
Quedan exactamente cuatro semanas para la Cumbre presidencial que celebrará los 35 años del Tratado de Asunción, y el Mercosur llega a ese evento histórico con una combinación de logros externos y tensiones internas que no tiene precedente en toda su historia. El lado de los logros es impresionante en una dimensión que sus propios promotores reconocen como extraordinaria: el acuerdo con la UE en vigor desde el 1.º de mayo, la X Ronda del TLC con Canadá completada en Toronto con áreas de convergencia identificadas, el CPTPP uruguayo avanzando formalmente en Londres, el Gasoducto Bioceánico con acuerdos técnicos firmados entre Argentina, Paraguay y Brasil, el SISME respaldado unánimemente por todos los ministros de seguridad del bloque, el Plan Estratégico de Comunicación 2026-2027 aprobado y la Secretaría Técnica del Camino de los Jesuitas instalada como hito del turismo cultural integrado. El lado de las tensiones es igualmente real y no puede ser ignorado por ningún análisis honesto: Bolivia en crisis con el Protocolo de Ushuaia activado, la distribución de cuotas de carne sin acuerdo después de más de un mes de vigencia del acuerdo con la UE, el FOCEM sin presupuesto definitivo para el período post-2025, el acuerdo bilateral Argentina-EEUU con su compatibilidad jurídica con las normas del Mercosur todavía en cuestión ante el Tribunal Permanente de Revisión, y la amenaza de salida argentina del bloque que el propio gobierno de Milei ha filtrado deliberadamente para presionar una reforma que los socios del Mercosur no están dispuestos a aceptar.
La Cumbre de julio tendrá en su agenda todos esos temas, y la manera en que los cinco presidentes los aborden — o los eviten — definirá qué tipo de Mercosur quieren construir en los próximos 35 años. La distribución de cuotas de carne es el tema más urgente en términos operativos: cada semana que pasa sin un acuerdo es una semana en que el sistema de «primero llegado, primero servido» concentra los beneficios del acuerdo en los actores más grandes y mejor capitalizados del bloque, generando una inequidad distributiva que tiene consecuencias políticas en Paraguay y Uruguay. El FOCEM es el tema más cargado simbólicamente: su presupuesto para el próximo decenio dirá más sobre el tipo de bloque que el Mercosur quiere ser que cualquier declaración de principios que sus presidentes puedan firmar en julio. Un FOCEM robusto es la demostración de que la solidaridad regional no es retórica; un FOCEM recortado es la señal de que la integración es buena cuando es gratuita pero cara cuando tiene costo.
Bolivia es el test más inmediato de la credibilidad democrática del bloque. El Parlasur activó el mecanismo de seguimiento del Protocolo de Ushuaia y el Consejo del Mercado Común deberá pronunciarse antes de julio. Si lo hace con la seriedad que el instrumento exige, habrá demostrado que la cláusula democrática no es un adorno institucional sino un compromiso real. Si lo hace con la ambigüedad que los intereses geopolíticos de algunos socios podrían aconsejar — Bolivia tiene el litio que todos quieren — habrá enviado una señal sobre la selectividad en la aplicación de sus propios principios que ningún discurso de cumbre puede compensar.
La pregunta más profunda que la Cumbre de julio debe responder no está en ninguna de esas agendas técnicas: está en si el Mercosur puede celebrar sus éxitos externos con la misma honestidad con que reconoce sus tensiones internas. Un bloque que solo se felicita a sí mismo en sus cumbres presidenciales y omite sus problemas no madura: se fosiliza en la retórica del éxito mientras sus contradicciones crecen debajo de la superficie. Un bloque que usa sus cumbres para tomar decisiones difíciles, distribuir beneficios con justicia y enfrentar las tensiones con transparencia demuestra que tiene la capacidad institucional para gestionar su nueva dimensión global. El Mercosur que nació en Asunción en 1991 merecía sus 35 años. El Mercosur que se reunirá en Asunción en julio de 2026 merece algo más: una conversación honesta consigo mismo sobre qué quiere ser en el próximo cuarto de siglo.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es un periodista brasileño, originario de Goiás, reconocido por su trabajo en la cobertura de temas internacionales y por su liderazgo en la organización Prensa Mercosur.
Prensa Mercosur: Se desempeña como presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur, un medio centrado en noticias sobre integración regional, geopolítica y derechos humanos en América Latina.
Geopolítica: A menudo comenta y analiza las relaciones diplomáticas entre el Mercosur y grandes potencias como China.
Repatriación (2016): Alcanzó notoriedad en 2016 cuando fue repatriado de Ecuador a Brasil en una misión de la Fuerza Aérea Brasileña (FAB), acompañado de su familia, tras situaciones de emergencia en el país andino.
Presencia Internacional: Mantiene una fuerte conexión con Paraguay y Ecuador, participando en eventos académicos y diplomáticos, como visitas a la UNILA (Universidad Federal de la Integración Latinoamericana) para fomentar programas de intercambio.
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