Desde la prehistoria hasta la era espacial, los eclipses solares han sido mucho más que espectáculos celestes. En distintos momentos de la historia fueron interpretados como señales divinas, provocaron temor entre gobernantes, quedaron registrados en monumentos y crónicas, interrumpieron batallas, alimentaron rebeliones y, finalmente, se transformaron en instrumentos científicos capaces de poner a prueba algunas de las teorías más importantes de la física. Una revisión histórica publicada por Infobae recupera siete episodios especialmente significativos, desde las antiguas observaciones de Irlanda y China hasta el eclipse de 2017 en Estados Unidos. Sin embargo, la historia de estos fenómenos permite ampliar todavía más la perspectiva: el eclipse de 585 a.C., asociado a una predicción atribuida a Tales de Mileto; el observado por Plutarco en el año 71; el de 1831, que influyó en la interpretación religiosa de Nat Turner; y el de 1919, que proporcionó una de las primeras grandes pruebas observacionales de la relatividad general de Albert Einstein, muestran cómo un mismo fenómeno pasó de ser considerado una amenaza sobrenatural a convertirse en una herramienta para investigar el funcionamiento del universo. Y ahora, mientras el mundo se prepara para el eclipse total del 12 de agosto de 2026, la humanidad vuelve a mirar al cielo, pero esta vez con telescopios, satélites, aviones científicos y modelos matemáticos capaces de estudiar la corona solar y la atmósfera terrestre.
Durante miles de años, observar cómo el Sol desaparecía parcialmente durante el día debió representar una experiencia difícil de explicar. El cielo podía oscurecerse en cuestión de minutos, la temperatura descender ligeramente, aparecer estrellas o planetas y el horizonte adquirir una apariencia crepuscular en pleno día. Antes de comprender que se trataba de una alineación geométrica entre el Sol, la Luna y la Tierra, muchas sociedades interpretaron estos acontecimientos dentro de sus propios sistemas religiosos y políticos. La NASA explica que los eclipses ocurren cuando estos tres cuerpos se alinean de manera que la Luna bloquea total o parcialmente la luz solar que llega a una región de la Tierra.
Esa explicación parece sencilla actualmente, pero fue uno de los grandes problemas intelectuales de la antigüedad. Los eclipses tenían además una característica que los hacía especialmente perturbadores: podían ser calculados. Una vez que las civilizaciones comenzaron a registrar sistemáticamente los movimientos del Sol y la Luna, el fenómeno dejó progresivamente de ser completamente imprevisible y se convirtió en una fuente de información sobre los ciclos astronómicos.
El misterio comienza miles de años antes de la ciencia moderna
Uno de los episodios mencionados en la revisión histórica es el supuesto registro de un eclipse en Loughcrew, Irlanda, alrededor del 3340 a.C. El complejo megalítico de Loughcrew pertenece al Neolítico y contiene monumentos de aproximadamente 5.000 años de antigüedad. En sus piedras existen diseños geométricos que han sido relacionados con observaciones astronómicas, aunque la interpretación de determinados grabados como registros específicos de eclipses sigue siendo una cuestión que debe tratarse con cautela.
La importancia de estos monumentos no depende necesariamente de demostrar que sus constructores podían predecir eclipses con precisión. Lo relevante es que revelan que las sociedades prehistóricas prestaban una atención extraordinaria al cielo y podían incorporar fenómenos astronómicos a sus espacios rituales y funerarios.
En otras palabras, antes de que existieran observatorios, telescopios o ecuaciones orbitales, el cielo ya formaba parte de la arquitectura y de la organización simbólica de las comunidades humanas.
China: cuando no predecir un eclipse podía convertirse en una cuestión de Estado
Otro episodio aparece en la antigua China, donde la tradición sitúa un eclipse en 2134 a.C. que habría sorprendido a la corte del emperador Chung K’ang. Según la narración histórica recogida por Infobae, los astrónomos de la corte, conocidos como Hsi y Ho, no habrían conseguido anticipar el fenómeno y fueron castigados severamente.
