
- El mal mantenimiento causó 670 muertes y unos 23.000 heridos en diez años
- La ITV no sustituye las revisiones de frenos, luces, neumáticos y líquidos
- Ruidos, vibraciones y testigos encendidos pueden anticipar averías graves
Un coche mal mantenido no siempre se detiene en el arcén con un poco de humo y una llamada a la grúa. A veces sigue circulando, aparentemente normal, hasta que una bombilla fundida, un neumático fatigado o unos frenos al límite convierten una maniobra corriente en un siniestro. La falta de conservación de los vehículos estuvo relacionada con 670 fallecidos y unos 23.000 heridos en España durante los últimos diez años, según un estudio presentado este 14 de julio por la Fundación Línea Directa. Cuando el vehículo implicado presenta defectos, la letalidad del accidente se multiplica por cinco.
La prevención empieza por algo bastante menos heroico que saber reaccionar ante un derrape: mirar el coche antes de que proteste. Comprobar periódicamente la presión y el dibujo de los neumáticos, probar todas las luces, atender los ruidos o vibraciones al frenar, vigilar los líquidos y respetar las revisiones previstas por el fabricante permite detectar muchos problemas cuando todavía son pequeños, baratos y, sobre todo, inocentes. La ITV no sustituye al mantenimiento, del mismo modo que un reconocimiento médico cada varios años no convierte en saludable cualquier hábito.
670 muertes y una avería que casi nunca llega sola
La parte demoscópica del informe se elaboró mediante 1.700 entrevistas realizadas entre el 11 y el 18 de junio de 2026, distribuidas por sexo, edad y comunidad autónoma, con un margen de error del 2,37 %. Sus resultados describen una relación inquietante con el automóvil: millones de personas reconocen retrasos prolongados en las revisiones, la ITV o el mantenimiento básico, una dejadez que suele crecer conforme envejece el vehículo.
No todos los defectos provocan directamente un accidente. Una luz de posición fundida, por sí sola, rara vez lanza un coche contra otro. El problema aparece cuando los fallos se acumulan: poca iluminación, neumáticos con baja adherencia, amortiguadores cansados y un conductor que descubre el conjunto en una curva mojada. La mecánica tiene esa costumbre poco elegante de sumar errores en silencio y presentar la factura de golpe.
Según la Fundación Línea Directa, el 18 % de los vehículos no supera la ITV en el primer intento. En 2024 se impusieron cerca de 600.000 multas por no tener la inspección en regla, un 51 % más que en 2015. Más de seis millones de conductores admiten haber circulado alguna vez con la ITV caducada y unos 880.000 lo hicieron durante meses o incluso años. No hablamos, pues, del despiste de quien descubre la fecha dos mañanas tarde; hay coches que atraviesan estaciones enteras fuera de control administrativo y técnico.
Un parque viejo, pero no necesariamente condenado
La antigüedad media de los vehículos en España alcanza los 14,5 años, un 60 % más que en 2010. La edad, conviene precisarlo, no convierte automáticamente un coche en una trampa. Un vehículo veterano, bien conservado y revisado, puede circular con seguridad; uno nuevo también puede volverse peligroso si rueda con neumáticos desinflados o ignora un testigo rojo en el cuadro. La diferencia está en que el desgaste aumenta con el tiempo y exige más atención, justo cuando muchos propietarios empiezan a invertir menos.
El informe calcula que 9,6 millones de conductores no realizan un mantenimiento anual y que alrededor de 650.000 dejan pasar tres años o más entre revisiones. El motivo principal es económico para el 52 %. No resulta difícil entenderlo: taller, vivienda, combustible, seguro, impuestos… el coche familiar se ha convertido en una pequeña administración paralela con ruedas. Pero aplazar una intervención necesaria no elimina su coste; normalmente lo engorda. Una alineación ignorada desgasta antes las cubiertas, un nivel bajo de aceite puede dañar el motor y unas pastillas consumidas terminan mordiendo los discos.
La seguridad vial no debería utilizar estas cifras para repartir superioridad moral. Quien retrasa una revisión porque no llega a fin de mes no necesita una bronca desde un despacho, sino alternativas razonables, información clara y una política de movilidad que no obligue a tantas familias a conservar durante décadas el único vehículo que pueden pagar. Comprender el problema, eso sí, no vuelve menos peligroso circular con los frenos agotados. La tolerancia termina donde comienza el arcén.
