La situación de los presos políticos se ha convertido en una de las cuestiones más sensibles de la nueva mesa de negociación abierta en Venezuela con respaldo de Estados Unidos, en un proceso que comenzó el 6 de agosto y que busca sentar las bases para una eventual transición política, reformas institucionales y nuevas garantías democráticas. Mientras representantes del Gobierno encabezado por Delcy Rodríguez y sectores de la oposición vinculados a la Asamblea Nacional de 2015 mantienen conversaciones en Caracas, familiares de los detenidos reclaman que la liberación de quienes permanecen encarcelados por motivos políticos sea colocada en el centro de la agenda. El reclamo adquiere especial fuerza después de que el Foro Penal contabilizara 382 presos políticos al 3 de agosto de 2026, apenas días antes del inicio formal de las conversaciones. En paralelo, la reciente libertad plena concedida a la exjueza María Lourdes Afiuni, después de más de 16 años de persecución judicial, se convirtió en una señal de enorme carga simbólica sobre lo que está en juego.
La negociación representa un escenario completamente diferente al de los numerosos intentos de diálogo que Venezuela experimentó durante los últimos años. El nuevo proceso cuenta con una participación mucho más directa de Washington y se desarrolla después de la profunda transformación política ocurrida en Venezuela durante 2026. El Gobierno de Delcy Rodríguez participa junto con representantes opositores encabezados por Dinorah Figuera, mientras Estados Unidos ejerce una influencia decisiva sobre el proceso.
La primera reunión formal se produjo el 6 de agosto en Caracas, en el Centro de Convenciones de La Carlota. Las partes acordaron trabajar sobre asuntos relacionados con la reconstrucción institucional, las garantías políticas, la situación de los damnificados por los terremotos y la organización de un eventual proceso electoral. El encuentro se desarrolló con un fuerte componente de reserva y sin acceso abierto de la prensa a las deliberaciones.
Pero existe una diferencia fundamental entre la agenda institucional y la demanda de las familias de los detenidos. Para quienes llevan meses esperando frente a cárceles y organismos oficiales, hablar de democracia sin resolver la situación de los presos políticos resulta insuficiente.
Familiares de detenidos llegaron incluso a instalar un campamento cerca de la Embajada de Estados Unidos en Caracas para reclamar que Washington utilice su influencia y coloque las excarcelaciones como una condición prioritaria de las negociaciones. Mayra Morales, hermana de Ricardo Fonseca, sostuvo ante la agencia EFE que la libertad de los presos políticos debería constituir el primer punto de la conversación. Según Foro Penal, el número de personas privadas de libertad por razones políticas todavía era de 379 al 27 de julio, antes de la actualización posterior que elevó el registro a 382.
La evolución de las cifras demuestra que el problema está lejos de haber sido resuelto. Durante los primeros meses de 2026 se produjeron numerosas excarcelaciones, después de que el Gobierno anunciara medidas de liberación y posteriormente impulsara una Ley de Amnistía. Sin embargo, las organizaciones defensoras de derechos humanos sostienen que las liberaciones no han eliminado el sistema de detenciones por motivos políticos y que nuevas personas han continuado entrando en prisión.
El Foro Penal, una de las organizaciones venezolanas que documenta de manera sistemática estas detenciones, registró 382 presos políticos con corte al 3 de agosto. De ese total, 353 eran hombres y 29 mujeres, mientras que 219 correspondían a civiles. El dato adquiere especial importancia porque demuestra que las excarcelaciones realizadas durante 2026 redujeron considerablemente el número acumulado, pero no cerraron el problema.
El caso Afiuni cambia el significado de la negociación
La libertad plena de María Lourdes Afiuni representa uno de los acontecimientos más simbólicos ocurridos alrededor de este proceso.
Afiuni fue detenida en 2009 después de dictar una decisión judicial que permitió la liberación de un empresario que llevaba años detenido sin juicio. Su caso se convirtió en uno de los ejemplos más conocidos de persecución contra integrantes del sistema judicial venezolano. Durante los años posteriores sufrió prisión, arresto domiciliario y graves denuncias de violaciones de derechos humanos.