Más allá de los detalles legendarios y de las dificultades para verificar acontecimientos tan antiguos con los estándares de la historiografía moderna, el relato representa una idea fundamental: la astronomía tenía valor político.
Los gobernantes necesitaban interpretar el cielo porque los fenómenos celestes podían ser entendidos como señales sobre el destino del Estado. Un astrónomo no era simplemente un observador científico. En muchas civilizaciones era también una figura vinculada al poder, encargada de interpretar acontecimientos que podían afectar la legitimidad del gobernante.
Esto explica por qué las cortes antiguas desarrollaron sistemas cada vez más sofisticados para registrar los movimientos celestes. La necesidad de anticipar eclipses terminó contribuyendo indirectamente al desarrollo de calendarios, métodos matemáticos y observaciones astronómicas sistemáticas.
585 a.C.: el día en que un eclipse detuvo una guerra
El siguiente gran salto se produce en Asia Menor, el 28 de mayo de 585 a.C. Según el historiador griego Heródoto, los medos y los lidios llevaban años enfrentándose cuando, durante una batalla, el día se transformó repentinamente en oscuridad. Los combatientes interpretaron el fenómeno como una señal y detuvieron las hostilidades.
La tradición atribuye a Tales de Mileto la predicción del eclipse. NASA considera este uno de los episodios históricos fundamentales relacionados con la predicción de eclipses, aunque las fuentes antiguas no permiten establecer con absoluta precisión qué método utilizó Tales ni hasta qué punto pudo predecir fecha, lugar y hora.
El episodio tiene una importancia enorme porque muestra la transición entre dos formas de interpretar el cielo. Para los combatientes, el eclipse podía ser una señal sobrenatural; para un observador que lograba anticiparlo, comenzaba a convertirse en un fenómeno sujeto a regularidades matemáticas.
La astronomía empezaba así a abandonar lentamente el terreno exclusivo del presagio para entrar en el de la predicción.
Plutarco y el misterioso halo que rodea al Sol
El 20 de marzo del año 71, el filósofo e historiador griego Plutarco observó un eclipse y dejó una descripción relacionada con la luz que rodeaba el disco solar oscurecido. La observación es especialmente interesante porque la denominada corona solar solamente resulta visible con claridad durante la totalidad de un eclipse, cuando la brillante superficie solar queda cubierta por la Luna.
Hoy sabemos que la corona es la atmósfera exterior del Sol y que alcanza temperaturas extremadamente elevadas. Está compuesta por plasma y constituye uno de los grandes objetos de estudio de la física solar.
Para Plutarco, naturalmente, no existían espectroscopios, satélites ni instrumentos capaces de analizar plasma. Pero su descripción demuestra la capacidad de los observadores antiguos para identificar detalles que posteriormente adquirirían enorme importancia científica.
Siglos después, los eclipses permitirían estudiar elementos de la atmósfera solar que resultaban prácticamente imposibles de observar desde la Tierra cuando el Sol estaba completamente brillante.
1831: cuando un eclipse se convirtió en una señal para una rebelión
En Virginia, Estados Unidos, el eclipse del 12 de febrero de 1831 tuvo una consecuencia completamente diferente. Nat Turner, un predicador afroamericano esclavizado, interpretó el fenómeno como una señal religiosa relacionada con una futura rebelión contra la esclavitud. El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos recoge que Turner vio el eclipse como un signo y comenzó a prepararse para la insurrección que finalmente encabezaría meses después.
La rebelión comenzó el 22 de agosto de 1831 y provocó la muerte de decenas de personas. Turner fue capturado y ejecutado posteriormente.
El eclipse no fue, por supuesto, la causa estructural de la rebelión. La insurrección se produjo dentro de una sociedad marcada por la esclavitud, la violencia racial y la ausencia de libertad. Pero el fenómeno celeste adquirió un significado particular dentro de las creencias religiosas de Turner.
