
El lince ibérico ha cerrado 2025 con 2.663 ejemplares censados en la Península Ibérica, la cifra más alta desde que existe un seguimiento coordinado. No es una anécdota bonita de calendario verde: es el retrato de una especie que estuvo con un pie —y casi los cuatro— fuera del mapa y que vuelve a ocupar monte, dehesa, jaral, carretera, cámaras de fototrampeo y discusiones administrativas. España concentra 2.269 ejemplares y Portugal, 394; el aumento respecto a 2024 es del 10,9 %, cuando se habían contabilizado 2.401 linces. La recuperación es real. La salvación definitiva, todavía no.
El peor momento llegó en 2002, cuando quedaban menos de 100 linces ibéricos, reducidos prácticamente a los últimos refugios de Andalucía. Aquella España que casi pierde al felino más singular de la Península no falló por falta de poesías sobre la naturaleza, sino por cosas bastante menos líricas: caída brutal del conejo de monte, fragmentación del hábitat, atropellos, persecución directa, cepos, enfermedades, endogamia y una gestión del territorio que durante décadas trató al monte mediterráneo como si fuese una alfombra vieja. En 2025 hay 542 hembras reproductoras y 952 cachorros nacidos, pero los 212 linces muertos por atropello ese mismo año explican por qué conviene no descorchar demasiado fuerte.
El récord de 2025: muchos más linces, pero no invencibles
La cifra de 2.663 ejemplares tiene un valor simbólico enorme porque convierte al lince ibérico en uno de los casos de recuperación de fauna más llamativos de Europa. Hace dos décadas, hablar de él era hablar casi en pasado, con esa solemnidad de museo que usamos cuando ya no sabemos si estamos protegiendo un animal o despidiéndonos de una sombra. Ahora vuelve a haber linces en más territorios, más hembras criando y más cachorros saliendo adelante. El salto no se explica por milagros. Se explica por dinero público, ciencia, guardas, veterinarios, acuerdos con fincas, cría en cautividad, sueltas controladas y mucha paciencia. También por una evidencia incómoda: cuando se decide proteger una especie de verdad, con presupuesto y continuidad, a veces funciona.
La distribución del censo deja una fotografía bastante clara. La mayoría de los animales está en España, con Castilla-La Mancha como gran territorio de expansión, 1.051 ejemplares, seguida de Andalucía, con 885. Sierra Morena sigue siendo el gran corazón del mapa, con 1.145 linces, una especie de capital felina del monte mediterráneo. Portugal suma 394 ejemplares, una cifra que hace años habría sonado a ciencia ficción conservacionista. En 2024, el censo ya había marcado otro máximo, con 2.401 ejemplares, 844 cachorros y 470 hembras reproductoras; un año después, la curva continúa subiendo, aunque a menor velocidad.
Ese matiz importa. El crecimiento de 2025 fue del 10,9 %, una buena noticia, sí, pero inferior al ritmo de los años inmediatamente anteriores. No se trata de buscarle la grieta al vaso medio lleno, deporte nacional con licencia federativa. Se trata de entender que una población mayor también se mueve más, coloniza zonas nuevas, cruza más caminos y se expone a más conflictos. El lince que antes sobrevivía arrinconado ahora explora. Y explorar, en la Península Ibérica del asfalto abundante y el conejo menguante, tiene sus peajes.
Por qué estuvo al borde de desaparecer
El lince ibérico llegó al abismo por una combinación de fragilidad biológica y torpeza humana. No es un depredador generalista capaz de comer casi cualquier cosa. Es un especialista. Su presa principal es el conejo europeo, que puede representar entre el 80 % y el 90 % de su dieta en muchas zonas. Cuando el conejo se desplomó por enfermedades como la mixomatosis, introducida en Europa a mediados del siglo XX, y después por la enfermedad hemorrágica vírica, el lince perdió su despensa. Un felino sin conejos en un monte roto es casi una postal triste con bigotes.
