La producción de ajo comienza a ganar una nueva dimensión en Paraguay, especialmente en el departamento de Itapúa, donde agricultores del distrito de General Artigas lograron elevar sus rendimientos desde niveles históricos de entre 3.000 y 5.000 kilos por hectárea hasta aproximadamente 8.000–9.000 kilos, gracias a la incorporación de mejores semillas, asistencia técnica, fertilización, manejo sanitario y sistemas de riego. El proceso forma parte de una estrategia del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) para recuperar un cultivo que durante años perdió espacio frente al producto importado y que todavía presenta una enorme brecha entre la producción nacional y el consumo interno. El proyecto involucra a 112 productores de agricultura familiar y unas 28 hectáreas en General Artigas. Con los rendimientos actuales, esa superficie tendría un potencial aproximado de 224 a 252 toneladas por campaña, una escala que todavía es pequeña frente a las necesidades del mercado paraguayo, pero que demuestra que la producción local puede aumentar considerablemente cuando se combinan genética, tecnología, asistencia y organización.
El caso de Itapúa resulta especialmente interesante porque no se trata simplemente de haber plantado más ajo, sino de haber cambiado la forma de producirlo. Durante años, los rendimientos de los pequeños agricultores permanecieron en niveles relativamente bajos, con dificultades relacionadas con la disponibilidad de material de propagación, fertilización, manejo del suelo, control de enfermedades y acceso al agua.
En las campañas anteriores, los productores de la zona trabajaban con rendimientos que diferentes fuentes del sector sitúan aproximadamente entre 3.000 y 5.000 kilos por hectárea. Con el nuevo esquema productivo, los resultados comenzaron a ubicarse alrededor de 8.500 kilos, mientras que los datos más recientes difundidos por el sector agrícola mencionan parcelas que alcanzan entre 8.000 y 9.000 kilos por hectárea. En términos productivos, significa prácticamente duplicar la cantidad cosechada en una misma superficie.
La diferencia puede parecer simplemente estadística, pero para una familia rural tiene consecuencias directas. Si el agricultor consigue producir el doble utilizando la misma hectárea, puede distribuir sus costos fijos sobre una mayor cantidad de producto y aumentar su capacidad de generar ingresos, siempre que encuentre compradores y obtenga un precio que remunere adecuadamente la inversión realizada.
De un cultivo tradicional a un proyecto de reconversión
Paraguay no es un país ajeno al cultivo de ajo. Lo que ocurrió durante años fue una pérdida progresiva de competitividad frente al producto extranjero.
Según información difundida durante el lanzamiento del programa de reactivación, aproximadamente 95 % del ajo consumido en Paraguay era importado, principalmente desde Argentina. Esta dependencia explica por qué el MAG comenzó a considerar el cultivo como una oportunidad para sustituir importaciones y generar una nueva fuente de ingresos para la agricultura familiar.
La situación crea una paradoja: existe un mercado interno que consume ajo durante todo el año, pero una parte muy importante de ese mercado es abastecida por productores extranjeros. Para los agricultores paraguayos, el desafío consiste en demostrar que pueden producir un volumen suficiente, con calidad uniforme, en el momento adecuado y a un costo competitivo.
Ese desafío es mucho más complejo que simplemente aumentar los kilos por hectárea.
Para competir con el ajo importado, el productor necesita semilla de calidad, planificación de la siembra, manejo sanitario, riego, fertilización, cosecha, secado, almacenamiento, clasificación, transporte y comercialización. Si falla cualquiera de esos eslabones, una buena productividad en el campo puede terminar sin traducirse en rentabilidad.
General Artigas se convirtió en el laboratorio de la recuperación
El distrito de General Artigas, en el sur de Itapúa, ocupa un lugar central en este proceso.
En abril de 2025, el Gobierno de Itapúa informó que el MAG entregó 28.000 kilos de semillas de ajo de la variedad ITO, además de fertilizantes, defensivos agrícolas y acaricidas, a 112 pequeños productores organizados en los comités Santa Librada y Eraty. La iniciativa buscaba generar una base productiva capaz de demostrar que el cultivo podía ser recuperado bajo mejores condiciones tecnológicas.
La experiencia permitió trabajar sobre una superficie aproximada de 28 hectáreas. Posteriormente, los resultados mostraron un rendimiento cercano a 8.500 kilos por hectárea, frente a los 3.500–4.500 kilos que se obtenían anteriormente en condiciones menos tecnificadas.
Ese dato permite dimensionar el salto. Con 28 hectáreas y un rendimiento de 8.500 kilos, la producción potencial ronda las 238 toneladas de ajo. Si las parcelas alcanzan 9.000 kilos, el volumen puede aproximarse a 252 toneladas.
No significa que todo ese volumen haya sido producido simultáneamente por cada campaña ni que todo sea comercializable en las mismas condiciones. Pero sirve para visualizar la magnitud del cambio: una superficie relativamente pequeña puede generar un volumen varias veces superior al obtenido bajo el esquema anterior.
