda productiva lleva demasiados años esperando.
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