El 8 de agosto de 2026, su familia confirmó el cierre definitivo del proceso judicial y la recuperación de su libertad plena. El hecho fue interpretado por organizaciones defensoras de derechos humanos como una señal de apertura, aunque también generó críticas debido a la ausencia de una reparación integral por los años de persecución sufridos.
El caso tiene una importancia que trasciende a la propia exjueza. Si el nuevo proceso político pretende reconstruir instituciones, el tratamiento de quienes fueron perseguidos por sus decisiones judiciales, actividad política, trabajo periodístico o defensa de derechos humanos se convierte en una prueba concreta de la voluntad de cambio.
Estados Unidos tiene ahora una influencia diferente
Washington no participa en esta negociación como un observador externo. Su papel es mucho más profundo y constituye uno de los elementos que diferencian este proceso de los diálogos anteriores.
Estados Unidos ha respaldado la mesa como parte de un plan de transición que contempla reformas institucionales, garantías para la participación política y la organización de futuras elecciones. La estructura negociadora involucra al Gobierno venezolano y a representantes de la Asamblea Nacional de 2015, organismo que Washington continúa considerando una referencia institucional de la oposición democrática venezolana.
Esta participación estadounidense también genera controversia. Una parte de la oposición considera que Washington posee capacidad para presionar por la liberación de los detenidos, mientras otros sectores cuestionan que la negociación no incluya a todos los actores opositores.
La ausencia de María Corina Machado constituye precisamente uno de los puntos más delicados. La dirigente, que conserva una enorme influencia dentro de la oposición venezolana, quedó fuera de la mesa. El proceso es encabezado por Dinorah Figuera como representante del sector opositor vinculado a la Asamblea Nacional de 2015.
Esto significa que la mesa enfrenta desde el comienzo un problema de legitimidad: puede alcanzar acuerdos entre los participantes, pero la verdadera prueba será determinar si esos acuerdos consiguen ser aceptados por la mayoría de los sectores políticos y sociales venezolanos.
El problema de fondo: ¿liberaciones o libertad política?
Una de las discusiones más importantes será establecer qué significa exactamente liberar a un preso político.
Para las familias, no basta con que una persona salga físicamente de una cárcel. En muchos casos continúan procesos judiciales, restricciones, prohibiciones de participación política o medidas cautelares. Por ello, el debate comienza a desplazarse desde la simple excarcelación hacia la necesidad de obtener garantías jurídicas que impidan nuevas persecuciones.
La experiencia de 2026 también muestra la complejidad del problema. El Gobierno anunció importantes liberaciones después de la transformación política ocurrida en enero, pero organizaciones defensoras de derechos humanos advirtieron que las estructuras represivas no habían desaparecido completamente. La misión internacional de investigación de Naciones Unidas había señalado anteriormente la necesidad de desmontar los mecanismos que permiten las detenciones arbitrarias y otras violaciones de derechos humanos.
Por eso, una eventual negociación seria tendría que abordar no solo quién sale de prisión, sino también qué ocurre con sus expedientes judiciales, sus derechos políticos, sus bienes, sus familias y las garantías para que no vuelvan a ser detenidos por las mismas razones.
Una agenda mucho más grande que los presos
Aunque los detenidos ocupan un lugar central, la negociación tiene objetivos mucho más amplios.
Las partes buscan avanzar en la reconstrucción de las instituciones electorales y judiciales, fortalecer las garantías políticas y establecer las condiciones necesarias para unas elecciones que puedan ser reconocidas como legítimas. También están sobre la mesa asuntos relacionados con la situación económica y la recuperación del país después de años de crisis.
Los terremotos que afectaron recientemente a Venezuela añadieron una dimensión humanitaria inmediata. La atención a los damnificados fue incluida entre las prioridades iniciales de las conversaciones, lo que permitió a las partes comenzar por un tema menos polarizante mientras avanzan hacia cuestiones mucho más difíciles.
