
Salvatore Granata cantaba en 1930, durante los carnavales de nuestra ciudad, una tarantela titulada “Montevideo, qué lindo te veo”, con la troupe “Un real al 69”. La letra decía: “Montevideo, yo cuánto te quiero, / rinconcito de belleza. / Montevideo, qué lindo te veo, / con tu cerro y tu fortaleza”.
Era un Montevideo que se proyectaba con fuerza hacia la mitad del siglo XX y que parecía destinado a convertirse en una ciudad moderna y pujante. Hacia los años cincuenta, se aprestaba a rivalizar en belleza con la otra gran ciudad platense: Buenos Aires.
Lamentablemente, las dos grandes ciudades del Río de la Plata —a las que quiero por diversas razones, entre ellas por haber vivido parte de mi vida en ambas— viven hoy una triste decadencia, propia de países que han visto alejarse la prosperidad y el sentido de la belleza.
Pero centrémonos en nuestro Montevideo, que desde hace treinta y seis años soporta un gobierno frentista. Lentamente, este ha demolido la belleza de la ciudad, ultrajando su Ciudad Vieja, su Centro y el Cordón, que van en franco camino a la tugurización. Veredas rotas, suciedad por doquier, viviendas y locales abandonados, galerías comerciales convertidas en túneles fantasmales y, sobre todo, cientos —por no decir miles— de hombres y mujeres jóvenes en situación de calle. Estos viven, comen y evacúan sus heces en la vía pública, generalmente en un estado de confusión mental que los pone en peligro a ellos mismos y, sin duda, a los terceros que por necesidad o apego a su barrio deben convivir con este lamentable entorno.
Lo que sucede no es casualidad. Sucede lo que inevitablemente debe ocurrir en cualquier lugar gobernado por el marxismo, que a nivel internacional ya no insiste tanto en los cambios económicos como en el cambio cultural. Un cambio siempre financiado, paradójicamente, por los peores grupos económicos capitalistas, que buscan la destrucción del orden vigente para imponer un nuevo orden global.
Nos impactan las imágenes de La Habana, que muestran los estertores de una sociedad que supo ser la más próspera del Caribe y que hoy vive su fase terminal, al no poder seguir parasitando la riqueza de otro país devastado por la misma camarilla, como lo fue Venezuela. Hablamos de La Habana porque es una ciudad muy parecida a Montevideo: sigue el viejo modelo español del puerto fortificado alrededor de una bahía.
Hace un par de décadas recorríamos La Habana y apreciábamos su bahía, en uno de cuyos extremos se levanta el fuerte español llamado La Cabaña —bastante más grande que nuestra Fortaleza del Cerro—, famosa por las ejecuciones en el paredón de opositores y homosexuales durante los primeros años del castrismo. En la otra punta de la bahía se encuentra La Habana Vieja, idéntica a nuestra Ciudad Vieja. Vecina a ella está el barrio de El Vedado, que, al igual que nuestro Cordón, era la zona donde antiguamente no se podía construir por encontrarse a tiro de cañón de la fortificación. Más allá se extiende el barrio de Miramar, parecido a nuestro Prado.
Hace ya más de dos décadas esa ciudad lucía un deterioro lamentable, que hoy ha hecho eclosión y que se proyecta como una imagen premonitoria sobre nuestros barrios montevideanos: casas ruinosas, locales comerciales abandonados, balcones y salientes convertidos en techos improvisados para compatriotas destruidos por el alcohol, la marihuana y las drogas más pesadas. Todo ello obliga a una indeseable convivencia que los ciudadanos normales procuran evitar.
Las mismas coordenadas ideológicas, los mismos resultados. Casi cuarenta años de abandono arrojan el panorama que hoy observamos: un gobierno municipal abarrotado de funcionarios cuya tarea nadie sabe bien en qué consiste y sin una sola obra importante en todos estos años.
Mientras tanto, las aguas cloacales de la ciudad siguen fluyendo hacia el Río de la Plata, polucionándolo de manera indecente, pues el colector subfluvial se encuentra roto y no existe una planta de tratamiento que aminore o evite la contaminación. Los cisnes que alguna vez se nos prometieron han sido sustituidos por ratas de gran tamaño y otras alimañas.
El tránsito se ha convertido en una maraña caótica de vehículos de transporte colectivo, autos, motos, bicicletas y monopatines que circulan sin matrícula, sin luces y sin respetar sendas, en una verdadera selva motorizada. Los bellísimos monumentos de la ciudad —La Diligencia, La Carreta, El Entrevero— han sido vandalizados y se encuentran abandonados a su suerte. En Montevideo parece que se puede destrozar, pintarrajear fachadas de comercios y casas impunemente, porque algunos ignoran que sus derechos terminan donde comienzan los de los demás.
