
En muchas conversaciones cotidianas (especialmente entre jóvenes y en contextos urbanos) se ha normalizado el uso de palabras como “marico” o “marica” como muletillas. Es decir, no se emplean por su significado original, sino como un recurso automático para iniciar, sostener o enfatizar una frase:
“Marica, no te imaginas lo que pasó”
“Marico, eso estuvo increíble”
“Marica, literal no pude”
Este fenómeno, aunque aparentemente inofensivo, revela dinámicas más profundas sobre el lenguaje, la identidad social y la forma en que pensamos y nos expresamos.
De significado a muletilla: el vaciamiento semántico.
Originalmente, estas palabras tenían una carga semántica clara, históricamente asociada a connotaciones sociales, culturales e incluso discriminatorias. Sin embargo, con el tiempo han sufrido un proceso de desgaste semántico: pierden su significado original y se transforman en sonidos funcionales dentro del discurso.
Ya no significan lo que significaban. Ahora cumplen otras funciones:
– Llamar la atención del interlocutor
– Marcar cercanía o confianza
– Introducir una idea con carga emocional
– Rellenar silencios
En este punto, la palabra deja de ser lenguaje… y se convierte en ruido estructurado.
La función psicológica: vínculo y pertenencia.
Desde una perspectiva psicológica, el uso de estas muletillas no es casual. Cumplen una función clave en la construcción de identidad social.
Decir “marica” o “marico” en ciertos contextos:
– Genera sensación de cercanía (“hablo como tú”)
– Refuerza pertenencia a un grupo
– Reduce la formalidad de la interacción
– Activa códigos compartidos de confianza
Es, en esencia, una contraseña social. No comunica contenido, pero sí relación.
El problema: automatización del lenguaje.
El punto crítico no es la palabra en sí, sino su uso automático e inconsciente.
Cuando una persona necesita iniciar cada frase con una muletilla:
– Reduce su capacidad de estructurar ideas con claridad
– Depende de apoyos lingüísticos vacíos
– Empobrece la riqueza expresiva
– Pierde control sobre su propio discurso
Es similar a lo que ocurre con “eh…”, “este…”, pero con un matiz más complejo: aquí no solo hay vacíos, sino también una carga cultural que se repite sin reflexión.
¿Lenguaje vivo o lenguaje descuidado?
Algunos argumentarán que esto es simplemente evolución del lenguaje. Y en parte es cierto: el idioma siempre cambia.
Pero no todo cambio es equivalente a mejora. Hay una diferencia entre:
Transformación creativa del lenguaje y automatización pobre del discurso.
Cuando una palabra sustituye la capacidad de construir frases más elaboradas, ya no estamos ante evolución, sino ante simplificación excesiva.
El riesgo invisible: pensar como hablamos.
El lenguaje no solo expresa pensamiento: lo moldea.
Si nuestras frases comienzan con muletillas vacías, nuestro pensamiento tiende a:
– Ser más impulsivo que reflexivo
– Más emocional que estructurado
– Más repetitivo que creativo
Y aquí aparece una idea clave:
no es solo cómo hablas… es cómo piensas mientras hablas.
Recuperar la intención al hablar.
No se trata de censurar palabras ni de adoptar una rigidez artificial. Se trata de recuperar la intención.
Antes de hablar, una pregunta simple puede cambiarlo todo:
¿Estoy diciendo algo… o solo estoy llenando espacio?
Porque cuando el lenguaje se vuelve automático, la conciencia se apaga. Y cuando la conciencia se apaga, el discurso pierde fuerza.
“Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien… y seréis hijos del Altísimo; porque Él es benigno para con los ingratos y malos.” Lucas 6:35 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
