
Esta frase de El Principito no es una simple observación sobre el paso del tiempo; es, en realidad, una invitación íntima a regresar a una dimensión olvidada del ser. En su aparente sencillez, encierra una de las críticas más profundas a la forma en que los adultos han aprendido a vivir: desconectados de su esencia, de su sensibilidad y de su capacidad de asombro.
El olvido como forma de adaptación.
Crecer, en muchas ocasiones, ha sido confundido con endurecerse. La adultez suele exigir estructuras, responsabilidades, lógica y control. En ese proceso, el niño interior (curioso, espontáneo, emocional) es relegado a un rincón silencioso. No porque desaparezca, sino porque deja de ser escuchado.
Desde una mirada humanista, este “olvido” no es un defecto moral, sino una adaptación. El ser humano aprende a sobrevivir en entornos que premian la productividad sobre la sensibilidad, la razón sobre la emoción. Sin embargo, esta adaptación tiene un costo: la desconexión de lo esencial.
El niño interior: más que un recuerdo.
El niño que fuimos no es solo una etapa superada; es una dimensión viva dentro de nosotros. Allí habitan la capacidad de maravillarse, la autenticidad sin filtros, la emoción genuina. También, por supuesto, las heridas no resueltas, los miedos y las necesidades afectivas que quizás nunca encontraron respuesta.
Recordar al niño no implica infantilizarse, sino integrarse. Es reconocer que nuestra identidad no comienza en la adultez, sino que es un continuo donde cada etapa tiene algo que aportar. El adulto que niega a su niño interior corre el riesgo de volverse rígido, desconectado y, en muchos casos, profundamente insatisfecho.
La pérdida del asombro.
Uno de los signos más claros de este olvido es la pérdida del asombro. El niño se detiene ante una mariposa, se maravilla con una nube, pregunta sin miedo, imagina sin límites. El adulto, en cambio, suele pasar de largo. Todo parece ya conocido, explicado, reducido a una función.
Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de asombrarnos? Perdemos la capacidad de experimentar la vida con profundidad. La existencia se vuelve automática, repetitiva, predecible. Y es allí donde muchas personas comienzan a sentir vacío, aunque aparentemente “todo esté bien”.
Reconectar: un acto de valentía.
Volver al niño interior no es un acto ingenuo; es profundamente valiente. Implica detenerse, cuestionar, sentir. Implica permitirse llorar lo que no se lloró, expresar lo que se reprimió, jugar sin culpa, amar sin cálculo.
En el enfoque humanista (como lo planteaban autores como Carl Rogers) el crecimiento personal no consiste en convertirse en alguien distinto, sino en volver a ser quienes realmente somos, en un proceso de autenticidad y aceptación.
Una integración necesaria.
No se trata de elegir entre ser niño o ser adulto. Se trata de integrar ambas dimensiones. El adulto aporta estructura, dirección y responsabilidad. El niño aporta sentido, emoción y vitalidad. Juntos forman un ser humano completo.
Recordar que fuimos niños es, en el fondo, recordar que somos sensibles, vulnerables, creativos y profundamente humanos.
Quizás la pregunta no sea si recordamos que fuimos niños, sino qué hemos hecho con ese niño que aún vive en nosotros.
¿Lo hemos silenciado?
¿Lo hemos protegido?
¿O le hemos permitido acompañarnos en el camino?
Porque, al final, no se trata de volver atrás… Se trata de no olvidarnos en el camino de crecer.
«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» Efesios 2:10 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
- ★CUANDO TU PAZ DEPENDE DEL ÁNIMO DE OTROS: UN VÍNCULO QUE PIDE SER COMPRENDIDO.
- ★LOS PUNTOS CIEGOS EN LAS RELACIONES DE PAREJA: LO QUE NO VEMOS, PERO NOS AFECTA.
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