
- El ataque a Saná impidió aterrizar a un vuelo iraní y dañó la pista
- Los hutíes respondieron con misiles y drones contra el aeropuerto de Abha
- La escalada amenaza la tregua y agrava la crisis humanitaria de Yemen
La frágil calma de Yemen saltó por los aires el 13 de julio de 2026 después de que varios proyectiles dañaran la pista del aeropuerto internacional de Saná, bajo control hutí. El Gobierno yemení reconocido internacionalmente asumió la operación y aseguró que pretendía impedir el aterrizaje de un avión iraní que entraba en el país sin autorización. Los hutíes, que se denominan Ansarolá y cuentan con el respaldo de Teherán, atribuyeron directamente el bombardeo a Arabia Saudí.
La respuesta llegó pocas horas después. El movimiento hutí anunció el lanzamiento de misiles y drones contra el aeropuerto de Abha, cerca de la frontera con Yemen, y otras posiciones militares del sur del reino. Riad afirmó haber interceptado los misiles y, por el momento, no se han comunicado víctimas. Es el primer ataque reivindicado por Ansarolá contra territorio saudí desde que comenzó la distensión de 2022. Una tregua que nunca fue una paz, aunque durante cuatro años se pareciera bastante a ella desde lejos.
El choque abre una grieta seria en el alto el fuego informal que había reducido los ataques transfronterizos entre los hutíes y Arabia Saudí. También devuelve a primer plano una guerra civil que nunca terminó del todo, sepultada durante meses bajo otros incendios regionales. En Oriente Próximo, por desgracia, las treguas suelen tener la estabilidad de una taza colocada en el borde de la mesa: basta un movimiento brusco para volver a escuchar el estrépito.
Un avión iraní, una pista destrozada y el regreso de los misiles
El detonante fue un vuelo de la aerolínea iraní Mahan Air que debía trasladar hasta Saná a una delegación hutí procedente de Teherán. Las autoridades yemeníes alineadas con Arabia Saudí habían rechazado el permiso de entrada y consideraban que la aeronave vulneraba las normas de soberanía y aviación civil del país.
Pese a esa negativa, el avión puso rumbo al aeropuerto controlado por los hutíes. El Ministerio de Defensa yemení ordenó entonces atacar la pista para impedir el aterrizaje. Tras quedar inutilizada parcialmente, la aeronave se desvió hacia Hodeida, ciudad portuaria del mar Rojo también dominada por Ansarolá, donde finalmente tomó tierra con la delegación a bordo.
El Gobierno yemení sostiene que el vuelo transportaba no solo dirigentes políticos, sino también equipamiento y personal iraní destinado a reforzar las capacidades militares hutíes. Esa acusación no ha sido verificada de manera independiente. Ansarolá afirma, por su parte, que se trataba de un vuelo oficial y que el ataque buscaba mantener el aislamiento aéreo de Saná, con consecuencias para pacientes y civiles que necesitan viajar.
Aquí conviene separar los hechos de los altavoces. La pista fue atacada, el vuelo iraní no aterrizó en Saná y acabó en Hodeida. A partir de ahí comienza la niebla habitual de la guerra: cada bando presenta una versión cuidadosamente pulida, con la soberanía en una mano y la propaganda en la otra.
La autoría saudí no está confirmada
Los hutíes acusaron a Arabia Saudí de ejecutar los ataques aéreos. Sin embargo, fue el Gobierno yemení reconocido por Naciones Unidas, estrechamente apoyado por Riad, quien reivindicó públicamente la operación. Las autoridades saudíes no confirmaron de inmediato que sus propias fuerzas participaran en el bombardeo.
No es un matiz menor. Afirmar sin reservas que Arabia Saudí bombardeó Saná convertiría una acusación hutí en un hecho probado. Lo confirmado es que fuerzas vinculadas al Gobierno yemení atacaron el aeropuerto y que la operación contó con respaldo saudí, según representantes de ese Ejecutivo. La diferencia puede parecer una filigrana diplomática, pero en una escalada militar la atribución decide quién responde, contra quién y con qué excusa.
Ansarolá no se entretuvo demasiado con esas sutilezas. Consideró a Riad responsable político y militar, declaró terminado el periodo de desescalada y advirtió a las aerolíneas internacionales de que evitaran el espacio aéreo saudí mientras continuara lo que denomina el bloqueo de Saná.
