
En pleno centro histórico de Santiago de Querétaro, una ciudad donde cada calle parece conservar un fragmento del pasado colonial mexicano, se levanta una casona que desde hace más de dos siglos guarda entre sus muros una de las leyendas más inquietantes del país. La Casa de la Zacatecana, hoy convertida en museo, combina la elegancia del arte virreinal con un halo de misterio que ha sobrevivido al paso del tiempo. Lo que comenzó como una historia doméstica terminó convirtiéndose en un relato de crimen, traición y superstición que todavía hoy fascina a quienes la visitan.
La construcción de la casa se remonta al siglo XVII, cuando las familias adineradas del virreinato levantaban residencias de amplios patios, corredores y balcones labrados. La casona se caracteriza por su sobriedad barroca, muros de cantera y detalles arquitectónicos que denotan la opulencia de su época. Su ubicación, en la actual calle de Independencia, le dio un lugar privilegiado en el entramado urbano de Querétaro, una ciudad próspera gracias al comercio y a las rutas mineras que la conectaban con Zacatecas y Guanajuato.
Con el paso de los siglos, la casa cambió de dueños y funciones, pero conservó su esencia de residencia privada. No fue sino hasta el siglo XIX cuando comenzó a gestarse la historia que marcaría para siempre su identidad. A principios de esa centuria, una pareja proveniente de Zacatecas se estableció en la vivienda. Él era un comerciante de recursos considerables, dedicado a los negocios mineros; ella, una mujer joven, bella y reservada, que con el tiempo sería conocida en toda la ciudad como “La Zacatecana”.
Vivían sin hijos y solo acompañados por una pequeña servidumbre de confianza. La vida parecía transcurrir sin mayores sobresaltos, hasta que los viajes de trabajo del marido comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes. Las largas ausencias del hombre alimentaron los rumores: en las calles y los portales se decía que la mujer, sola y melancólica, había encontrado consuelo en brazos ajenos. Nadie podía confirmarlo, pero la sociedad queretana del siglo XIX, conservadora y atenta al escándalo, no tardó en condenarla en silencio.
La desaparición y el crimen
La historia dio un giro abrupto cuando un día, el esposo partió de viaje y nunca más se le volvió a ver. Durante semanas, la esposa aseguró que su marido había ido a atender asuntos importantes y regresaría pronto. Pero los días se convirtieron en meses, y el silencio comenzó a levantar sospechas. La servidumbre, los vecinos y los comerciantes cercanos empezaron a comentar que algo extraño ocurría en aquella casa, donde las ventanas permanecían cerradas incluso a plena luz del día.
El rumor creció hasta transformarse en una certeza: el hombre había desaparecido, y solo la Zacatecana conocía la verdad. Con el tiempo, y según la versión que la tradición ha conservado, se supo que la mujer había ordenado a uno de sus criados asesinar a su esposo. La razón, dicen, era simple y terrible: quedarse con su fortuna y librarse de un matrimonio que ya le resultaba insoportable.
El crimen fue cometido en silencio, sin testigos, en una de las habitaciones del segundo piso. El cuerpo del comerciante habría sido enterrado en las caballerizas, bajo el piso de piedra, con la complicidad del sirviente. Sin embargo, el secreto no duró mucho. Temiendo que el hombre hablara o la delatara, la Zacatecana decidió eliminarlo también. Mandó asesinarlo —según se cuenta— o quizás fue ella misma quien lo hizo, cegada por el miedo a ser descubierta. El cadáver del sirviente fue ocultado junto al del amo, y el secreto volvió a sellarse entre los muros de la casona.
Después de aquellos hechos, la mujer comenzó a vivir recluida. Cuentan que apenas se asomaba al balcón y que, por las noches, se escuchaban pasos, murmullos y movimientos en el interior de la casa. Nadie sabía si eran criados o las sombras de su conciencia. Las versiones coinciden en que su carácter se volvió sombrío y violento, hasta que un día fue hallada muerta en su propia habitación.
Las circunstancias de su muerte siguen siendo un misterio. Algunos sostienen que fue asesinada por alguien que buscaba venganza; otros, que la culpa la llevó al suicidio. Hay quien asegura que su cuerpo fue arrastrado fuera de la casa y dejado en plena calle como castigo moral. Lo cierto es que, desde entonces, la historia de la Zacatecana se convirtió en una advertencia, una leyenda de sangre y traición que marcó la memoria de Querétaro.
Con el paso de los años, la casona quedó abandonada, y la gente comenzó a hablar de ruidos inexplicables que provenían de su interior. Se decía que por las noches se escuchaban golpes, lamentos y el arrastre de objetos pesados, como si alguien tratara de mover algo bajo el suelo. Las historias se multiplicaron: algunos vecinos aseguraban ver luces encendidas en habitaciones vacías, y más de un curioso juró haber visto la silueta de una mujer observando desde una de las ventanas del segundo piso.
La casa encantada del centro histórico
La fama de casa encantada acompañó al edificio durante más de un siglo. A pesar de los intentos por habitarla nuevamente, nadie parecía resistir mucho tiempo dentro. Los pocos que lo hicieron relataron sucesos que los obligaron a marcharse: puertas que se abrían solas, cuadros que caían sin motivo, o la sensación constante de ser observados. La figura de la Zacatecana se convirtió así en una especie de presencia invisible, una sombra que parecía resistirse al olvido.