A esa caída de presas se sumó la transformación del paisaje. El monte mediterráneo necesita mosaico: manchas de vegetación cerrada para refugio y cría, claros donde cazar, suficiente conejo, poca molestia humana y corredores para conectar poblaciones. Durante décadas, buena parte de ese equilibrio se fue rompiendo entre carreteras, intensificación agraria, cambios cinegéticos, urbanizaciones, alambradas, infraestructuras y pérdida de continuidad ecológica. El lince no desaparece de golpe. Primero se queda sin pasillos. Luego sin parejas. Luego sin diversidad genética. Luego sin margen.
La mortalidad no natural hizo el resto. Atropellos, lazos, disparos, venenos y accidentes fueron estrechando el cerco. La estrategia española para la conservación del lince identifica precisamente esas causas: mortalidad no natural, declive del conejo, destrucción y fragmentación del hábitat, pérdida de variabilidad genética y aumento de la consanguinidad. Dicho menos bonito: se quedó sin comida, sin casa, sin vecinos y con demasiadas trampas alrededor.
El peor momento llegó en 2002
En 2002, el dato de menos de 100 ejemplares convirtió al lince ibérico en una alarma internacional. No era una especie rara más. Era un endemismo ibérico, un animal que solo vive de forma natural en esta península, con sus orejas rematadas por pinceles negros, sus patillas de señor barroco y esa mirada fija que parece juzgar discretamente la incompetencia humana. Su pérdida habría sido una amputación ecológica, cultural y moral. Y, por una vez, se actuó antes de que el epitafio estuviera escrito del todo.
Ese punto crítico explica por qué el dato de 2025 pesa tanto. La recuperación no parte de una especie abundante que atravesó una mala racha. Parte de una población al borde de la extinción, arrinconada, genéticamente empobrecida y dependiente de unos pocos enclaves. Cuando un animal cae tanto, cada cachorro cuenta. Cada hembra que cría cuenta. Cada territorio conectado cuenta. La conservación deja de ser una palabra elegante y se convierte en fontanería ecológica: reparar tuberías, cerrar fugas, devolver flujo.
De menos de 100 a más de 2.600: qué cambió
La recuperación se apoyó en varias patas, y ninguna era ornamental. La primera fue la cría en cautividad, iniciada como seguro genético cuando la población silvestre ya no ofrecía garantías. El programa ex situ arrancó en 2003 y el nacimiento de la primera camada en cautividad, en El Acebuche, en 2005, marcó un antes y un después. Aquellos cachorros no eran solo animales pequeños y fotogénicos: eran una reserva de futuro. Dos décadas después, los centros de cría han contribuido a reforzar poblaciones silvestres y a fundar nuevos núcleos.
La segunda fue la reintroducción. Desde 2011 se han liberado cientos de linces nacidos o manejados dentro de programas de conservación, seleccionando zonas con condiciones ecológicas adecuadas. No basta con abrir una jaula y esperar música de violines. Antes hay que estudiar densidades de conejo, refugios, molestias, riesgos de atropello, aceptación social, conectividad y viabilidad genética. En los últimos años, esas sueltas han permitido que el animal vuelva a zonas donde había desaparecido o donde su presencia era apenas un rumor antiguo de guardería forestal.
La tercera fue la mejora del hábitat. Aquí entra la parte menos vistosa y más decisiva: vivares para conejos, acuerdos con propietarios, restauración de vegetación, gestión de fincas, pasos de fauna, vallados, vigilancia, seguimiento por radio y fototrampeo. El lince no se recupera solo porque se le quiera mucho. Se recupera cuando el territorio vuelve a ofrecerle comida, refugio y rutas. La biodiversidad, pese a la propaganda cursi, no vive de abrazos. Vive de condiciones materiales.
