
La región andina parece atrapada en un bucle temporal donde la realidad socioeconómica y la fantasía jurídica libran una batalla constante. Frente a crisis crónicas de seguridad, mercados laborales donde la informalidad es la norma y sistemas de salud y educación que colapsan ante la menor presión, cierta ortodoxia de la izquierda y la ultraizquierda en Colombia y Perú insiste en recetar la misma pócima milagrosa: la Asamblea Constituyente. Es el despliegue definitivo del «constitucionalismo mágico», esa fe inquebrantable que dicta que la miseria material se evapora en cuanto se modifica la sintaxis de la Carta Magna.
Y eso suele resultar últimamente, en la falta de asunción de la tozuda realidad de la incoperabcia a de una gestión. estatista ,sectaria, burocrática y en general demagógica y parasitaria de Bienestar de su Estado.
Lejos de proponer a la sociedad un presentable y funcional Estado de Bienestar, que esta para servir a la sociadad que contribuye a su mantenimiento.
Esa es la «Gracia de du Éstado».
También de cierto desvarío interesado y partidista de las oligarquías de Estado de muchas izquierdas.
Por eso estan fracasando en casi todo el «Cono Sur» .
Una propuesta tan fracasada que parece un eructo político hediondo.
El libreto no es original; es un plagio meticuloso de la senda venezolana. La estrategia consiste en transformar el descontento legítimo del ciudadano en una obsesión procedimental. ¿Faltan insumos en los hospitales? Se promete un artículo que declare la salud como «derecho hiperfundamental». ¿El crimen organizado controla barrios enteros? Se redacta un párrafo solemne sobre la paz territorial. Como si las bandas criminales y la inflación tuvieran la costumbre de consultar el diario oficial antes de actuar. Chile rozó este abismo con un experimento refundacional que la propia ciudadanía tuvo que frenar al percatarse de que la propuesta parecía más un catálogo de deseos identitarios que un andamiaje estatal viable.
El constitucionalismo mágico opera bajo una premisa simple: si la realidad no se ajusta al texto legal, la culpa nunca es de la incompetencia gubernamental, sino de la Constitución vigente.
La ironía de este fetichismo legal alcanza su cenit cuando observamos el destino de estos textos una vez aprobados. Siguiendo el manual diseñado en su día por Hugo Chávez, el nuevo librito se convierte en una reliquia sagrada para la propaganda y en papel mojado para la gestión diaria. Las pomposas declaraciones de derechos se incumplen sistemáticamente, pero el verdadero núcleo del texto —las sutiles modificaciones en el equilibrio de poderes, la captura de los organismos electorales y la reelección indefinida— ese sí se aplica con precisión milimétrica. La prioridad no es reformar la estructura económica para generar empleo formal, sino asegurar la permanencia en la poltrona.
Una vez conquistado el entramado institucional, el aparato estatal muta. Las instituciones técnicas se pueblan con huestes de leales cuyo principal mérito es la disciplina ideológica, creando una burocracia paralela que drena los recursos públicos. La consecuencia es una paradoja trágica: este populismo mágico es capaz de arruinar incluso a las naciones con las mayores reservas de recursos del continente, demostrando que la mala gestión es más destructiva que cualquier ciclo de precios de las materias primas.
Cuando el inevitable colapso material se hace inocultable y los servicios públicos terminan de desmoronarse, el guion exige activar la cláusula de escape favorita del manual: la soberanía popular agredida. La culpa de la escasez, del deterioro de la infraestructura y de la falta de oportunidades nunca será de la incompetencia de los planificadores; se atribuye de inmediato a las maquinaciones del «imperio yanqui» o a oscuros sabotajes oligárquicos. El discurso de la soberanía nacional funciona así como un blindaje retórico para disimular la ineficacia administrativa, transformando el desastre económico en una gesta heroica de resistencia. Mientras tanto, las urgencias reales de la población de a pie —la seguridad en las calles y la estabilidad laboral— quedan postergadas indefinidamente a la espera de que el próximo cambio de texto legal obre el milagro que la gestión real no sabe cómo conseguir.
Y esa izquierda necesaria para sana alternancia democrática siente nostalgia de la via revolucionaria y guerrillera o de la permanencia en el poder por todos los medios que ni maquiavelo pudo concebir.
Se vuelven adicta al poder y hace a la sociedad temerosa e inerme ante sus arbitrariedades derivados del control partidista de las instituciones.
Una ideología que expulsa el talento y alis emprendedores y la hace «yonquis» de sus subsidios cada vez más miserables.
El eterno y terco retorno a la magia decepcionante de los demagogoa y populistas.
Solucionar los problemas cambiando de Constitución jajaja.
Inglaterra no la tiene escrita y a EEUU le funciona aún la primera que entro en vigor en 1789!
Javier Pertierra Antón
ACERCA DEL CORRESPONSAL
JAVIER PERTIERRA
Javier Antón Pertierra, un destacado jurista y comunicador español con una trayectoria diversificada:
Periodismo y Comunicación: Es el Director para la Unión Europea de Prensa Mercosur y presentador del podcast "Enlace Iberoamericano", donde analiza temas de actualidad internacional, tecnología (como IA y Blockchain) y política.
Perfil Jurídico: Es abogado especialista en Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs) y asesor jurídico.
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