
La crisis tiene una manera de revelar lo que realmente sostiene nuestro corazón. Cuando todo está bien, podemos hablar de fe, de oración, de la Palabra, de la iglesia y de la comunión cristiana como si fueran simples disciplinas espirituales. Pero cuando llega el dolor, cuando el alma se siente cansada, cuando la mente no encuentra descanso y el corazón se llena de preguntas, descubrimos que no necesitamos solo «prácticas cristianas». Necesitamos experimentar la presencia misma de Dios.
El rey David entendía esto. En medio de sus angustias, persecuciones, pecados, enfermedades y traiciones, su clamor no era simplemente: «Señor, cambia mis circunstancias». Su clamor era más profundo: «No me dejes. Acércate a mí. Hazme habitar contigo». Por ejemplo, en el Salmo 27, David dice:
Una cosa he pedido al SEÑOR, y esa buscaré:
Que habite yo en la casa del SEÑOR todos los días de mi vida,
Para contemplar la hermosura del SEÑOR
Y para meditar en Su templo (Sal 27:4).
David estaba rodeado de enemigos, amenazas y temores, pero su mayor deseo era estar cerca de Dios. No quería solamente la victoria sobre sus adversarios, quería tener comunión con el Señor. La presencia de Dios era su refugio.
Necesitamos ir al lugar secreto, no para escapar de la realidad, sino para llevarla en oración delante del Dios que gobierna sobre ella
La Biblia nos muestra que esa presencia no se busca de una sola manera ni en un solo sitio. En la crisis, necesitamos la cercanía de Dios en, por lo menos, tres lugares: en la soledad de la oración y la Palabra, en la congregación del pueblo de Dios y en la comunión unos con otros. Si falta una de estas dimensiones, nuestra experiencia de la cercanía de Dios quedará incompleta.
1. Necesitamos la presencia de Dios en la soledad de la oración y la Palabra
Hay momentos en que el alma necesita cerrar la puerta, apagar el ruido y buscar el rostro de Dios a solas. Jesús mismo nos enseñó esto: «Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto» (Mt 6:6).
La crisis produce ruido interior. La mente revive conversaciones, temores, heridas, diagnósticos, pérdidas y posibilidades. Por eso necesitamos ir al lugar secreto, no para escapar de la realidad, sino para llevarla en oración delante del Dios que gobierna sobre ella.
David lo hacía constantemente. Estando en el desierto, clamaba:
Oh Dios, Tú eres mi Dios; te buscaré con afán.
Mi alma tiene sed de Ti, mi carne te anhela
Cual tierra seca y árida donde no hay agua» (Sal 63:1).
La crisis revela nuestra sed espiritual. Algunos intentan saciarla con distracciones, con control, con enojo, con aislamiento o con la aprobación de otras personas. Pero David entiende que el alma sedienta necesita a Dios. No necesita solamente que el problema desaparezca; necesita que Dios sea su porción.
Esa búsqueda ocurre en la oración que se nutre de la Palabra. El salmista dice: «Lámpara es a mis pies Tu palabra, / Y luz para mi camino» (Sal 119:105). En la crisis, la Palabra nos da dirección cuando nuestras emociones no son confiables. Nos recuerda quién es Dios cuando las circunstancias parecen contradecir Su bondad. Nos corrige cuando el dolor quiere convertirse en amargura del corazón. Nos sostiene cuando estamos tentados a rendirnos.
Sin embargo, aunque esta búsqueda privada es indispensable, no es suficiente por sí sola. Dios no nos diseñó para vivir la fe de manera aislada, sino para vivir una devoción personal en el contexto de Su pueblo.
2. Necesitamos la presencia de Dios al congregarnos con los santos
David no solo buscaba a Dios en privado, sino que también anhelaba estar con el pueblo de Dios en adoración. En medio de una profunda tristeza, clamaba:
Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí;
De cómo iba yo con la multitud y la guiaba hasta la casa de Dios,
Con voz de alegría y de acción de gracias, con la muchedumbre en fiesta (Sal 42:4).1
Este texto es profundamente humano. El salmista está lejos, afligido, abatido, y recuerda con dolor los días en que caminaba con el pueblo hacia la adoración. Él extraña la presencia de Dios en medio de los santos. No dice simplemente: «Extraño cantar». Dice: «Extraño ir con el pueblo a la casa de Dios». En la crisis, el salmista deseaba estar con los santos.
Esto nos confronta, porque muchas veces cuando sufrimos, nuestra primera inclinación es aislarnos. El dolor nos hace pensar: «Nadie entiende lo que estoy viviendo. No quiero ver a nadie. No tengo fuerzas para ir a la iglesia». Y es cierto que hay momentos donde necesitamos descanso y retiro, pero el aislamiento prolongado puede convertirse en un lugar peligroso para el alma.
