
Durante más de tres décadas, el MERCOSUR fue conceptualizado —con resultados desiguales— como una unión aduanera orientada a la liberalización del comercio intrarregional. Hoy, sin reformas formales ni anuncios rimbombantes, el bloque atraviesa una transformación más profunda: bajo el liderazgo de Brasil, comienza a operar menos como un acuerdo económico y más como una herramienta geopolítica.
El cambio no es retórico. Surge de una evaluación estratégica del contexto internacional: fragmentación del orden global, debilitamiento de la OMC, tensiones entre grandes potencias y regionalización de cadenas productivas. En ese escenario, Brasil entiende que el valor del MERCOSUR ya no reside en su capacidad de firmar acuerdos comerciales —limitada por sus propias reglas— sino en su potencial como plataforma política sudamericana.
Esta visión es promovida desde Itamaraty y respaldada directamente por el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que concibe la política exterior como un instrumento de autonomía estratégica. Para Brasil, actuar en bloque amplifica peso diplomático frente a Estados Unidos, la Unión Europea y China, aun cuando el comercio real del país dependa mayoritariamente de mercados extra-regionales.
Los datos sostienen esta lógica. Menos del 20% del comercio brasileño se realiza dentro del MERCOSUR, lo que reduce el costo económico de priorizar objetivos políticos por sobre la liberalización intrabloque. En paralelo, la agenda del bloque muestra una mutación clara: disminuyen las iniciativas comerciales clásicas y crecen las instancias de coordinación en energía, transición verde, minerales críticos, defensa industrial y posiciones comunes en foros multilaterales.
Para Brasil, el MERCOSUR funciona cada vez más como escudo y megáfono. Escudo, frente a presiones externas para una apertura indiscriminada; megáfono, para proyectar liderazgo regional sin asumir compromisos comerciales que afecten su industria. Esta redefinición, sin embargo, no es neutra para los socios menores.
Uruguay observa con preocupación un bloque menos enfocado en el comercio, precisamente cuando busca ampliar su inserción internacional. Paraguay, altamente dependiente del mercado regional, acepta el giro con pragmatismo, aunque teme quedar atrapado en una estructura de reglas difusas. Argentina, en cambio, acompaña parcialmente la estrategia brasileña, en tanto le permita proteger su entramado industrial y ganar previsibilidad política en un contexto económico frágil.
El resultado es un MERCOSUR funcional, pero ambiguo. No se reforma, no se rompe, pero cambia de naturaleza. La integración deja de medirse por aranceles y acuerdos y pasa a evaluarse por capacidad de coordinación política. El riesgo es evidente: sin reglas económicas claras, el bloque puede institucionalizar la asimetría y profundizar la frustración de sus miembros. La oportunidad, en contrapartida, es evitar la irrelevancia en un mundo donde los bloques pequeños y puramente comerciales pierden influencia.
Brasil apuesta a que el MERCOSUR sobreviva no como unión aduanera perfecta, sino como instrumento flexible de poder regional. La pregunta abierta es si los socios aceptarán ese rediseño implícito o si, tarde o temprano, exigirán que la mutación sea explicitada y negociada.

