
El pastor John Piper ha dedicado su vida a enseñar cómo la verdad de que «Dios es más glorificado en nosotros cuanto más satisfechos estamos en Él» afecta todas las áreas de la vida del creyente: la lectura de la Biblia (con su libro Lectura sobrenatural de la Biblia), la predicación (con Exultación expositiva) y el ayuno (con Hambre de Dios) son solo algunos ejemplos. Las misiones, por supuesto, no son la excepción.
En ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones (Editorial Clie, 2007), el «hedonista cristiano» John Piper nos muestra cómo la adoración es el combustible y el objetivo de las misiones. Este es un recurso que por décadas ha sido influyente en las vidas de incontables líderes y misioneros, y se ha convertido en un texto requerido en el estudio de las misiones. De hecho, recientemente tuve que estudiarlo para una materia de mis estudios en el seminario.
Piper argumenta que Dios desea hacer conocer Su gloria para que gente de toda nación, tribu, pueblo y lengua pueda disfrutar de ella por la eternidad. Trabajar para el cumplimiento de ese propósito es la labor misionera de la iglesia. ¡Alégrense las naciones! no solo está dirigido a misioneros; sino para cualquiera que desee ser parte de que «las naciones se alegren en la gloria de Dios a través de Jesucristo» (p. 21).
Entendiendo las misiones y su objetivo final
El autor divide su obra en tres partes. En la primera nos presenta el propósito, el poder y el precio de las misiones. El propósito de las misiones, según Piper, es la adoración a Dios. «Las misiones existen porque la adoración no existe», escribe (p. 58). La labor misionera de la iglesia requiere que llamemos a las personas a dejar de buscar satisfacción en lo creado y se deleiten en el Creador. Piper también afirma que la pasión por Dios de los creyentes será la que los impulse a salir como misioneros y evangelistas. Así, la adoración es tanto el propósito como el combustible de las misiones.
El combustible, sin embargo, no quema sin la chispa de la oración. Este es el instrumento que Dios usa para mostrar que la salvación le pertenece a Él. En palabras de Piper, «la oración es un reconocimiento abierto de que sin Cristo no podemos hacer nada» (p. 78). Al mismo tiempo, el autor tiene cuidado en recordar a los lectores que la oración no es la tarea principal de la obra misionera: hemos de predicar la Palabra, pues esa es el arma —manejada con el poder de la oración— que Dios ha determinado usar para la salvación de las naciones (p. 83).
Las misiones tienen el propósito de que las personas atesoren a Dios por sobre todas las cosas
Piper concluye esta sección resaltando el papel del sufrimiento en las misiones: Dios santifica a Sus siervos a través de los padecimientos, empujándolos a poner su esperanza solamente en Él, lo que los capacita cada vez más para la labor misionera (p. 108).
En la segunda parte del libro, el autor describe la necesidad y la naturaleza de las misiones. Piper dedica un capítulo a mostrar con las Escrituras cómo es que Jesucristo es el único camino para la salvación, refutando a los que piensan que el rechazar a Cristo no resultará en un castigo eterno y consciente.
Abrazar el universalismo (la idea de que todos serán salvos) o el aniquilacionismo (la idea de que los incrédulos serán destruidos en lugar de sufrir en el infierno para siempre), de acuerdo con Piper, le resta urgencia a la labor misionera (142). Piper también expone cómo la Biblia muestra que el sacrificio expiatorio de Cristo es el único medio que Dios ha provisto para la salvación eterna y cómo Él ha determinado que los elegidos sean salvos tras escuchar la predicación del mensaje del evangelio (184).
En el segundo capítulo de esta sección, Piper explica qué significa hacer discípulos de «todas las naciones». El autor hace una distinción entre los misioneros pioneros que llevan el evangelio a lugares no alcanzados y los evangelistas locales que continúan con la obra de predicar en los lugares donde ya hay iglesias establecidas. Ambas tareas son necesarias, pero la tarea misionera se enfoca en llevar el evangelio a los grupos étnicos que todavía no han escuchado el evangelio de Cristo.
La última sección del libro lleva por nombre «El resultado práctico de la compasión y la adoración» (p. 242). Aquí Piper describe la influencia que el teólogo Jonathan Edwards ha tenido en su pensamiento, particularmente respecto a la razón última de la existencia humana: la gloria de Dios. Piper afirma que el poner la gloria de Dios en el centro de las misiones inevitablemente despertará en los creyentes una gran compasión por los perdidos, puesto que cambiar la gloria de Dios por las cosas de este mundo destruye el alma humana (p. 249).
Finalmente, Piper concluye su obra aclarando a qué se refiere cuando dice que el propósito final de las misiones es la adoración. La adoración no se limita a los cultos dominicales o al tiempo de música en la reunión de la iglesia. «Esta es la esencia de la adoración», escribe, «vivir de tal forma que refleje cuánto valoramos la gloria de Dios» (p. 262).
