
Quién iba a decirme, allá por octubre del año pasado, que una sugerencia de YouTube me llevaría a viajar a Valencia, siete meses después, para asistir a la convivencia de Pentecostés de Fe y Vida.
Mi caso era el de una recién llegada que había pasado la mitad de su vida alejada de la Iglesia y de la fe, y para la que volver a misa una vez a la semana estaba bien, pero no le era suficiente. Me sentía perdida, llena de dudas, y en mi ciudad no conseguía encontrar el acompañamiento que necesitaba.
Gracias a Alejandro, misionero laico de la comunidad y flamante youtuber, asistí a la Pascua Joven (joven, aunque yo fuese de las viejas) en Granada, donde pude respirar por primera vez la alegría y la hermandad de una comunidad cristiana que se reúne para celebrar la Resurrección de Jesús. En Valencia, por Pentecostés, he podido ser testigo de los frutos cuando la comunidad se arraiga en una ciudad.
Partir el pan
Antes de mi tímida vuelta al camino de la fe a principios del año pasado, mi visión de la Iglesia era como la de una imponente catedral: espectacular, pero marmólea y fría. Sin embargo, participar en las convivencias de Fe y vida me ha hecho ver que, por debajo, existe una Iglesia llena de vida que la sostiene y que se parece más a una parroquia pequeña y de madera, austera, pero cálida y acogedora, con las imperfecciones propias de lo humano. La conforma gente que se deja la piel para mimar cada detalle, que se esfuerza en que todo lo que se haga brille, no en su capa más superficial, sino desde el interior.
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos”, nos dijo Jesús, y en mi caso, como persona introvertida y con cierto rechazo a las multitudes, me sorprende haberme sentido tan acogida, que es ser mirada y escuchada con amor. Estoy especialmente agradecida con Rebeca, comprometida de la comunidad, que nos abrió las puertas de su casa a Raquel, que venía de Reus, y a mí, de Málaga. Nos recibió, nos dio techo y una ducha caliente, y, sobre todo, nos hizo un pan casero maravilloso para los bocatas.
Porque en Fe y vida no hay grandes festines de comida exquisita y alcohol prémium, sino un sincero ánimo de compartir lo que uno tiene, lo mucho o lo poco, y así fueron las dos comidas (cena el viernes y almuerzo el sábado) que compartimos. Sencillas en su forma y plenas de sentido, un marco para charlar y compartir con los hermanos.
Compartir el vino
Cuando volví a la Iglesia después de muchos años, me sorprendió ver que la gente ya no se tocaba para darse la paz y que, si no había nadie para cantar, en muchas iglesias se ponía un CD de fondo durante la misa. Es por eso que me impactó mucho presenciar la canción de alabanza con música en directo en Fe y vida. Se sentía mucho más orgánico, más vivo, y los músicos irradiaban alegría, no solo por la sonrisa llena de amor que se les dibujaba, sino por algo en su forma de tocar, carente de prisa, ansiedad y autorreferencialidad.
Intentando entender la alegría de este Pentecostés me viene a la cabeza el momento en el que Anabel Quintanal nos habló de la importancia de descentrarnos. Necesitamos dejar de ponernos siempre en el centro de todo si queremos escapar de la angustia y estar más cerca de Dios. Solo saliéndonos de nosotros mismos y volcándonos en el otro podemos experimentar la alegría en compañía, esa que consiste en compartir el vino con los demás.
Salir al encuentro
Antes de que, algoritmos de YouTube mediante, pusiera Dios a Alejandro en mi camino, sí que había entrado en contacto con alguna otra comunidad, pero echaba algo de menos que en Fe y vida es central: dialogar, compartir. En lo que he podido vivir hasta ahora, la convivencia, tanto virtual como presencial, se articula en torno a oportunidades donde conversar y escucharnos sobre cuestiones fundamentales de nuestra fe, siempre desde el respeto y muy apegadas a nuestro día a día. La comunidad se esfuerza en que sean lugares seguros donde nadie se sienta juzgado, sino mirado, de manera que podamos ser nosotros mismos, sin máscara.
Es por ello que en este Pentecostés ocuparon un lugar fundamental las predicaciones de Josué Fonseca, fundador de la comunidad, que no fueron un sermón de tres horas, sino un diálogo de preguntas, respuestas, comentarios, sentires… de todos los que allí estábamos. Nos hablaba en ellas de la importancia del carisma, de ser consciente de nuestros dones y nuestras limitaciones para saber cómo servir a los demás. Como hijos de Dios, todos somos dignos y merecedores de amor en nuestra especificidad.
También insistía mucho Josué en lo central de la conversión y de tomar la decisión de poner a Dios en el centro de tu vida. Solo con un “sí, quiero” consciente y adulto tendrá el Espíritu Santo capacidad para transformarnos radicalmente. En su libro Mere Christianity, explicaba C.S. Lewis que un creyente es como una casa que deja entrar a Dios cuando se da cuenta de que tiene goteras aquí y allá, alguna pared desconchada. Poco a poco, las reformas empiezan a cobrar envergadura, y hay que cambiar la fontanería, todo el sistema de luz… Llega un punto en el que hasta la estructura está podrida, por lo que no hay de otra que derrumbar toda la casa.
Para terminar, si hay algo que me llevo de este Pentecostés, además de la fraternidad del pan y la alegría del vino, es que no puedo vivir mi fe sentada en el sofá leyendo a Santa Teresa. Para dejarme transformar por Dios, he de salir al encuentro, tanto de hermanos de fe como de otros que aún no lo son o que quizás nunca lo sean. Dar testimonio de fe, en mi caso, no consiste a día de hoy en hablar de Dios en público (al menos no por el momento) sino en intentar encarnar sus valores, su verdad y la alegría de saberme hija suya.
Feliz Pentecostés a todos.
Carmen Fortes
Fe y Vida
Fuente de esta noticia: https://feyvida.com/blog/mi-primer-pentecostes-en-comunidad/
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