Martín Ezequiel Álvarez Giaccio, un economista argentino de 44 años radicado en España, asesinó el 24 de agosto de 2021 a su hijo Leo, de apenas dos años, en una habitación del Hotel Concordia de Barcelona, en un crimen que la investigación española vinculó con la llamada violencia vicaria: utilizar a un hijo para provocar el máximo daño emocional posible a una expareja. Horas antes, el hombre había llevado al niño al hotel aprovechando el régimen de contacto que mantenía con él tras la separación y, después del asesinato, envió a la madre un mensaje estremecedor: “Te dejé en el hotel lo que te merecés”. La mujer acudió inmediatamente al establecimiento y los Mossos d’Esquadra encontraron al pequeño muerto debajo de una cama. Álvarez Giaccio escapó por una zona lateral del hotel, llegó hasta las inmediaciones del aeropuerto de Barcelona-El Prat y desapareció durante tres semanas. El 15 de septiembre de 2021, los Mossos encontraron el cadáver de un hombre ahorcado en una zona boscosa próxima al aeropuerto; el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña confirmó posteriormente que se trataba de Álvarez Giaccio. El caso permanece como uno de los episodios más estremecedores asociados a la violencia vicaria en España y permite comprender cómo una separación aparentemente sin antecedentes graves de violencia terminó en un crimen contra el niño.
La historia comenzó apenas ocho días antes del asesinato. El 16 de agosto de 2021, la pareja decidió poner fin a su relación. Ambos trabajaban en el sector bancario en Barcelona y vivían con su hijo en el barrio de Sants. Según las reconstrucciones publicadas durante la investigación, no existían denuncias previas por violencia contra Álvarez Giaccio ni antecedentes que hicieran prever que la separación terminaría con el asesinato del niño.
La ruptura, sin embargo, no fue aceptada de la misma manera por ambos. El hombre abandonó el domicilio familiar y se trasladó temporalmente a El Vendrell, donde residían familiares. En los días siguientes mantuvo el contacto con su hijo y la madre permitió que continuara viéndolo. Esa confianza sería posteriormente determinante, porque no existía una orden judicial que impidiera que el padre pasara tiempo a solas con el menor.
La investigación reconstruyó que Álvarez Giaccio había reservado una habitación en el Hotel Concordia, situado en la avenida Paralelo, en la zona de Montjuïc, para la noche del 24 de agosto. No se trataba de una reserva prolongada ni de un alojamiento elegido al azar: era precisamente el día en que tenía previsto pasar tiempo con su hijo.
Una tarde que parecía completamente normal
El niño llegó al hotel junto con su padre alrededor del mediodía. Durante varias horas ambos permanecieron en el establecimiento y fueron vistos por otros huéspedes en la piscina. Una testigo relató posteriormente que el padre incluso grababa al pequeño mientras jugaba y le decía que mirara hacia su madre para que supiera que estaba bien.
Nada en aquellas primeras horas permitía anticipar lo que ocurriría después.
La aparente normalidad resulta uno de los elementos más perturbadores del caso. El niño tenía solamente dos años y se encontraba bajo el cuidado de su padre, una persona que para la familia y para las autoridades no aparecía hasta entonces como un agresor que representara un peligro inmediato. La ausencia de antecedentes violentos hizo que la madre confiara en que el encuentro podía desarrollarse con normalidad.
Pero durante la noche la situación cambió radicalmente.
El mensaje que desencadenó la alarma
Cerca de las 22:00, la madre comenzó a recibir mensajes de su expareja. El contenido fue amenazante y terminó con una frase que posteriormente se convertiría en el símbolo del caso: “Te dejé en el hotel lo que te merecés”.
La mujer entendió que algo grave había ocurrido y se dirigió inmediatamente al hotel. Cuando llegó, pidió acceder a la habitación donde se encontraban el padre y el niño. El personal del establecimiento no podía simplemente entregarle acceso a una habitación privada, por lo que intervino la Policía catalana.
Dos agentes de los Mossos d’Esquadra llegaron al séptimo piso y accedieron a la habitación 704. El padre ya no estaba allí.
El niño fue encontrado debajo de la cama.
Los esfuerzos de reanimación no consiguieron salvarlo. La autopsia determinó que la muerte se había producido por asfixia mecánica, y la investigación apuntó a que el menor había sido asfixiado con una almohada.