La ITV caducada no es un adorno en la guantera
Circular con la ITV vencida puede ser sancionado con 200 euros. Cuando el resultado es desfavorable, el vehículo únicamente puede desplazarse al taller y regresar a la estación para repetir la inspección dentro del plazo establecido. Si el resultado es negativo porque existe un defecto muy grave, no puede circular ni siquiera hasta el taller: debe viajar en grúa.
La puntualidad tampoco es un capricho burocrático. El estudio observa que quienes acuden dentro de plazo obtienen mejores tasas de aprobación, mientras que los retrasos se relacionan con más defectos. Tiene lógica. La ITV no estropea el coche mientras espera en el calendario; simplemente encuentra lo que ha seguido envejeciendo durante esos meses de prórroga imaginaria que algunos conductores se conceden a sí mismos.
También conviene desterrar una confusión frecuente: superar la inspección significa que el vehículo cumplía las condiciones mínimas examinadas ese día. No garantiza que una correa vaya a resistir otro año, que las pastillas tengan recorrido suficiente para las vacaciones o que una batería fatigada sobreviva al siguiente episodio de calor. Aprobar la ITV no equivale a obtener inmunidad mecánica.
Luces, frenos y neumáticos: los fallos que avisan
El informe sitúa entre las deficiencias más habituales las relacionadas con el alumbrado, con un 37 %, seguidas por los fallos del motor y la transmisión, con un 19 %, y los frenos, con un 12 %. Las estadísticas generales de inspecciones también colocan de forma recurrente el alumbrado, las emisiones, las ruedas, la suspensión y el sistema de frenado entre las principales causas de rechazo. Cambian las clasificaciones y los porcentajes; el paisaje es reconocible.
Las luces se pueden comprobar en pocos minutos. Basta con encender posición, cruce, carretera, antiniebla, marcha atrás, intermitentes y emergencia, observando el coche desde fuera o reflejándolo contra una pared. Para las luces de freno hace falta otra persona o una superficie donde se vea el destello. No solo importan las bombillas: una óptica opaca, sucia, rota o mal regulada reduce la visibilidad y puede deslumbrar. El alumbrado del vehículo sirve para ver, naturalmente, pero también para no convertirse en una sombra sin matrícula en mitad de la noche.
Los neumáticos reclaman una inspección algo más atenta. La presión debe medirse en frío y ajustarse a la cifra indicada por el fabricante, que suele aparecer en el marco de la puerta, la tapa del depósito o el manual. El dibujo legal mínimo es de 1,6 milímetros, aunque esperar a rozar ese límite cuando se circula con lluvia es una apuesta bastante pobre. Cortes, grietas, bultos, objetos clavados o un desgaste mayor en un lateral exigen revisión. La rueda puede estar contando un problema de alineación, suspensión o presión sin pronunciar una sola palabra.
Los frenos suelen hablar mediante el tacto y el oído. Un pedal demasiado blando, excesivamente duro, con más recorrido que antes o acompañado de vibraciones merece atención inmediata. También los chirridos persistentes, el desplazamiento del coche hacia un lado, el encendido de un testigo o una distancia de frenado que parece haberse estirado. Conviene revisar pastillas, discos y líquido de frenos; este último debe mantenerse entre las marcas del depósito, aunque una bajada anormal no se resuelve rellenando y fingiendo que nada ocurre. Puede indicar desgaste o una fuga.
Las pequeñas señales que el conductor normaliza
Hay averías que entran en la rutina como un vecino ruidoso. El volante vibra «solo a cierta velocidad», el coche rebota un poco más en los badenes, la batería necesita un segundo intento las mañanas frías, el limpiaparabrisas deja una franja borrosa justo delante de los ojos. Al cabo de unas semanas, el conductor deja de percibirlo. El defecto sigue ahí, perfectamente cómodo.