La historia demuestra nuevamente que un eclipse puede tener efectos sociales completamente diferentes dependiendo de quién lo observa y del contexto histórico en el que ocurre. El mismo fenómeno que para un astrónomo constituye una oportunidad de medición puede ser para otra persona una señal religiosa, política o cultural.
1919: el eclipse que ayudó a convertir a Einstein en una celebridad mundial
Si existe un eclipse que cambió definitivamente la historia de la ciencia, es el del 29 de mayo de 1919.
La teoría de la relatividad general de Albert Einstein predecía que la gravedad del Sol debía curvar el espacio-tiempo y, como consecuencia, desviar la trayectoria aparente de la luz procedente de estrellas situadas cerca del Sol.
El problema era que las estrellas cercanas al Sol normalmente no podían observarse durante el día porque la luz solar las ocultaba. Un eclipse total ofrecía una solución natural: durante unos minutos, la Luna bloquearía la superficie brillante del Sol y permitiría fotografiar estrellas cercanas a su posición aparente.
El astrónomo británico Arthur Eddington participó en una de las expediciones, mientras otra observación se realizó en Sobral, Brasil. Los resultados fueron interpretados como evidencia favorable a la predicción de Einstein y tuvieron una enorme repercusión internacional.
El episodio transformó la imagen pública de Einstein. De ser un físico conocido principalmente dentro de círculos científicos pasó a convertirse en una figura mundial.
Pero existe una precisión histórica importante: la evidencia de 1919 no debe interpretarse como si hubiera demostrado por sí sola toda la relatividad general de manera definitiva. Las mediciones tenían limitaciones y fueron posteriormente refinadas por nuevas observaciones. Lo verdaderamente revolucionario fue que el eclipse permitió realizar una prueba observacional de una predicción de una nueva teoría gravitacional.
Ese fue el momento en que el eclipse dejó de ser únicamente un fenómeno que la ciencia describía y pasó a convertirse en un laboratorio natural para poner a prueba las leyes fundamentales de la física.
2017: el eclipse que convirtió a Estados Unidos en un gigantesco laboratorio
El 21 de agosto de 2017, Estados Unidos experimentó un eclipse solar total que atravesó el país de costa a costa. Fue bautizado como el “Gran Eclipse Americano” y provocó una movilización científica y social extraordinaria.
NASA estima que alrededor de 215 millones de estadounidenses observaron el fenómeno directamente o mediante medios electrónicos. Aproximadamente 154 millones salieron a observarlo directamente y otros millones lo siguieron mediante televisión, computadoras y dispositivos móviles.
Pero su importancia no fue solamente estadística.
NASA coordinó observaciones desde tierra, aviones, instrumentos científicos y naves espaciales. La misión DSCOVR, por ejemplo, permitió observar desde el espacio el desplazamiento de la sombra lunar sobre América del Norte. Otros proyectos analizaron la corona solar, la atmósfera terrestre y los efectos de la disminución repentina de la radiación solar.
El eclipse también demostró una transformación cultural: por primera vez en la historia, un acontecimiento celeste de esa magnitud podía ser preparado, fotografiado, transmitido y analizado simultáneamente por millones de personas conectadas digitalmente.
La astronomía dejó de estar limitada a los observatorios. Teléfonos celulares, cámaras digitales, transmisiones en vivo, redes sociales y proyectos de ciencia ciudadana permitieron que la población participara de una experiencia científica colectiva.
El eclipse de 2026: la historia entra nuevamente en tiempo real
La secuencia histórica adquiere una nueva dimensión este año. El 12 de agosto de 2026, un eclipse solar total atravesará Groenlandia, Islandia, el norte de Rusia, España y una pequeña zona de Portugal, mientras una región mucho más extensa del hemisferio norte observará un eclipse parcial.