La semilla aparece como uno de los puntos decisivos
Uno de los elementos más importantes del proyecto es la calidad del material de propagación.
El ajo presenta una particularidad: buena parte de su reproducción comercial se realiza mediante dientes o bulbos, por lo que la calidad sanitaria y genética del material utilizado tiene una influencia considerable sobre el resultado de la campaña.
Una semilla deficiente puede transmitir problemas sanitarios y producir plantas menos vigorosas. En cambio, un material seleccionado y acompañado por un manejo adecuado puede mejorar la uniformidad y el potencial productivo.
Por eso el programa paraguayo no se limitó a entregar insumos de fertilización. También incorporó material de propagación y asistencia técnica para modificar el sistema completo de producción. El objetivo es que el productor no dependa indefinidamente de una ayuda externa, sino que pueda construir progresivamente una capacidad productiva propia.
El agua puede ser tan importante como la semilla
Otro componente fundamental es el riego.
El ajo necesita un manejo hídrico relativamente cuidadoso durante su desarrollo. La falta de agua en determinados momentos puede afectar el tamaño del bulbo y, por lo tanto, reducir el rendimiento comercial. Pero el exceso también puede generar problemas, particularmente cuando las condiciones favorecen enfermedades.
La incorporación de sistemas de riego permite reducir una de las variables que históricamente más afectan a la agricultura familiar: la dependencia exclusiva de las lluvias.
En otras palabras, la tecnificación no significa solamente utilizar máquinas. También significa tener mayor control sobre las condiciones de producción.
Eso explica por qué la experiencia de General Artigas puede resultar relevante para otros rubros hortícolas paraguayos. Si un productor aprende a manejar correctamente suelo, agua, fertilización y sanidad en un cultivo intensivo, parte de ese conocimiento puede trasladarse a cebolla, papa y otras hortalizas.
El proyecto también cambia el tamaño del negocio
La superficie cultivada proporciona otra señal importante.
Según datos difundidos en enero de 2026, el área destinada al ajo en el programa había pasado de aproximadamente 7–8 hectáreas en campañas anteriores a 28 hectáreas en la última zafra considerada. Paralelamente, el número de productores incorporados al programa llegó a 112.
Esto significa que la estrategia no se basa únicamente en conseguir mejores rendimientos, sino también en ampliar la base productiva.
Si Paraguay quiere reducir de manera significativa su dependencia del ajo importado, necesitará avanzar simultáneamente en tres variables: más superficie, mayor productividad y mejor comercialización.
Aumentar solamente una de ellas no será suficiente.
Una superficie grande con bajos rendimientos produciría poco. Una productividad excelente en pocas hectáreas tampoco modificaría significativamente el mercado nacional. Y producir mucho sin una estructura comercial capaz de absorber la cosecha podría provocar una caída de precios perjudicial para los propios agricultores.
El mercado nacional es la gran oportunidad
La dependencia de las importaciones constituye, paradójicamente, una oportunidad.
Si cerca del 95 % del consumo nacional dependía del producto extranjero al momento de diseñarse el plan de reactivación, existe un mercado interno considerable que puede ser abastecido progresivamente por agricultores paraguayos.
Esto tiene una ventaja estratégica: el productor no necesita comenzar necesariamente buscando compradores internacionales.
El primer objetivo puede ser sustituir una parte de las importaciones y consolidar una cadena nacional. Una vez alcanzada una producción suficiente, con calidad y regularidad, aparecería una segunda posibilidad: buscar mercados regionales.
Pero para llegar a la exportación habrá que resolver requisitos adicionales de calidad, trazabilidad, clasificación, empaque, sanidad vegetal y continuidad de oferta.
La experiencia de otros productos agrícolas demuestra que producir bien no equivale automáticamente a exportar. La competitividad internacional exige una cadena organizada.
Antes, ahora y después: el cambio que puede producir el ajo
Antes, el ajo paraguayo se encontraba en una situación de baja escala y productividad limitada, mientras el mercado interno dependía ampliamente de proveedores extranjeros. El cultivo existía, pero no tenía todavía una estructura suficiente para competir de manera consistente con las importaciones.
Ahora, General Artigas funciona como una experiencia de reconversión. 112 productores, 28 hectáreas y rendimientos que se aproximan a 8.000–9.000 kilos por hectárea muestran que el problema no necesariamente está en la capacidad productiva de la tierra paraguaya, sino también en el acceso a tecnología, semillas adecuadas, asistencia y organización.
Después viene la parte más difícil: transformar una experiencia piloto en una cadena agrícola sostenible.
Para ello será necesario ampliar progresivamente el área sembrada, garantizar material de propagación de calidad, mejorar el almacenamiento poscosecha, establecer canales comerciales estables y desarrollar mecanismos que permitan al productor conocer con anticipación cuánto puede obtener por su cosecha.