En los últimos años, la expansión territorial ha sido evidente. El lince ya se reproduce en varias áreas geográficas distintas y se afianza en Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura, Murcia, Portugal y nuevas zonas de reintroducción. La mirada se ha ido abriendo hacia territorios como Castilla y León, Aragón o espacios concretos donde la presencia del lince habría parecido, no hace tanto, una fantasía de naturalista optimista. La suelta de ejemplares en el Cerrato palentino, con un macho y una hembra, encaja en ese movimiento: llevar al animal más allá de sus últimos refugios y coser núcleos para que no vivan como islas biológicas.
El punto negro: las carreteras siguen matando demasiado
El dato más áspero de 2025 no está en el censo de nacimientos, sino en la mortalidad. De las 273 muertes registradas, 212 fueron por atropello, el 77,9 %. La cifra es un martillazo contra cualquier lectura triunfalista. El lince se ha recuperado tanto que ahora muere mucho en las carreteras por las que cruza para expandirse. La paradoja tiene algo de cruel: el éxito aumenta el riesgo si el territorio no se adapta a la especie que dice haber recuperado.
Los atropellos no son mala suerte repetida 212 veces. Suelen concentrarse en puntos negros, carreteras que atraviesan áreas de campeo, zonas de dispersión juvenil o corredores entre núcleos. Un lince joven que abandona el territorio materno para buscar el suyo puede recorrer distancias largas, cruzar cultivos, vaguadas, caminos y autovías. En ese viaje, una cuneta mal diseñada vale más que muchos discursos institucionales. Y no precisamente para bien.
La solución no es un misterio envuelto en niebla científica. Hace falta identificar tramos críticos, instalar vallados eficaces, construir pasos de fauna funcionales, reducir velocidades donde proceda, corregir drenajes peligrosos, retirar elementos que atraen presas a los márgenes y mantener seguimiento. Parece aburrido. Lo es. También es lo que salva animales. En conservación, la épica muchas veces consiste en una obra bien hecha debajo de una carretera comarcal.
A los atropellos se añaden otros riesgos persistentes: furtivismo, trampas ilegales, pérdida local de conejo, fragmentación, enfermedades y posibles efectos del cambio climático sobre el monte mediterráneo. La UICN rebajó en 2024 la categoría global del lince ibérico de “en peligro” a vulnerable, un avance histórico. Pero España lo mantiene en el Catálogo Español de Especies Amenazadas como especie en peligro de extinción, precisamente porque las amenazas no han desaparecido por decreto ni por titular amable.
Hembras reproductoras, cachorros y el umbral que falta
El futuro del lince no se mide solo contando cabezas. Importan mucho las hembras reproductoras, porque son el motor real de la población. En 2025 se registraron 542 hembras reproductoras y 952 cachorros, una cifra potente que acerca a la especie al objetivo de conservación favorable, aunque todavía queda camino. LIFE LynxConnect sitúa ese horizonte en 750 hembras adultas para 2040, dentro de una metapoblación funcional, autosostenible y conectada.
La palabra metapoblación suena a sala de congresos, pero la idea es sencilla: no basta con tener muchos linces en un sitio. Hace falta que haya varios núcleos conectados, con intercambio genético y capacidad para resistir golpes locales. Si una enfermedad, una sequía, una mala racha de conejo o una acumulación de atropellos daña un núcleo, otros pueden sostener el conjunto. Una población aislada puede parecer fuerte hasta que deja de serlo. La naturaleza no perdona demasiado las islas.
La genética es otro asunto menos visible. El cuello de botella fue tan severo que la especie arrastra riesgos de consanguinidad. Por eso los programas de cría y reintroducción no consisten en mover linces al azar, como quien reparte cromos. Se estudian linajes, parentescos, territorios y compatibilidades. Un macho liberado en una zona concreta puede ser importante no solo por criar, sino por llevar genes que faltan. Suena frío, pero en una especie que cayó por debajo del centenar, cada rama genética cuenta.