Abha vuelve a colocarse en la diana hutí
El aeropuerto internacional de Abha fue el objetivo principal de la represalia anunciada por el portavoz militar hutí, Yahya Sarea. Situado en el suroeste de Arabia Saudí, relativamente cerca de la frontera yemení, el aeródromo ya había sufrido ataques con drones y misiles durante los años más intensos de la guerra.
Las fuerzas saudíes aseguraron haber interceptado los proyectiles dirigidos hacia su región meridional. Ansarolá afirmó que combinó misiles balísticos y aeronaves no tripuladas, una fórmula habitual en sus ofensivas para saturar las defensas antiaéreas. No se han divulgado daños significativos ni víctimas, aunque la ausencia inicial de bajas no reduce la gravedad política del ataque: los hutíes han demostrado que vuelven a considerar legítimo golpear territorio saudí.
Abha no es una elección casual. Es un aeropuerto civil, pero también posee un fuerte valor simbólico por su proximidad a Yemen y por los precedentes sangrientos. En 2019, un ataque hutí contra estas instalaciones causó un muerto y más de veinte heridos. En 2022, los restos de un dron interceptado hirieron a varias personas. El mensaje resulta bastante transparente: si Saná no puede operar con normalidad, los aeropuertos saudíes tampoco deben sentirse cómodos.
La frontera sur entra de nuevo en tensión
El lanzamiento contra Abha estuvo acompañado, según Ansarolá, por ataques con drones dirigidos contra posiciones militares saudíes en la frontera. La información disponible no permite confirmar el alcance de esa ofensiva ni determinar si los aparatos alcanzaron sus objetivos.
Las zonas montañosas de Jizán, Asir y Najrán fueron durante años escenario de incursiones, fuego de artillería y lanzamientos hutíes. El descenso de la violencia desde 2022 había permitido a Arabia Saudí rebajar la presión sobre su frontera sur y concentrarse en una negociación indirecta con Ansarolá. Ese precario acomodo queda ahora tocado. No necesariamente roto, pero sí con una hermosa grieta en mitad del cristal.
La reacción saudí será decisiva. Riad puede limitarse a reforzar sus defensas, presionar al Gobierno yemení y buscar una mediación, o reactivar una campaña aérea directa contra posiciones hutíes. Esta última opción supondría regresar a una estrategia que durante años causó enormes daños en Yemen sin lograr derrotar a Ansarolá. Mucha potencia de fuego, resultados discutibles. El viejo manual de la región.
Cuatro años de calma informal amenazados
La tregua impulsada por Naciones Unidas entró en vigor en abril de 2022 y expiró formalmente seis meses después, pero sus elementos esenciales continuaron aplicándose de manera informal. Arabia Saudí y los hutíes redujeron los ataques directos, se abrieron canales de negociación y la guerra quedó congelada en buena parte del territorio.
No hubo un acuerdo político definitivo. Ansarolá mantuvo el control de Saná y de amplias zonas del norte y el oeste, donde vive gran parte de la población. El Gobierno reconocido internacionalmente conservó su base institucional en el sur, aunque debilitado por disputas internas y por la pugna entre las facciones respaldadas respectivamente por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.
El equilibrio era extraño, pero funcionaba mejor que los bombardeos diarios. Los hutíes podían consolidar su administración, Riad reducía el coste militar de la intervención y la población disfrutaba de una violencia algo menos asfixiante. Nadie había resuelto la guerra; simplemente se había bajado el volumen.
El ataque a Saná y la respuesta sobre Abha alteran ese pacto tácito. El enviado especial de Naciones Unidas para Yemen, Hans Grundberg, ha advertido del riesgo de perder la relativa calma lograda desde 2022. El Consejo de Seguridad también abordó la crisis en una sesión de emergencia y reclamó contención a las partes.
Irán y Arabia Saudí vuelven a medir fuerzas en Yemen
La presencia del avión iraní añade una dimensión regional que Yemen conoce demasiado bien. Teherán respalda a Ansarolá con asesoramiento, tecnología militar y apoyo político, mientras Arabia Saudí sostiene al Gobierno reconocido internacionalmente. Ambos países restablecieron relaciones diplomáticas en 2023, pero la reconciliación nunca eliminó sus intereses enfrentados.