La poscosecha puede decidir si el negocio funciona
El ajo no termina su ciclo económico cuando sale de la tierra.
Después de la cosecha comienza una etapa decisiva de curado, secado, clasificación, almacenamiento y conservación. Un producto de buena calidad puede perder valor si no se maneja correctamente después de ser retirado del suelo.
Esta cuestión es especialmente importante porque permite separar dos conceptos que a menudo se confunden: productividad y rentabilidad.
Un productor puede alcanzar 9.000 kilos por hectárea y, aun así, tener problemas económicos si una parte importante del producto se deteriora, si no consigue compradores o si los costos de producción absorben el margen.
Por eso, el siguiente salto del programa debería consistir en fortalecer la infraestructura que conecta la parcela con el consumidor.
El ajo como parte de una agricultura familiar más diversificada
El proyecto también encaja en una estrategia más amplia de fortalecimiento de la agricultura familiar paraguaya.
El MAG informó que durante 2025 asistió a 57.900 productores de agricultura familiar y desarrolló programas vinculados con tecnología, financiamiento, asistencia técnica y diversificación productiva. Dentro de esas acciones, la reactivación del ajo alcanzó a 112 productores, mientras otros programas fueron destinados a papa, cebolla, tomate y diferentes actividades productivas.
Esta diversificación tiene una importancia económica considerable.
Para un pequeño productor, depender exclusivamente de un cultivo puede aumentar el riesgo frente a una caída de precios, una enfermedad, una sequía o un exceso de oferta. Incorporar horticultura de mayor valor puede permitir distribuir los ingresos a lo largo del año.
En ese contexto, el ajo puede convertirse en una pieza adicional dentro de una finca diversificada y no necesariamente en el único cultivo.
Itapúa puede convertirse en referencia para la horticultura paraguaya
El caso de General Artigas también tiene una dimensión territorial.
Itapúa es uno de los departamentos agrícolas más importantes de Paraguay y posee una estructura productiva diversificada, además de una fuerte presencia de agricultura familiar. La recuperación del ajo permite aprovechar conocimientos, infraestructura y redes comerciales existentes en la región.
La experiencia podría ser replicada en otros departamentos si se identifican zonas con condiciones adecuadas y productores interesados.
Pero la expansión debería hacerse gradualmente. Llevar rápidamente la superficie cultivada de 28 hectáreas a cientos de hectáreas sin garantizar mercados podría generar exactamente el problema contrario: sobreproducción y caída de precios.
La política agrícola, por tanto, deberá avanzar al mismo tiempo que la información de mercado.
De sustituir importaciones a pensar en exportar
El objetivo inmediato es claro: producir más ajo paraguayo para el mercado paraguayo.
El objetivo posterior podría ser mucho más ambicioso.
Si los agricultores consiguen mantener rendimientos próximos a 9 toneladas por hectárea, mejorar la calidad y organizar la comercialización, Paraguay podría comenzar a estudiar oportunidades dentro del propio Mercosur y otros mercados regionales.
En ese escenario, Brasil y Argentina serían referencias naturales por cercanía geográfica, aunque ambos cuentan con producción propia y una fuerte competencia. La ventaja paraguaya tendría que surgir de una combinación de calidad, costos, regularidad de suministro y logística.
La exportación tampoco debería convertirse en una prioridad antes de consolidar el mercado interno. El primer indicador de éxito del programa será que los productores puedan abastecer una proporción cada vez mayor del consumo nacional con un negocio rentable.
Una pequeña parcela puede estar mostrando un cambio mayor
El verdadero valor del proyecto de ajo de Itapúa no está solamente en las toneladas obtenidas.
Está en la demostración de que una producción que parecía condenada a depender de las importaciones puede recuperar competitividad cuando se combinan investigación, genética, asistencia técnica, fertilización, riego, organización y acceso al mercado.
El salto desde 3.000–5.000 kilos hasta 8.000–9.000 kilos por hectárea constituye una señal concreta de productividad, pero todavía no es el final del camino.
El verdadero desafío comienza ahora: conseguir que esos resultados no queden limitados a un proyecto piloto y puedan convertirse en una actividad agrícola permanente.
Si Paraguay logra ampliar gradualmente la superficie, profesionalizar la poscosecha, mejorar la comercialización y sostener la productividad, el ajo podría pasar de ser un cultivo secundario y ampliamente desplazado por las importaciones a convertirse en un negocio relevante para la agricultura familiar de Itapúa y una nueva pieza de la estrategia paraguaya de sustitución de importaciones y diversificación agrícola.
Y ese cambio tendría un significado mayor: demostrar que la agricultura familiar paraguaya no necesita competir únicamente aumentando superficie, sino que también puede ganar mercado mediante productividad, tecnología y valor agregado.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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