Para los queretanos, el mito se integró de tal manera a la identidad local que hoy resulta difícil separar el relato legendario del registro histórico. Lo cierto es que el inmueble, más allá de su carga sobrenatural, constituye una de las joyas arquitectónicas más notables del periodo virreinal. Sus muros gruesos, sus escaleras de cantera y su disposición en torno a un patio central reflejan el estilo de vida de las familias acomodadas de la época.
A finales del siglo XX, la casona fue restaurada y transformada en el Museo Casa de la Zacatecana, un proyecto que buscó devolverle al edificio su esplendor original y, al mismo tiempo, preservar la leyenda que le da nombre. El museo abrió sus puertas con una colección impresionante de arte decorativo, muebles, esculturas y objetos de diversas épocas que reconstruyen la vida cotidiana de la alta sociedad novohispana.
Hoy, al recorrer sus salas, el visitante se encuentra con retratos de época, tapices, porcelanas finas, relojes antiguos y mobiliario que habla de una vida de lujo y refinamiento. Pero el verdadero atractivo va más allá de los objetos: es la atmósfera que envuelve cada rincón, ese aire denso y expectante que parece detener el tiempo.
El recorrido incluye habitaciones amuebladas como en el siglo XIX, un comedor con vajillas de porcelana europeas, un oratorio con imágenes religiosas, y una colección de relojes que aún marcan las horas como si el pasado no hubiera terminado de irse. Cada espacio tiene una historia que contar, pero pocos pueden evitar pensar en lo que pudo haber ocurrido entre esas mismas paredes hace más de doscientos años.
Entre historia y leyenda
Aunque la historia de los asesinatos nunca ha sido confirmada por documentos oficiales, la tradición oral la ha mantenido viva con una fuerza extraordinaria. Los historiadores locales coinciden en que el relato probablemente mezcla hechos reales con la imaginación popular, como ocurre con tantas leyendas coloniales mexicanas. Pero esa mezcla, lejos de restarle valor, la ha convertido en un símbolo de la ciudad.
La Zacatecana representa la figura femenina envuelta en el misterio, la mujer acusada, la transgresora castigada. Su historia toca temas universales: la traición, la culpa, la venganza y el peso del remordimiento. En el contexto de una sociedad patriarcal y profundamente religiosa, su figura también encarna el miedo colectivo a la mujer que desafía las normas. Tal vez por eso su espíritu —según dicen— no ha encontrado descanso.
Quienes visitan el museo aseguran que aún se percibe algo extraño en el ambiente. Algunos hablan de corrientes de aire frío en pasillos cerrados, de objetos que cambian de lugar o de sombras que se deslizan por las paredes. Los guías cuentan que, en ciertas noches, los sensores de movimiento se activan sin razón aparente, y más de un guardia ha preferido no hacer el turno nocturno solo.
En el patio central, los guías suelen detenerse un momento. Ahí, bajo el piso, dicen que podrían encontrarse los restos del marido y del sirviente. Nadie lo sabe con certeza, pero la idea basta para que los visitantes contengan el aliento. A pocos metros, una ventana en penumbra refleja una silueta femenina que algunos juran haber fotografiado sin querer. La Zacatecana, según cuentan, aún vigila su casa.
Más allá de la leyenda, el Museo Casa de la Zacatecana es hoy un espacio dedicado a preservar la memoria artística de Querétaro. En sus once salas, se exhiben colecciones que abarcan desde el arte virreinal hasta el siglo XX, con piezas que ilustran la evolución del gusto, la técnica y la estética a lo largo de trescientos años de historia.
El museo no solo ofrece un recorrido visual, sino también una experiencia emocional. Cada sala es una ventana a una época distinta: la habitación principal con su cama de madera tallada, el estudio con su escritorio de caoba y sus relojes mecánicos, la capilla privada donde aún se respira el silencio de la devoción. Todo está dispuesto para que el visitante se sienta parte de un tiempo detenido, como si la casa aún respirara los secretos que se niega a revelar.
Con el paso de los años, el lugar se ha consolidado como uno de los atractivos culturales más visitados de la ciudad. Tanto los turistas nacionales como los extranjeros llegan movidos por la curiosidad: unos por la riqueza artística del museo, otros por el deseo de comprobar si los rumores son ciertos. Y aunque nadie ha podido demostrar la existencia de fantasmas, pocos se marchan sin sentir una presencia que parece observar desde algún rincón.
La Casa de la Zacatecana es hoy un símbolo de Querétaro, una fusión entre arte, historia y leyenda que define el espíritu de la ciudad. Su atractivo radica precisamente en esa ambigüedad: nadie sabe con certeza dónde termina la historia y dónde comienza el mito. Quizás ahí reside su poder, en la posibilidad de creer o dudar, de aceptar lo inexplicable como parte de la identidad colectiva.
Porque, al final, cada visitante sale de la casa con una sensación distinta. Algunos hablan del peso de la historia, otros de la belleza del arte. Pero todos coinciden en algo: hay algo en ese lugar que trasciende el tiempo. Algo que ni los siglos, ni la restauración, ni la razón han podido disipar. Tal vez sea el eco de la culpa, o simplemente el recuerdo obstinado de una mujer que amó, traicionó y murió en silencio.
Y mientras el reloj del museo sigue marcando las horas en un vaivén eterno, la Zacatecana continúa siendo lo que siempre fue: un misterio vivo en el corazón de Querétaro.
*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: contacto@josemanuelgarciabautista.net
ESPACIO PUBLICITARIO
