
En medio de un proceso de reformas económicas profundas, Argentina redefine su vínculo con el MERCOSUR: ya no como motor de expansión comercial, sino como marco de estabilidad externa que amortigüe los costos de la transición interna. La prioridad de Buenos Aires no es ampliar el bloque, sino evitar que su debilitamiento acelere la pérdida de previsibilidad para sectores industriales clave.
Funcionarios y analistas coinciden en que el MERCOSUR funciona hoy como una red de contención. El comercio con Brasil sostiene ramas industriales sensibles —automotriz, autopartes, químicos— que dependen de reglas comunes, acuerdos administrados y cierta protección regional. En ese contexto, cualquier ruptura abrupta del esquema tendría un impacto inmediato sobre empleo y producción.
A diferencia de Uruguay o Paraguay, Argentina no impulsa una flexibilización abierta. Su estrategia es más defensiva: aceptar excepciones internas y ambigüedades normativas si eso garantiza la continuidad del mercado regional. La lógica es clara: mientras se reordena la macroeconomía, el MERCOSUR ofrece un entorno relativamente conocido frente a un escenario global volátil.
Los datos explican esta cautela. Más del comercio industrial argentino tiene como destino el mercado regional, con Brasil como socio dominante. Esa interdependencia convierte al MERCOSUR en un activo estratégico, incluso en su versión imperfecta. De allí que Buenos Aires acompañe, con matices, el giro brasileño hacia un MERCOSUR más político, siempre que no implique una liberalización comercial que exponga a la industria local.
Esta posición genera tensiones internas. Sectores exportadores primarios presionan por mayor apertura, mientras la industria reclama previsibilidad y reglas comunes. El resultado es una diplomacia económica pragmática: Argentina no lidera el rediseño del bloque, pero tampoco está dispuesta a abandonarlo.
En los hechos, el país apuesta a que el MERCOSUR sobreviva como estructura mínima de coordinación, aun con reglas flexibles y asimétricas. Para Buenos Aires, el bloque ya no es una promesa de desarrollo, sino un seguro transitorio en un proceso de transformación económica cuyos resultados aún son inciertos.