Congregarnos no es simplemente cumplir con una actividad religiosa, es acercarnos al lugar donde Dios alimenta a Su pueblo
Hebreos nos exhorta: «No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca» (He 10:25). Congregarnos no es simplemente cumplir con una actividad religiosa, es acercarnos al lugar donde Dios alimenta a Su pueblo por medio de la predicación, la oración, los cánticos, la cena del Señor y la comunión de los santos. El domingo no es una reunión cualquiera. Es una cita del pueblo redimido con el Dios vivo.
Cuando estamos en crisis, necesitamos oír la Palabra proclamada aunque nuestra alma se sienta débil. Necesitamos cantar aunque la voz tiemble. Necesitamos ver a otros creyentes levantar sus manos, confesar su fe y recordarnos que no estamos solos. La presencia de Dios es real cuando Su pueblo se reúne en el nombre de Cristo: «Porque donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18:20).
Aunque estas palabras de Jesús están en un contexto de disciplina y autoridad de la iglesia, también nos recuerda una verdad preciosa: Cristo está presente de una manera especial con Su pueblo reunido. Por eso, en la crisis, no debemos despreciar la gracia de congregarnos. A veces, Dios nos sostiene no quitando la prueba de inmediato, sino llevándonos domingo tras domingo a escuchar otra vez: Cristo vive, Cristo reina, Cristo viene, Cristo no te ha abandonado.
3. Necesitamos la presencia de Dios en la comunión unos con otros
El tercer lugar donde experimentar la presencia de Dios es la comunión cristiana: «Miren cuán bueno y cuán agradable es / Que los hermanos habiten juntos en armonía» (Sal 133:1). No basta con orar a solas. No basta con asistir el domingo como espectadores. Necesitamos abrir nuestras vidas a otros hermanos y hermanas que caminan con nosotros.
Juan escribe: «Lo que hemos visto y oído les proclamamos también a ustedes, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. En verdad nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1:3).
Este texto es poderoso porque une la comunión con los creyentes y la comunión con Dios. Juan no presenta una espiritualidad individualista. En cambio, dice que al compartir el evangelio, los creyentes entran en comunión unos con otros, y esa comunión está conectada con el Padre y con el Hijo.
En otras palabras, muchas veces la cercanía de Dios se experimenta a través del pueblo de Dios. Él nos consuela por medio de hermanos que oran con nosotros, nos corrige por medio de hermanos que nos aman lo suficiente para hablarnos la verdad. Él nos anima por medio de hermanos que lloran con nosotros y nos sostiene por medio de hermanos que nos recuerdan el evangelio cuando nosotros apenas podemos recordarlo.
Con mucha razón, el apóstol Pablo dice: «Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo» (Gá 6:2). No fuimos llamados a llevar nuestras cargas solos. La ley de Cristo se cumple cuando el amor de Cristo se expresa en una comunidad que lleva las cargas de unos y de otros. Hay crisis que son demasiado pesadas para una sola alma. Dios no solo nos dio Su Espíritu, también nos dio Su iglesia.
La ley de Cristo se cumple cuando el amor de Cristo se expresa en una comunidad que lleva las cargas de unos y de otros
Por eso, si falta esta comunión diaria, algo falta en nuestra experiencia de la cercanía de Dios. Podemos estudiar la Biblia por nuestra propia cuenta y aun así endurecer nuestro corazón si no dejamos que otros nos conozcan y acompañen. Podemos congregarnos los domingos y aun así esconder nuestra realidad detrás de una sonrisa. Podemos escuchar sermones y aun así evitar la vulnerabilidad de rendir cuentas, la confesión de nuestros pecados, la oración compartida y el cuidado mutuo.
La verdadera cercanía de Dios no se vive en aislamiento espiritual. Se vive delante de Dios, con la iglesia reunida y en comunión real con los hermanos.
Cristo es la presencia de Dios para nosotros
Todo esto apunta a Cristo. Jesús no vino solo a enseñarnos sobre Dios; vino como Dios con nosotros: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1:14).
Esta es nuestra crisis más profunda: el pecado y la separación de Dios. Allí Cristo vino a buscarnos y salvarnos. Él llevó nuestra crisis en Sus hombros en la cruz y clamó «Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué me has abandonado?», para que nosotros nunca fuéramos abandonados por Dios.
Ahora, por Su muerte y resurrección, tenemos acceso al Padre. Podemos orar. Podemos acercarnos a la Palabra. Podemos congregarnos como el pueblo comprado por Su sangre. Podemos tener comunión unos con otros. Todo esto porque fuimos unidos a Cristo.
En la crisis, no necesitamos menos de Dios. Necesitamos más de Su presencia. Y esa presencia se busca en la oración secreta, se recibe al congregarnos con los santos y se experimenta en la comunión amorosa con el cuerpo de Cristo.
No camines solo. Busca al Señor en secreto. No dejes de congregarte. Abre tu vida a hermanos fieles. Porque en la crisis, la pregunta no es solo: «¿Cómo salgo de esto?». La pregunta más importante es: «¿Estoy caminando cerca de Dios?». Su presencia es todo lo que necesitas.
Joselo Mercado
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/crisis-presencia-dios/
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