Una dirección con holguras, ruidos, dureza al girar o desgaste desigual en las ruedas debe revisarse. La suspensión deteriorada puede pasar inadvertida porque pierde eficacia poco a poco, pero condiciona la estabilidad, el contacto del neumático con el asfalto y la frenada. Si el vehículo rebota en exceso, se inclina más de lo habitual, cabecea al detenerse o parece flotar en carretera, la suspensión del coche necesita una inspección profesional.
La batería avisa mediante arranques lentos, fallos eléctricos, bornes sulfatados o luces que pierden intensidad. El aceite se comprueba con el coche nivelado y siguiendo las indicaciones del fabricante; el refrigerante, siempre con el motor frío, porque abrir el circuito caliente es una forma muy eficaz de convertir una revisión casera en una urgencia médica. También deben vigilarse el líquido limpiaparabrisas, las escobillas, el parabrisas y cualquier grieta situada en el campo de visión o cerca de cámaras y sensores. En los coches actuales, un cristal no es solo cristal: forma parte de la estructura y sirve de soporte a varios sistemas de ayuda a la conducción.
Cómo revisar el coche sin jugar a ser mecánico
Una comprobación doméstica sensata no consiste en desmontar media carrocería sobre la acera. Consiste en observar. Una vez al mes y antes de un viaje largo conviene rodear el vehículo, mirar los neumáticos, encender las luces y buscar manchas bajo el motor. Después, ya dentro, hay que prestar atención al cuadro, al tacto de los pedales, a los sonidos nuevos y a cualquier cambio en la dirección o la frenada. Cinco minutos, quizá diez. Menos tiempo del que se pierde buscando una canción para el trayecto.
El manual del vehículo y su programa de mantenimiento marcan cuándo deben cambiarse aceite, filtros, correas, bujías, líquidos y otros componentes. Esas frecuencias varían según el modelo, el motor, el kilometraje y el uso. Un coche que recorre trayectos urbanos breves, arranca muchas veces y pasa horas bajo temperaturas extremas puede sufrir más que otro con kilómetros de carretera estable. Los kilómetros no cuentan toda la historia; también pesan los años y las condiciones de circulación.
Los testigos del cuadro merecen una interpretación sencilla. El rojo suele exigir detenerse en un lugar seguro y consultar el manual; el ámbar advierte de una anomalía que debe revisarse sin dejarla madurar durante meses. Borrar un aviso mediante un dispositivo electrónico sin reparar la causa es el equivalente mecánico de quitar la pila al detector de humo: se recupera el silencio, no la seguridad del vehículo.
Cuando aparezcan vibraciones intensas, olor a quemado, pérdida de potencia, humo, sobrecalentamiento, fugas, problemas de dirección o anomalías en los frenos, el coche debe ser examinado por un profesional. La inspección visual del propietario sirve para detectar, no para improvisar reparaciones críticas. Hay una frontera bastante clara entre comprobar la presión de una rueda y abrir un circuito hidráulico de frenado con un tutorial reproduciéndose al lado.
El mantenimiento más caro es el que llega tarde
El debate sobre el estado del parque móvil español no puede reducirse a culpar al dueño del coche antiguo. Hay salarios, precios de vehículos y una dependencia del automóvil que explican buena parte del envejecimiento. Tampoco conviene caer en el argumento contrario, ese que convierte cualquier revisión en una conspiración recaudatoria. Un neumático deformado no conoce la renta del conductor ni su opinión sobre la ITV; pierde adherencia con impecable neutralidad democrática.
Mantener el vehículo significa conservar frenos, dirección, neumáticos, suspensión, luces y visibilidad dentro de condiciones seguras, pero también evitar averías mayores, consumos innecesarios y reparaciones más costosas. El beneficio económico existe. El decisivo, sin embargo, se mide de otra manera: en metros que el coche no recorre cuando debería detenerse, en una curva que consigue trazar, en un peatón que puede ver a tiempo.
Las 670 muertes asociadas al mal mantenimiento durante una década no describen una fatalidad inevitable. Señalan una cadena de decisiones pequeñas, algunas económicas, otras negligentes y muchas nacidas de la costumbre. El coche suele avisar antes de fallar. Lo hace con una vibración, una luz, un ruido extraño o una fecha impresa en la tarjeta de inspección. Conviene escucharlo mientras todavía habla bajo.
Publicado por: Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/fallos-coches-dejaron-670-muertos/
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