
Iván
Cepeda, en el encuentro de espiritualidades en Bogotá, este martes pasado
En un auditorio colmado en Bogotá, el candidato presidencial del progresismo, Iván Cepeda, protagonizó una reunión que marca un giro en la narrativa política de la contienda electoral. No fue un acto convencional de campaña ni una exhibición de maquinaria partidista. Fue, más bien, la escenificación de una apuesta estratégica: disputar el significado de la fe en la arena pública y reivindicarla como motor de justicia social en un país donde la religión ha sido históricamente instrumentalizada por sectores de poder.
Cepeda, quien encabeza las encuestas en la carrera hacia la Casa de Nariño, habló ante creyentes de distintas denominaciones que acudieron con una consigna clara: la espiritualidad no puede reducirse a un botín electoral ni a acuerdos de conveniencia entre dirigentes políticos y jerarquías religiosas. En su intervención, el candidato sostuvo que la fe auténtica no se negocia ni se subasta, y que su lugar natural está al lado de los más necesitados, no en los despachos donde se reparten cuotas de poder.
El mensaje cala en un contexto en el que buena parte del electorado creyente se muestra cansado de ver cómo algunos liderazgos religiosos han convertido los púlpitos en plataformas partidistas. Cepeda propuso una lectura distinta: una fe que inspire políticas públicas orientadas a la dignidad humana, a la superación de la pobreza y a la reconciliación nacional, sin componendas ni pactos opacos.
En ese recorrido, la figura del pastor Alfredo Saade ocupa un lugar simbólico. Reconocido como uno de los primeros líderes espirituales en respaldar abiertamente el proyecto político del petrismo, Saade comenzó a inyectar un ánimo espiritual genuino en el progresismo cuando esa convergencia parecía improbable. Lo hizo, según sus allegados, sin exigir cargos ni prebendas, y sin convertir su liderazgo religioso en una herramienta de presión o intercambio.
Para sus seguidores, su aporte consistió en abrir un espacio donde la fe no fuera sinónimo de conservadurismo automático, sino una fuerza ética capaz de acompañar las transformaciones sociales. En un escenario político donde durante décadas ciertas castas han consolidado alianzas con sectores religiosos para perpetuarse en el poder, esa postura representó una ruptura. No se trataba de sumar iglesias como bloques electorales, sino de reivindicar la espiritualidad como conciencia crítica.
Hoy, quienes acompañan la candidatura de Cepeda sostienen que esa semilla ha germinado. El aspirante presidencial insiste en que la fe no puede convertirse en mercancía ni en discurso vacío. Habla de esperanza concreta, de políticas que alivien el hambre, que generen oportunidades y que devuelvan dignidad a quienes han sido excluidos. En sus palabras, la espiritualidad auténtica no se vende por unas monedas ni se intercambia por favores burocráticos.
La reunión en Bogotá dejó en evidencia que el progresismo busca disputar un terreno que parecía vedado. Iván Cepeda intenta presentarse como un líder capaz de dialogar con el mundo creyente desde la coherencia y la originalidad, reivindicando una fe que acompañe al pueblo y no que lo utilice. En una campaña donde cada gesto cuenta, el mensaje es claro: la batalla por la Presidencia también se libra en el terreno moral, y el progresismo quiere darla con un lenguaje propio, sin intermediarios ni ataduras.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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