La fuga comenzó en el propio hotel
Mientras los agentes intentaban reconstruir lo ocurrido, las cámaras de seguridad proporcionaron una de las piezas fundamentales de la investigación.
Las imágenes mostraron a Álvarez Giaccio asomándose desde la habitación hacia el pasillo, aparentemente comprobando si había alguien cerca. Posteriormente se lo observó utilizando una zona lateral del hotel para escapar. Saltó una valla próxima a la piscina, atravesó hacia una estructura contigua y consiguió abandonar el establecimiento sin ser detenido.
El recorrido posterior fue reconstruido parcialmente por los investigadores.
El argentino consiguió llegar hasta un taxi y pidió al conductor que lo trasladara al aeropuerto de Barcelona-El Prat. Le dijo que necesitaba realizar un trámite y le pidió que esperara. Sin embargo, después de permanecer unos minutos en el vehículo, se dirigió hacia la terminal y encontró obstáculos para acceder.
Las autoridades también disponían de imágenes de seguridad del aeropuerto. Álvarez Giaccio finalmente abandonó el lugar caminando. Su pasaporte había quedado en otro sitio y los investigadores consideraron poco probable que hubiera conseguido salir de España en avión.
La búsqueda internacional
La desaparición provocó una operación de búsqueda que rápidamente trascendió Cataluña.
El Juzgado de Instrucción número 23 de Barcelona emitió una orden de captura internacional y Interpol difundió una circular roja. Las autoridades españolas también solicitaron colaboración a organismos argentinos para comprobar si el fugitivo podía haber regresado a su país de origen.
Sin embargo, los investigadores encontraron dificultades para seguir su rastro. Álvarez Giaccio llevaba décadas viviendo en España y, según la información recopilada entonces, tenía pocos vínculos recientes con Argentina. Había emigrado en la década de 1990 y había construido su carrera profesional en Barcelona.
Durante semanas se difundieron fotografías y reconstrucciones de su posible apariencia. Las fuerzas de seguridad analizaron aeropuertos, domicilios de familiares, posibles rutas de escape y diferentes lugares donde podría haberse escondido.
Mientras tanto, la investigación continuaba intentando establecer el móvil exacto del asesinato.
Violencia vicaria: cuando el hijo se convierte en el instrumento del castigo
El caso fue interpretado por los investigadores españoles dentro del concepto de violencia vicaria, una modalidad de violencia de género en la que el agresor utiliza a una persona especialmente vinculada con la víctima —frecuentemente los hijos— para causarle un daño psicológico extremo.
La expresión había sido desarrollada en el ámbito de los estudios sobre violencia contra las mujeres y posteriormente incorporada al debate institucional español. El fenómeno adquirió una enorme visibilidad en España a partir de diferentes casos en los que padres asesinaron a sus hijos durante conflictos de pareja o procesos de separación.
En el caso de Álvarez Giaccio, el hecho de que el asesinato se produjera apenas ocho días después de la ruptura y que el presunto autor enviara a la madre un mensaje inmediatamente después del crimen fue considerado especialmente significativo para esa hipótesis.
La violencia vicaria no debe confundirse con un simple conflicto por la custodia. Su característica central es que el agresor utiliza deliberadamente el vínculo afectivo con otra persona para provocar sufrimiento en la mujer.
El niño deja entonces de ser visto por el agresor como un sujeto independiente y pasa a convertirse en un instrumento de castigo.
El antecedente de otros casos en España
El crimen ocurrió en un año particularmente doloroso para España. En 2021, otros casos de violencia contra menores durante conflictos entre progenitores provocaron una enorme conmoción nacional.
Uno de los más conocidos fue el asesinato de Anna y Olivia, las dos niñas de Tenerife cuyos cuerpos fueron buscados durante semanas después de que su padre desapareciera con ellas. El caso de Barcelona y el de Tenerife contribuyeron a instalar con mayor fuerza en la sociedad española la discusión sobre la violencia vicaria y la necesidad de identificar señales de riesgo antes de que los menores fueran utilizados como instrumentos de venganza.
En los años siguientes, España continuó registrando casos de padres que asesinaron a sus hijos en contextos de separación o conflicto con sus exparejas. La violencia vicaria se convirtió así en una categoría cada vez más utilizada por especialistas y organismos públicos para describir una forma extrema de violencia machista.
El final de la fuga
Tres semanas después del asesinato, la búsqueda llegó a un punto decisivo.