En estos días se ha discutido el tema de la movilidad en la ciudad. Gracias a Dios, el intendente Bergara —a quien conocemos y, sin mengua de nuestras discrepancias, reconocemos que escapa a la serie de “heladeras” que lo precedieron— se ha opuesto a la construcción de un absurdo túnel por debajo de la principal avenida. ¿Para qué un túnel hacia el Centro y la Ciudad Vieja si a esa zona ya casi nadie va? La ciudad se ha corrido hacia el Este, tanto para vivienda como para trabajo. El viejo paseo por Dieciocho ha sido reemplazado por la visita a los modernos shoppings; el nodo bancario y profesional de la Ciudad Vieja se ha trasladado a Pocitos y Carrasco.
Ese túnel habría sido el epitafio del viejo Centro y el Cordón. Nadie recorrería ya sus veredas, matando así al comercio y generando daños imprevisibles en las antiguas construcciones de la superficie. Además, si hoy es peligroso transitar por esos barrios, imagínese lo que sería tomar un ómnibus en un túnel.
Por otra parte, el tránsito se ha vuelto denso en Avenida Italia y la Rambla, problema que podría resolverse con un tranvía elevado en el cantero central de Avenida Italia, sin afectar mayormente la superficie actual.
Seguimos estimulando el desarrollo de la ciudad hacia el este, donde se han trasladado los sectores más pudientes de nuestra sociedad —o directamente han emigrado a Maldonado y Punta del Este, que crece exponencialmente a expensas de un Montevideo tugurizado e inseguro—. Pero nos preguntamos cómo se hace más rápido y cómodo el acceso a la ciudad para los miles de trabajadores modestos que viven en el oeste, en La Paz, Las Piedras o Santiago Vázquez, y que en algunos casos pierden tres o cuatro horas diarias en viajes. Para ellos no hay tranvía ni tren eléctrico rápido y cómodo.
Tenemos la sensación de que a las “heladeras” solo les ha importado la Costa, a pesar del descuido generalizado. Los barrios modestos y metropolitanos han sido los grandes olvidados, condenados a un transporte lento e incómodo sin mejoras a la vista.
Leíamos con envidia que en Curitiba se instaló un ómnibus digital —un tranvía sin vías que se desplaza por un sistema de guiado por inducción magnética sobre el asfalto—. Parecería que solo un milagro puede devolverle lozanía a la Ciudad Vieja, al Centro y al Cordón. Ello requiere resolver seriamente el problema de la gente en situación de calle, poner coto a la vandalización de monumentos y edificaciones, y perseguir el delito con firmeza.
Lo peor es que nos vamos acostumbrando a la mugre y a que la gente viva precariamente en la calle, regresando al siglo XIX que describía Isidoro de María, cuando era necesario reprimir que se evacuaran las heces humanas en la vía pública. También nos acostumbramos a la vandalización del amoblamiento urbano: todo lo que se entrega al uso público puede ser destruido, y la propiedad privada, pintarrajeada o ultrajada sin consecuencias.
No podemos olvidarnos del estado de abandono de nuestros parques ni de la falta de iniciativa para crear nuevos espacios donde los montevideanos puedan recrearse. Es cierto que ya no hay un Carlos Thays, un Carlos Racine ni un ingeniero José María Montero, que tanto hicieron por nuestra ciudad. Pero desde su desaparición nadie ha procurado construir nuevos pulmones verdes, y los existentes se han transformado en campamentos de indigentes que han llegado incluso al “copetudo” Pocitos-Punta Carretas y al Parque Villa Biarritz.
El deterioro de Montevideo no obedece exclusivamente a la falta de capacidad intelectual y material de las autoridades locales, ni a la utilización política de la burocracia departamental para repartir cargos y prebendas con fines proselitistas. La decadencia obedece también a ingredientes ideológicos. Como proclamaba Alberto Boixados hace cincuenta años en su obra Arte y Subversión, el marxismo, en su revolución cultural, pretende cambiar los paradigmas de lo bello y lo feo. Se busca ignorar o destruir lo armonioso, lo que se construye según el orden natural. Por el contrario, lo feo debe ser considerado bello. De allí que estar barbudo, desaliñado y mal vestido se convierta en moda, mientras que el cuidado personal y la vestimenta prolija son desechados. La virilidad del hombre y la femineidad de la mujer dejan de ser virtudes para convertirse en construcciones a rechazar y estigmatizar.
En el arte, lo figurativo de la cultura clásica es considerado pasado de moda, mientras que lo abstracto —manchas y líneas caprichosas— da lugar a interpretaciones antojadizas de supuesta hermosura. La armonía musical ha sido sustituida por la música sincopada, y las canciones en un inglés que nadie entiende son celebradas como maravillosas, mientras que el canto nacional o simplemente melódico es visto como una antigualla desechable.
Como para los marxistas lo feo es hermoso, han convertido a Montevideo en el paradigma de su concepto de “belleza”.
Guillermo Domenech
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/opinion/montevideo-en-escombros/
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