Así, las misiones no tienen el objetivo final de que las personas se vistan de cierta manera o asistan a una reunión en particular; las misiones tienen el propósito de que las personas atesoren a Dios por sobre todas las cosas… eso transformará para siempre la manera en que piensan, hablan y actúan. Deleitarse en Dios es la verdadera vida de adoración.
Fortalezas de una obra perdurable
La fortaleza principal de este libro se encuentra en la sencillez y claridad de la tesis principal: «las misiones existen porque la adoración no existe» (p. 58). Una vez que aceptamos esta verdad, todo lo demás se coloca en su lugar. Así, podemos comprender que la meta del misionero es predicar a Cristo para que Dios sea glorificado, no simplemente implementar programas de desarrollo social, por buenos que estos puedan ser.
Piper hace un excelente trabajo para ayudarnos a ver cómo es que la adoración a Dios también es crucial para que seamos impulsados a emprender la labor misionera: si no estamos cautivados por la belleza de Dios en Cristo, jamás iremos; si hemos contemplado esa gloria, no podremos sino ir. Piper advierte en contra de enfocarse en debates sobre métodos y estrategias, afirmando que «el celo de la Iglesia por la gloria de su Rey no aumentará hasta que los pastores, los líderes de los grupos misioneros y los profesores de seminario no presenten mejor al Rey» (p. 56).
Al ser cada vez más cautivados por la belleza de nuestro Dios, no podremos sino ir y contarle al mundo acerca de Sus misericordias
La pasión del autor por la gloria de Jesucristo se deja ver en cada página; es imposible no contagiarse. Piper también hace un buen trabajo en sostener de manera bíblica la tensión entre mandatos que pueden parecer contradictorios: ¿Oramos o predicamos para que Dios salve a las personas? Ambas cosas: «La oración es el poder que maneja el arma que tenemos en la Palabra, y la Palabra es el arma con el que las naciones serán llevadas a la fe y a la obediencia… no tiene ningún sentido orar para que Dios abra los corazones de las personas si no se les ha presentado el evangelio» (p. 83).
Otra de las fortalezas más destacables del libro es el detalle con el que se expone que la tarea misionera de la iglesia es llevar el evangelio a los grupos étnicos en los que todavía no ha sido predicado (p. 225). Esto nos enfoca a mantener una visión global, sin descuidar la labor evangelística local en los lugares donde ya hay iglesias establecidas.
No obstante, es bueno recordar que este libro no lo dice todo sobre misiones. Por ejemplo, se podría considerar una debilidad que el libro enfatice la teoría. Los lectores podrían terminar pensando «¡Todo esto suena maravilloso! Quiero ir, quiero enviar. ¿Cómo lo hago?». El epílogo de Tom Steller nos da un vistazo de cómo luce el énfasis misionero en la iglesia local… pero solo un vistazo. Hay muchas preguntas sin resolverse. ¿Cómo encontramos los grupos étnicos no alcanzados? ¿Cómo equipamos a los misioneros antes de enviarlos? ¿Cómo sostenemos a largo plazo la economía de estos misioneros, particularmente en los países del Sur Global, donde el cristianismo está creciendo?
No obstante, aunque Piper nos deja con preguntas sobre cómo implementar la teoría de su libro, es innegable que nos provee de todos los incentivos para ir a encontrar respuestas por nosotros mismos y poner en práctica el enfoque misionero centrado en la gloria de Dios.
Un recurso para la iglesia
¡Alégrense las naciones! es un recurso valiosísimo para la iglesia, y al estudiarlo pude ver por qué ha sido tan influyente. Como Piper escribe en su prefacio, es un libro que debe ser leído por misioneros, pastores, líderes y miembros de la iglesia en general. Cada creyente es parte de la obra misionera y debe ser expuesto a la verdad de que Dios es el centro de esta labor: la adoración a Él es el propósito por el que vamos y enviamos.
El Señor es digno de alabanza y las personas fueron creadas para esa alabanza, fruto de un deleite genuino en Él. No solo eso, la adoración a Dios es lo que nos impulsa a ir y enviar. Al ser cada vez más cautivados por la belleza de nuestro Dios, no podremos sino ir y contarle al mundo acerca de Sus misericordias.
Este libro me recordó que, incluso cuando todo parece ir en nuestra contra —cuando la distracción permea en la iglesia, cuando los recursos económicos son escasos, cuando la inexperiencia nos deja paralizados—, podemos confiar en que Dios sigue obrando y cumplirá cada uno de Sus propósitos. Lo único que nosotros debemos hacer es aferrarnos a Él y seguir adelante, hasta que Su evangelio alcance a todos los pueblos de la tierra.
Publicado por: Ana Ávila
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/resenas/proposito-misiones-adoracion/
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