Esta vez, la tecnología permitirá hacer algo que los astrónomos de siglos anteriores no podían imaginar.
NASA desplegará un avión WB-57 a unos 50.000 pies de altura para observar la corona desde encima de gran parte de la atmósfera. El objetivo será obtener imágenes y mediciones que permitan estudiar estructuras coronales y longitudes de onda que resultan difíciles de observar desde la superficie terrestre.
Además, equipos universitarios lanzarán globos científicos en Islandia y España antes, durante y después del eclipse para analizar cambios en la atmósfera terrestre. En Islandia está previsto un programa de alrededor de 80 globos, distribuidos en distintas fases alrededor del momento de la totalidad.
La diferencia con 585 a.C. es extraordinaria. Entonces, la oscuridad podía detener una batalla porque nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo. En 1919, el eclipse permitió fotografiar estrellas y poner a prueba una teoría revolucionaria. En 2017, millones de personas participaron en una gigantesca experiencia científica y social. En 2026, los investigadores utilizarán aviones estratosféricos, globos, cámaras digitales, satélites y modelos computacionales para estudiar el Sol y la Tierra simultáneamente.
Y todavía falta el eclipse más largo
La historia de los eclipses tampoco termina en 2026.
Según los cálculos de NASA, el 16 de julio de 2186 ocurrirá el eclipse solar total más largo dentro del intervalo de 12.000 años comprendido entre 4000 a.C. y 8000 d.C. La totalidad durará aproximadamente 7 minutos y 29 segundos, y la trayectoria atravesará principalmente Colombia, Venezuela y Guyana.
Ese dato permite comprender algo fundamental: los eclipses no son acontecimientos completamente aleatorios. Son consecuencia de una mecánica celeste extraordinariamente precisa.
La duración de la totalidad depende de la distancia entre la Tierra y la Luna, la posición orbital de ambos cuerpos, la geometría de la alineación y la velocidad con la que la sombra lunar se desplaza sobre la superficie terrestre. Por eso los astrónomos pueden calcular eclipses con siglos e incluso milenios de anticipación.
De los presagios a la precisión matemática
La verdadera historia de los eclipses es, en realidad, la historia de cómo la humanidad aprendió a interpretar la naturaleza.
En el mundo antiguo, un eclipse podía significar muerte, guerra, castigo divino o cambio político. Con el desarrollo de la astronomía matemática comenzó a convertirse en un fenómeno predecible. Con Plutarco surgieron descripciones que siglos después adquirirían significado científico. En 1831 fue interpretado como una señal dentro de una lucha contra la esclavitud. En 1919 se convirtió en una herramienta para probar una teoría revolucionaria. En 2017 se transformó en un fenómeno científico y cultural de masas.
Y en 2026, el eclipse vuelve a demostrar que la ciencia no ha terminado de extraer información de un fenómeno que la humanidad observa desde hace miles de años.
La paradoja es extraordinaria: el mismo cielo que alguna vez provocó miedo porque parecía romper las reglas del mundo es hoy uno de los mejores lugares para comprobar que esas reglas existen y pueden ser medidas.
La revisión histórica de estos eclipses también deja una precisión importante: aunque se hable de “siete eclipses que dejaron huella”, el propio recorrido histórico incluye además el acontecimiento futuro de 2186, por lo que el relato puede entenderse mejor como una selección de hitos históricos acompañada por una proyección hacia el futuro. Más que una lista cerrada, representa una línea de tiempo que conecta la prehistoria con la astronomía del siglo XXI.
Y el próximo capítulo está a punto de comenzar: el 12 de agosto de 2026, cuando la sombra de la Luna vuelva a atravesar parte del planeta, millones de personas mirarán hacia el mismo fenómeno que durante milenios fue interpretado como un mensaje de los dioses. La diferencia es que ahora la humanidad no solo observará la oscuridad: intentará utilizarla para comprender mejor el Sol, la atmósfera, la Tierra y las leyes que gobiernan el universo.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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