Sin embargo, tarde o temprano la negociación tendrá que enfrentarse a los asuntos que durante años provocaron los mayores enfrentamientos: poder político, elecciones, justicia, fuerzas de seguridad, sanciones internacionales, garantías para la oposición y futuro institucional del país.
Antes: una larga historia de diálogos fallidos
Venezuela tiene una extensa historia de negociaciones políticas que terminaron sin resolver la crisis.
Desde los diálogos posteriores a las protestas de 2014 hasta las conversaciones de República Dominicana y posteriormente las negociaciones de México, distintos sectores intentaron alcanzar acuerdos sobre elecciones, garantías políticas y condiciones institucionales.
El problema recurrente fue la falta de confianza. La oposición acusaba al Gobierno de utilizar las negociaciones para ganar tiempo, mientras el chavismo denunciaba intentos de desestabilización y exigía el levantamiento de sanciones internacionales.
Ese historial pesa ahora sobre la nueva mesa. Cada concesión será examinada con desconfianza por sectores que recuerdan cómo terminaron procesos anteriores.
Ahora: una oportunidad que también puede convertirse en una trampa
La situación actual ofrece una oportunidad que hasta hace poco parecía improbable. Gobierno y oposición están sentados nuevamente en una misma mesa, Estados Unidos respalda directamente el proceso y la liberación de presos políticos aparece como una cuestión que ya no puede ser ignorada.
Pero precisamente por eso las expectativas son enormes.
Si las conversaciones producen nuevas excarcelaciones, garantías políticas y una hoja de ruta electoral creíble, el proceso podría convertirse en el primer paso hacia una normalización institucional de Venezuela.
Si, por el contrario, se anuncian liberaciones parciales mientras continúan nuevas detenciones, el diálogo podría ser interpretado como una estrategia para obtener reconocimiento internacional sin modificar de fondo las estructuras políticas.
La primera señal ya apareció con el caso Afiuni, pero una sola liberación no permite determinar el rumbo definitivo del proceso. El verdadero indicador será la cantidad de personas liberadas, la situación jurídica de quienes salgan de prisión y, sobre todo, si dejan de producirse nuevas detenciones por motivos políticos.
Después: la verdadera prueba será una Venezuela con garantías
El futuro del diálogo dependerá de lo que ocurra después de las reuniones.
Un eventual acuerdo debería traducirse en mecanismos verificables: listas actualizadas de presos, liberaciones comprobables, revisión de causas judiciales, restitución de derechos políticos, garantías para los partidos, reforma de las instituciones electorales y un calendario electoral aceptado por los principales sectores.
También será necesario establecer mecanismos de supervisión internacional capaces de comprobar que los compromisos se cumplen.
En ese sentido, los presos políticos se han convertido en mucho más que una cuestión humanitaria. Son una especie de indicador de la voluntad real de transformación del sistema venezolano.
Si las puertas de las cárceles comienzan a abrirse de manera sostenida y las personas liberadas recuperan plenamente sus derechos, el diálogo tendrá una primera evidencia concreta de avance.
Si las liberaciones se limitan a casos individuales mientras continúan las detenciones, la negociación enfrentará rápidamente una crisis de credibilidad.
Por eso, los 382 presos políticos registrados al 3 de agosto constituyen una cifra que estará presente en cada etapa del proceso.
La pregunta que queda abierta para Venezuela no es solamente cuántos presos políticos serán liberados, sino si el país será capaz de construir un sistema en el que nadie vuelva a ser encarcelado por ejercer una actividad política, expresar una opinión, ejercer una función judicial independiente o defender derechos fundamentales.
El diálogo auspiciado por Estados Unidos ha colocado esa cuestión sobre la mesa. Ahora corresponde comprobar si las partes están dispuestas a convertir las palabras en decisiones concretas. El caso Afiuni demuestra que después de 16 años incluso una puerta que parecía cerrada puede abrirse; la situación de cientos de venezolanos que todavía permanecen detenidos determinará si esa apertura representa un hecho aislado o el comienzo de una transformación política de mayor alcance.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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