
El pasado precolombino de Uruguay suele reducirse a la imagen de unos pocos indígenas que habitaban la región a la llegada de los españoles. Sin embargo, la evidencia arqueológica muestra que la presencia humana en este territorio es mucho más antigua y diversa. Dos instituciones montevideanas custodian las claves para entender esa historia: el Museo de Historia del Arte (MUHAR) y el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI). Sus colecciones, junto con los hallazgos de sitios como Arroyo Catalán y los Cerritos de Indios, permiten trazar un recorrido que abarca más de catorce milenios.
MUHAR y MAPI
El MUHAR, ubicado en el subsuelo de la Intendencia de Montevideo, alberga la colección de arte precolombino más relevante de Uruguay. Incluye arqueología local, arte colonial americano y más de 2.000 piezas líticas provenientes de misiones arqueológicas en zonas como Arroyo Catalán, en el departamento de Artigas. Su entrada es gratuita y abre de martes a sábados. El museo también resguarda objetos de arte oriental e islámico, textiles mayas y una importante colección de arte africano.
El MAPI, situado en el corazón de la Ciudad Vieja, ofrece una exposición permanente con más de 700 piezas arqueológicas y etnográficas de diferentes culturas latinoamericanas, con especial énfasis en los pueblos que habitaron el actual Uruguay. Su colección se organiza en dos espacios temáticos y cinco áreas geográfico-culturales, que incluyen desde el periodo Paleoindio hasta las regiones andina, intermedia y mesoamericana. El valor general de la entrada es de $200 y abre de lunes a sábados. El edificio que ocupa, construido a fines del siglo XIX, fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1986.
Arroyo Catalán
Las piezas líticas halladas en la cuenca del Arroyo Catalán, en Artigas, representan el testimonio más antiguo de presencia humana en Uruguay, datado entre 10.000 y 14.000 años. Estas herramientas fueron talladas por comunidades de cazadores-recolectores nómadas a partir de rocas locales de alta calidad, como calcedonia, jaspe y ágata, seleccionadas por su resistencia y capacidad de fractura predecible. El conjunto expuesto en el MUHAR incluye raspadores, perforadores, raederas, machacadores y puntas de proyectil utilizadas para la caza de megafauna prehistórica.
Los Cerritos de Indios
Entre los hallazgos más reveladores se encuentran los Cerritos de Indios: más de 3.000 montículos de tierra artificial distribuidos en los departamentos de Rocha, Treinta y Tres y Tacuarembó. Los más antiguos, ubicados en India Muerta (Rocha), tienen entre 4.200 y 5.000 años de antigüedad.
Lejos de ser simples acumulaciones de desechos, estos montículos funcionaban como aldeas semi-sedentarias, espacios de cultivo (con evidencias de maíz, poroto y zapallo) y cementerios ceremoniales. Fueron declarados Monumento Histórico Nacional en 2008. Esta evidencia revolucionó la historia local al demostrar que, hace unos 4.500 años, ya se practicaba agricultura temprana en la región. Lo cual desmintió la idea de que los indígenas del territorio eran exclusivamente nómadas.
El sitio Pay Paso y las puntas «cola de pescado»
El sitio arqueológico Pay Paso, también en Artigas, ha sido clave para entender las primeras ocupaciones humanas. Allí se han hallado las llamadas puntas de proyectil «cola de pescado», diseñadas para perforar el grueso cuero de mamíferos gigantes como gliptodontes y perezosos terrestres. Estas piezas, que muestran un trabajo bifacial y una búsqueda de simetría, son consideradas la mejor evidencia estratigráfica de las migraciones humanas a fines del Pleistoceno en la región.
Para el siglo XVI, el territorio uruguayo estaba habitado por diversas macroetnias. En las llanuras centrales y del sur predominaban los charrúas, un complejo de pueblos que incluía a minuanes, yaros y guenoas. Eran comunidades nómadas de cazadores y guerreros que, tras el contacto con los españoles, asimilaron el caballo y se transformaron en una poderosa sociedad ecuestre.
En las riberas de los ríos Uruguay y de la Plata vivían los chaná, hábiles pescadores, navegantes y ceramistas avanzados. Los guaraníes, procedentes del norte, expandieron su influencia hacia el sur, introduciendo la horticultura itinerante y la alfarería corrugada. Este mosaico de culturas dejó un legado invaluable en los yacimientos arqueológicos que hoy custodian el MAPI y el MUHAR.

Los museos montevideanos no solo conservan objetos del pasado, sino que son ventanas a una historia que comenzó mucho antes de la llegada de los europeos. Las herramientas de Arroyo Catalán, los montículos de los Cerritos de Indios y las puntas de proyectil de Pay Paso demuestran que el territorio uruguayo fue escenario de una ocupación humana temprana, diversa y compleja. Conocer ese pasado no es solo un ejercicio académico, sino una forma de resignificar la identidad del país
Es imposible llegar a un museo y no sentirse parte del proceso. Pues precisamente son esos lugares donde el pasado se encuentra con el presente y, a veces, con el futuro. Cada pieza está justo ahí para recordarnos de dónde venimos y, quizás, hacia dónde podríamos ir. En un mundo que cambia a una velocidad que a veces no alcanzamos a procesar, los museos ofrecen algo que a veces necesitamos y, es la pausa. Una pausa para mirar, para preguntarse, para conectar con algo que trasciende el ruido cotidiano.
Su función más allá de conservar, también es interrogar. Una pieza arqueológica funciona como el rastro de una decisión, de una vida, de una forma de habitar el mundo. Y al ponerla frente a nuestros ojos, el museo nos obliga a hacernos preguntas. Esa es la verdadera riqueza de estos espacios, más que respuestas, lo más importante aquí son las preguntas
También son lugares de memoria. Y la memoria, cuando es compartida, se vuelve identidad. En sociedades que a menudo viven de espaldas a su pasado, los museos actúan como un espejo. No siempre devuelven una imagen cómoda, pero sí una imagen necesaria. Porque no se puede entender lo que se es sin saber lo que se fue. Y en ese sentido, los museos son herramientas de construcción colectiva. Ayudan a tejer el relato de una comunidad, a darle densidad, a recordarle que no empieza con ella.
Los museos se convierten en espacios de diálogo, se abren a la comunidad, incorporan otras voces, otras miradas. Hablan de derechos humanos, de diversidad, de justicia social. Los museos son, en el mejor de los casos, espacios de encuentro donde el pasado se pone al servicio del presente para construir futuros más llenos de sentido.
Publicado por: Inés María Alfonso Rodriguez
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/muhar-y-mapi-dos-puertas-al-pasado-precolombino-del-pais-id200494/
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