En la historia política del Uruguay, el Parlamento fue mucho más que un ámbito de votación: fue, durante décadas, una escuela de oratoria, un escenario de confrontación ideológica de alto vuelo y un espacio donde la palabra tenía peso específico. Basta repasar los debates protagonizados por figuras como José Batlle y Ordóñez, Luis Alberto de Herrera , Wilson Ferreira Aldunate, José Germán Araujo,Hugo Batalla,Zelmar Michellini para advertir una densidad argumental que hoy parece lejana. Incluso en la dureza de los enfrentamientos, existía una conciencia clara de estar construyendo la tradición republicana.
El Palacio Legislativo no era solamente un edificio; era el símbolo de una cultura política que entendía el debate como un ejercicio de responsabilidad histórica. Las intervenciones podían ser encendidas, irónicas o implacables, pero rara vez eran banales. Había estudio, había citas, había una voluntad de persuadir más allá del propio círculo. La política se concebía como pedagogía cívica.
En contraste, la política uruguaya contemporánea ha desplazado buena parte de su debate a las redes sociales, especialmente a X (antes Twitter), donde la lógica no es la profundidad sino la inmediatez; no es la argumentación sino el impacto; no es la deliberación sino la viralización. Allí, dirigentes de todos los partidos intercambian consignas, sarcasmos y descalificaciones en un formato que premia la ocurrencia y castiga la complejidad.
Las redes sociales, por supuesto, no son en sí mismas el problema. Pueden ser herramientas valiosas de comunicación y transparencia. El problema radica en haberse convertido en el escenario principal del debate político, desplazando al Parlamento y reduciendo la discusión pública a intercambios fragmentarios. El incentivo estructural de estas plataformas favorece la simplificación, la exageración y la polarización.
Lo más alarmante es la naturalización de este deterioro. Se ha instalado la idea de que “así es la política moderna”, como si la pobreza argumental fuera un peaje inevitable de la era digital. Pero aceptar esa premisa implica resignarse a una degradación de la calidad democrática. Una democracia no se sostiene solo en elecciones periódicas, sino en la calidad del intercambio público que las precede y las sigue.
Uruguay supo construir una identidad política basada en la sobriedad, la racionalidad y el respeto institucional. Recuperar ese estándar no significa idealizar el pasado ni negar sus tensiones, sino reivindicar la centralidad del argumento sobre la consigna. Si el Parlamento deja de ser el corazón del debate y las redes se convierten en su caricatura, la política pierde espesor y la ciudadanía pierde herramientas para comprenderla.
La pregunta no es si los dirigentes deben estar en redes sociales —es evidente que sí—, sino si están dispuestos a no dejar que las redes definan el nivel del debate. La historia parlamentaria uruguaya demuestra que se puede discrepar con firmeza sin renunciar a la altura. Lo que hoy está en juego no es solo el estilo: es la calidad misma de la conversación democrática.
Juan Carlos Blanco Sommaruga
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/no-insulten-a-la-politica-y-a-la-democracia-id186625/
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