
Uruguay ofrece hoy una noticia cultural distinta, menos territorial que las anteriores, pero igualmente ligada a raíces profundas y turismo: el candombe está viviendo un auge visible en Montevideo y fuera de la capital, con ruedas callejeras que convocan multitudes y con un renovado interés de artistas, visitantes y públicos jóvenes. Una crónica publicada esta semana por The Guardian describió cómo esta tradición afro-uruguaya, antes discriminada e incluso prohibida, se expandió por todo el país y hoy atrae a miles de personas en reuniones periódicas, al punto de convertirse en una de las expresiones más reconocibles del paisaje cultural uruguayo. Reuters, en una guía reciente sobre Montevideo, la incluyó además entre las claves para entender la ciudad contemporánea. En apariencia, la noticia es positiva y simple: una herencia viva gana visibilidad y potencia turística. Pero el asunto es más complejo. El candombe no es un espectáculo fabricado para turistas, sino una práctica nacida de la experiencia histórica afrodescendiente y cargada de memoria corporal, barrial y espiritual. Esa profundidad explica que su expansión despierte una duda persistente: ¿puede universalizarse sin vaciarse? La UNESCO lo reconoce desde 2009 como patrimonio cultural inmaterial, pero el reconocimiento internacional no resuelve el dilema interno. Cuanto más circula como marca-país, más urgente se vuelve decidir si se lo protege como legado de comunidades concretas o si se lo deja diluir en la lógica del consumo cultural amplio. Esa tensión es la noticia real.
Lo más fascinante del candombe uruguayo, y también lo más difícil de traducir al lenguaje del mercado turístico, es que muchos de sus propios estudiosos y portadores insisten en definirlo como una conversación humana antes que como mera música. En la crónica reciente se citan explicaciones según las cuales los tres tambores principales equivalen a voces en diálogo; no es una forma poética de hablar, sino una teoría interna de la práctica. Ahí aparece uno de esos hechos raros que sobreviven en pleno siglo XXI: una tradición sonora urbana, celebrada en calles llenas de cámaras y visitantes, todavía es comprendida por sus custodios como tecnología de comunicación, memoria y presencia. Ese espesor ayuda a entender por qué la expansión del candombe entusiasma y preocupa al mismo tiempo. El éxito puede atraer turismo, inversión y difusión, pero también puede acelerar una “desafricanización” simbólica si el relato dominante olvida quiénes sostuvieron esa forma cuando era mal vista. Uruguay, por lo tanto, se encuentra ante una prueba parecida a la de otros países del Mercosur: convertir un patrimonio ancestral en atractivo contemporáneo sin amputar el conflicto histórico que lo originó. Para cualquier visitante atento, la lección es evidente: escuchar candombe en Montevideo no debería equivaler a “consumir color local”, sino a entrar en contacto con una memoria colectiva que aún discute su propia representación.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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