El 15 de septiembre de 2021, los Mossos d’Esquadra encontraron el cuerpo de un hombre ahorcado en una zona boscosa situada entre Barcelona y El Prat de Llobregat, cerca de los lugares por donde había sido visto durante su huida. Inicialmente se necesitaban pruebas forenses para determinar la identidad. Las características físicas y las zapatillas encontradas junto al cuerpo coincidían con las del hombre buscado.
El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña confirmó finalmente que el cadáver correspondía a Martín Ezequiel Álvarez Giaccio. De esa manera terminó la persecución policial, pero también se cerró la posibilidad de llevarlo a juicio por el asesinato de su hijo.
Las autoridades habían contemplado la posibilidad de que hubiera huido de Cataluña, pero la falta de movimientos financieros y otros indicios habían llevado a los investigadores a considerar que podía encontrarse muerto. Finalmente, esa hipótesis se confirmó.
La madre quedó frente a una tragedia sin posibilidad de juicio
Para la madre de Leo, el final del acusado no significó el final del caso.
En una carta difundida después del asesinato, expresó la dimensión del dolor provocado por la muerte de su hijo y pidió respeto para su situación personal. También agradeció el apoyo de otras mujeres víctimas de violencia vicaria.
La tragedia dejó además una pregunta particularmente dolorosa: cómo una madre que no había identificado un riesgo extremo pudo confiar legítimamente en que el padre de su hijo podía pasar una noche con él y terminar descubriendo que el menor había sido asesinado.
Precisamente ahí reside una de las dificultades más importantes para combatir la violencia vicaria: no todos los casos están precedidos por una larga historia visible de agresiones físicas.
En algunos episodios, el peligro aparece durante una ruptura, cuando el agresor interpreta la pérdida de control sobre la pareja como una amenaza a su propia identidad o poder.
Lo que este caso cambió en la discusión española
El asesinato de Leo se convirtió en otro ejemplo de por qué los especialistas comenzaron a insistir en que la evaluación de riesgo no podía limitarse a las denuncias de violencia física.
La violencia psicológica, el control, las amenazas, el incumplimiento de medidas judiciales, la obsesión con la expareja y el uso de los hijos durante los conflictos de separación pueden constituir señales relevantes.
Casos posteriores en España han vuelto a mostrar esa dificultad. En 2026, por ejemplo, el asesinato de la agente de la Guardia Civil Laura Cruz por su expareja reabrió el debate sobre los fallos en la identificación de la violencia continuada y sobre la necesidad de evaluar patrones de control y acoso, incluso cuando las instituciones disponen de antecedentes que no siempre se traducen en una valoración de riesgo suficientemente alta.
El paralelismo no significa que los casos sean iguales, pero sí revela un problema común: la dificultad institucional para convertir determinadas señales de violencia en una protección efectiva antes de que ocurra una tragedia.
Antes, ahora y después
Antes del crimen de Barcelona, la familia parecía atravesar una separación difícil pero sin señales públicas que permitieran anticipar un asesinato. La ausencia de denuncias previas y la continuidad del contacto entre padre e hijo hicieron posible que el menor quedara a solas con su progenitor.
Ahora, cinco años después de aquel asesinato, el caso forma parte de la memoria de la violencia vicaria en España. Álvarez Giaccio murió antes de poder enfrentar un juicio, mientras que el nombre de su hijo quedó asociado a uno de los episodios que ayudaron a visibilizar una forma particularmente cruel de violencia contra las mujeres.
Y después queda el desafío que trasciende este caso: detectar cuándo una separación puede transformarse en un escenario de peligro para los hijos y establecer mecanismos capaces de protegerlos antes de que sean utilizados como instrumentos de venganza.
El caso de Leo demuestra que la violencia vicaria no siempre comienza con un golpe, una denuncia o una amenaza explícita de muerte. Puede aparecer detrás de una separación aparentemente normal, de una discusión que parece pasajera o de una disputa por la ruptura de una relación. Y cuando el hijo se convierte en el objetivo, las consecuencias son irreversibles.
La historia de Martín Ezequiel Álvarez Giaccio terminó en un bosque cercano al aeropuerto de Barcelona, pero la historia de Leo terminó mucho antes: en una habitación de hotel donde el niño, que había ido a pasar una noche con su padre, fue convertido en el instrumento de un castigo dirigido contra su madre. Ese es precisamente el elemento que convirtió el crimen en un caso emblemático de violencia vicaria en España.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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