Para Riad, una conexión aérea directa entre Irán y Saná podría convertirse en un corredor para trasladar componentes de misiles, especialistas o sistemas electrónicos. Para los hutíes, impedir esos vuelos supone negarles la capacidad de relacionarse con un aliado y mantener al norte de Yemen bajo aislamiento. Las dos partes invocan la soberanía y las dos la interpretan según el mapa que les conviene.
El conflicto adquiere todavía más peligro por la capacidad de Ansarolá para atacar la navegación en el mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb, una de las rutas comerciales más importantes del planeta. Los hutíes ya han demostrado que pueden proyectar la guerra más allá de Yemen, obligar a desviar buques y elevar los costes del transporte marítimo.
Una reanudación abierta de las hostilidades con Arabia Saudí ampliaría el arco de tensión desde la frontera yemení hasta las rutas energéticas del golfo. Riad dispone de mejores sistemas defensivos y una fuerza aérea muy superior, pero Ansarolá juega con otra baraja: armas relativamente baratas, objetivos caros y una paciencia que no cotiza en bolsa.
Los civiles vuelven a quedar debajo del tablero
Yemen continúa atrapado en una de las mayores crisis humanitarias del mundo. Más de 22 millones de personas necesitan algún tipo de asistencia o protección en 2026, mientras millones de desplazados sobreviven con servicios sanitarios frágiles, alimentos cada vez más caros y una economía dividida entre administraciones rivales.
El aeropuerto de Saná posee una importancia especial para los pacientes que necesitan tratamiento fuera del país, las familias separadas y el transporte de ayuda. Atacar una pista puede perseguir un objetivo militar concreto, pero también estrangula una infraestructura civil en un país donde casi nada funciona con normalidad. Lo mismo cabe decir de los ataques hutíes contra Abha: convertir un aeropuerto civil en blanco militar expone a pasajeros y trabajadores que no participan en las decisiones de ningún Gobierno.
La responsabilidad no se diluye porque cada bando tenga una explicación solemne. El Gobierno yemení puede defender su derecho a controlar el espacio aéreo; los hutíes, su derecho a responder a un ataque. Ninguno obtiene con ello permiso para ignorar el principio de distinción entre objetivos militares y civiles. La guerra tiene leyes, aunque a muchos combatientes les parezcan una nota al pie bastante incómoda.
También se ha complicado el intercambio de prisioneros que estaba siendo negociado con mediación del Comité Internacional de la Cruz Roja. El acuerdo quedó bloqueado en los días previos a la escalada, mientras las partes se acusaban mutuamente. Una aeronave de la organización permaneció retenida temporalmente en Saná, aunque su personal y la tripulación estaban localizados y a salvo. Otro pequeño engranaje humanitario atrapado entre gigantes que se empujan.
La tregua entra en territorio desconocido
El nuevo choque no significa necesariamente que Arabia Saudí y los hutíes hayan regresado a una guerra total. Ninguna de las dos partes parece obtener grandes beneficios de esa opción. Riad lleva años intentando salir del conflicto sin presentar su retirada como una derrota, mientras Ansarolá ha aprovechado la calma para afianzar su poder y ganar reconocimiento político.
Pero la escalada ha roto un tabú: después de cuatro años, los misiles hutíes vuelven a apuntar contra Arabia Saudí y el aeropuerto de Saná vuelve a recibir impactos de fuerzas vinculadas al bloque respaldado por Riad. Lo ocurrido puede quedar como una represalia limitada o convertirse en el primer capítulo de una nueva campaña. Dependerá de las siguientes decisiones, no de las declaraciones grandilocuentes que ya circulan con puntualidad militar.
El episodio demuestra también que Yemen no es un escenario secundario ni una guerra dormida. Es un país fragmentado, armado y conectado a todas las tensiones de la región: Irán, Arabia Saudí, el mar Rojo, las rutas comerciales y la competición por el poder en el golfo. Basta un avión que no recibe permiso para aterrizar, una pista agujereada y varios misiles cruzando la frontera para recordar que bajo la ceniza seguían quedando brasas. Muchas.
Publicado por: Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/nuevo-choque-entre-arabia-saudi-y-los-huties/
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