
En el punto culminante de su gran defensa del evangelio, Pablo anima a los gálatas: «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud» (Gá 5:1). Para Pablo, volver a la observancia de la ley del antiguo pacto ponía en peligro la libertad otorgada en Cristo. Hoy en día, es más probable que sea la libertad la que nos lleve a caer bajo un yugo de esclavitud.
Cuando se trata de la libertad, tendemos a habitar en dos mundos paralelos del discurso. En los sermones, en los estudios bíblicos y en nuestra vida devocional, aprendemos cómo la verdadera libertad se encuentra en Cristo. El pecado es la peor forma de esclavitud, y Jesús nos libera del pecado. La libertad se encuentra internamente y pertenece al alma, y, significativamente, implica comprometerse con un solo Camino.
Sin embargo, el resto de la semana, cuando vemos las noticias, hacemos las compras o discutimos en las redes sociales, la «libertad» se encuentra en cualquier parte menos en Cristo. La libertad es un eslogan político, económico o terapéutico; una promesa de liberación de las pesadas exigencias de otras personas; una promesa que se cumple con menos reglas, más cosas y más espacio al cual llamar nuestro. En este modelo moderno, la libertad es una característica de nuestra vida exterior que evita el compromiso y exige la maximización de las opciones.
Para muchos de nosotros, estas dos ideas de libertad avanzan alegremente por sus vías paralelas sin tocarse, al menos conscientemente. Inconscientemente, no podemos evitar que nuestros ideales modernos de libertad como autoindulgencia moldeen nuestra lectura de las Escrituras.
El pecado es la peor forma de esclavitud, y Jesús nos libera del pecado
Aun cuando vivimos en un mundo con menos reglas, rituales y expectativas comunitarias que en cualquier época anterior, los predicadores y terapeutas advierten a los cristianos sobre la amenaza del legalismo. Mientras tanto, el antinomianismo crece sin control. Estamos rodeados por la idea de que ser liberados en Cristo es estar liberados de las leyes y las expectativas morales, por lo que no deberíamos sentir ninguna presión para cambiar. En realidad, necesitamos que el cuerpo de Cristo nos ayude a alinear nuestra vida exterior con nuestra libertad interior en Cristo.
Dos liberaciones: espiritual y moral
Afortunadamente, el apóstol Pablo anticipó este error. Escribió: «Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros» (Gá 5:13). La libertad resulta ser servicio.
Siempre debemos servir a alguien o a algo. La única pregunta es a quién y cómo. Para no permitir que el significado moderno y edulcorado de la palabra «servir» empañe el sentido que le da Pablo, debemos recordar que es la forma verbal de «esclavo». Para Pablo, ser libre era ser esclavo: un siervo de Cristo (Ro 6:18; 1 Co 7:22; Ef 6:6). Algunas formas de servicio resultan ser liberadoras, mientras que algunas formas de supuesta libertad resultan ser una esclavitud deshumanizadora.
La liberación del cristiano, tal y como enseñaron los reformadores, se produce en dos etapas: la justificación y la santificación. Estas etapas corresponden a dos formas de esclavitud: la espiritual y la moral.
Cuando estamos en esclavitud espiritual, permanecemos bajo el poder del pecado y la culpa como una realidad espiritual que lo abarca todo. La condenación resultante nos impide ser capaces de hacer verdaderamente cuentas con nuestro pasado, actuar de manera significativa en el presente o afrontar el futuro sin miedo. El evangelio nos libera de esta esclavitud. Cristo ha logrado nuestra liberación espiritual en Su muerte y resurrección.
A pesar de que esta libertad espiritual es el mayor regalo imaginable, seguimos esclavizados por los hábitos envolventes del pecado. Seguimos alienados de los demás por nuestro egoísmo y alienados de nosotros mismos por nuestra debilidad de voluntad. Aunque somos reconciliados con Dios a través de Cristo, seguimos luchando por encontrarnos plenamente con él debido al «pecado que tan fácilmente nos envuelve» (He 12:1).
La santificación revela una forma más plena de libertad. Es la libertad moral de los creyentes para hacer lo que verdaderamente deseamos, en lugar de lo que los deseos conflictivos de nuestra carne nos dictan en cada momento. El crecimiento en la santificación es una tarea ardua y de toda la vida, que consiste en «[andar] por el Espíritu» (Gá 5:25), ya que Él unifica nuestros corazones para temer el nombre de Dios (Sal 86:11) y nos capacita para llevar cautivo todo pensamiento y deseo a la obediencia a Cristo (2 Co 10:5).
Esta libertad recién descubierta no es una libertad para «encontrarte a ti mismo» o «ser tú mismo», sino una libertad que proviene de vivir para los demás y descubrir tu verdadera plenitud en el servicio a los demás: «Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Gá 5:14).
Ser libres juntos
La concepción cristiana histórica de la libertad como servicio al prójimo suele quedar oculta tras el viejo error del antinomianismo, mezclado con el nuevo error del consumismo. Muchos cristianos dan por sentado que la libertad consiste en mantener abiertas sus opciones y no verse atados por las expectativas de los demás. Esta perspectiva debilita el compromiso con la iglesia local.
La libertad en Cristo subvierte los ideales modernos de liberación total porque requiere sumisión a algo fuera de nosotros mismos
Pero, por supuesto, la liberación de los compromisos y las limitaciones no nos hace más felices. Nos aísla de los vínculos significativos entre nosotros, y «no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2:18). Muchas de nuestras experiencias más profundas y enriquecedoras solo se encuentran cuando somos libres de actuar juntos como un cuerpo: uniendo nuestras voces en los cánticos de alabanza congregacional, participando juntos de la Cena del Señor, desarrollando ministerios para servir a nuestras comunidades.
La estructura de la liturgia de la iglesia nos recuerda que la verdadera libertad se encuentra en someternos por el bien de los demás. Por ejemplo, si el líder de alabanza nos exhortara a que cada uno entonara a todo pulmón cualquier canción que el Espíritu nos moviera a cantar, eso no sería libertad para cantar, sino un caos. La autoridad dada por Dios, lejos de pisotear nuestra libertad, hace posible la verdadera libertad. Es un poderoso antídoto contra el ideal moderno de libertad.
La libertad en Cristo subvierte los ideales modernos de liberación total porque requiere sumisión a algo fuera de nosotros mismos. Esa parece una forma de muerte en nuestra sociedad individualista. Pero esto es exactamente lo que debemos esperar, porque fue Jesús quien afirmó que «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto» (Jn 12:24).
Buscar la verdadera libertad en Cristo requiere identificar las formas falsas de libertad. Pero también requiere resistir el canto de sirena del mundo, que nos promete libertad en la autocreación y la autoestima. El discurso del mundo promete libertad, pero ofrece un yugo de esclavitud. Cristo, sin embargo, promete un yugo de servicio que otorga la verdadera libertad (Mt 11:29-30).
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Brad Littlejohn
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/verdadera-libertad-cristo/
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