Los buenos resultados de cría en centros como El Acebuche y Zarza de Granadilla refuerzan esa maquinaria de apoyo. También lo hace el nacimiento de una camada en el Parque Nacional de Cabañeros, un hito para Castilla-La Mancha y para la expansión de la especie en espacios donde la recuperación del conejo y la gestión del hábitat empiezan a dar frutos visibles. El lince vuelve cuando el territorio responde. Ni antes ni por arte de birlibirloque.
España, Portugal y el mapa que se ensancha
La recuperación del lince ibérico no es solo una historia española, aunque España lleve el peso principal del censo. Portugal ha pasado de ser casi una nota al margen a tener 394 ejemplares, integrados en una estrategia ibérica. Esa palabra, ibérica, conviene tomarla en serio. El animal no entiende de fronteras administrativas, pero sí de valles, presas, manchas de vegetación y continuidad territorial. El lince necesita mapas ecológicos, no mapas de despacho.
Andalucía fue el último refugio y sigue siendo un territorio esencial. Doñana y Sierra Morena cargaron durante años con el peso emocional y biológico de la especie. Castilla-La Mancha se ha convertido en el gran motor reciente, con una productividad muy alta y una expansión notable en Montes de Toledo, Campo de Calatrava y Sierra Morena oriental. Extremadura también ha consolidado núcleos, mientras Murcia, Castilla y León y otros territorios entran poco a poco en la conversación.
El caso del Cerrato palentino resume bien la nueva etapa. No hablamos ya solo de rescatar al lince donde quedaba, sino de crear condiciones para que vuelva a ocupar territorios adecuados. Eso exige paciencia social. Habrá titulares pintorescos, vecinos sorprendidos, debates sobre fincas, caza, carreteras, turismo de naturaleza y gestión de presas. El lince, por suerte para él, no es el lobo: no carga con el mismo volumen de guerra cultural ni con el imaginario de amenaza al ganado. Aun así, toda reintroducción necesita acuerdos. La fauna no se instala en abstracto; pisa tierras con dueños, usos, miedos y expectativas.
La ventaja del lince es que se ha convertido en una especie bandera. Su presencia atrae atención, proyectos, financiación y orgullo local. También puede ordenar mejor el territorio, porque donde vive el lince suele haber conejo, monte mediterráneo funcional, vigilancia ambiental y una red de actores que trabajan sobre el terreno. El riesgo, claro, es convertirlo en mascota institucional. Un lince no es un logotipo. Es un depredador silvestre, discreto, territorial, exigente. Conviene recordarlo cuando la foto de la suelta queda estupenda y la carretera cercana sigue sin corregirse.
Una victoria con las luces largas
El lince ibérico está mucho mejor que hace 20 años. Negarlo sería absurdo. Pasar de menos de 100 ejemplares a 2.663 linces censados es una recuperación extraordinaria, construida con una mezcla rara de ciencia, política pública sostenida y trabajo de campo. En un país bastante aficionado a inaugurar cosas y olvidarlas después, este caso demuestra que la continuidad también existe. A veces incluso gana.
Pero la palabra salvado todavía queda grande. El lince ya no está en el borde inmediato del precipicio global, pero sigue dependiendo de que se mantengan los programas de conservación, de que el conejo no se hunda en demasiadas zonas, de que los núcleos se conecten sin perder diversidad genética y de que las carreteras dejen de funcionar como una guillotina estadística. La categoría vulnerable de la UICN es una buena noticia; la permanencia en el catálogo español como especie en peligro recuerda la letra pequeña.
La historia, al final, tiene algo de reparación tardía. El animal que España casi perdió por abandono, fragmentación y mala gestión vuelve ahora a mirar desde los jarales con sus ojos de oro viejo. No pide épica. Pide conejos, monte, corredores, menos coches encima y menos triunfalismo de sobremesa. Bastante razonable, visto lo visto.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/esucito-ya-el-lince-iberico/
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