
En Capilla del Monte, las historias no se cuentan: se heredan. Pasan de padres a hijos, de vecinos a turistas, de sobremesa en sobremesa. Algunas cambian con los años; otras, en cambio, permanecen intactas, como si el tiempo no se animara a tocarlas. Entre todas, hay una que atraviesa generaciones y define al pueblo desde hace décadas: la convicción de que algo —no del todo humano— observa, se manifiesta y, a veces, desciende desde el cielo serrano.
No siempre fue así. Capilla del Monte nació como un pueblo serrano más, tranquilo, de veranos calurosos y silencios largos. Pero a partir de la segunda mitad del siglo XX, y con especial intensidad desde los años ochenta, comenzó a construir una identidad singular. Una identidad marcada por luces extrañas, relatos persistentes, fotografías borrosas y una pregunta que nunca termina de cerrarse: ¿Qué ocurre realmente en estas sierras?
La noche anterior, Alicia Pagez regresó de la sierra con el pulso acelerado. Vive en Capilla desde siempre y no es la primera vez que sube al monte buscando respuestas. Sin embargo, esta vez fue distinto. Mientras revisaba las imágenes en su teléfono, su entusiasmo crecía.
—Mirá esto —dice, ampliando una foto donde se distinguen luces circulares, verdosas, suspendidas en la oscuridad.
Asegura que ella y quienes la acompañaban terminaron mareados, desorientados, con una sensación física difícil de explicar. No sabe qué vio. Tampoco lo afirma. Pero está convencida de que no fue un simple reflejo.
Historias como la suya abundan. Aquí casi todos tienen algo para contar. Un destello que se movía contra el viento. Un objeto que se detuvo en seco. Un silencio extraño en medio de la noche. “Acá todo el mundo vio algo alguna vez”, repiten los vecinos, sin énfasis, como quien habla del clima.
Los avistamientos en la zona no comenzaron en 1986, aunque ese año marcaría un antes y un después. Existen registros orales de luces extrañas desde la década del 50, cuando el fenómeno OVNI empezaba a ocupar espacio en los diarios del mundo. Pastores, caminantes nocturnos, incluso policías rurales hablaron de objetos luminosos que no seguían trayectorias convencionales.
Durante los años 70, con la carrera espacial como telón de fondo y la Guerra Fría alimentando imaginarios, Capilla del Monte empezó a figurar en círculos ufológicos locales. Sin embargo, el fenómeno todavía no trascendía demasiado más allá de la región.
Todo cambió en enero de 1986.
La huella que lo cambió todo en Capilla del Monte
El 9 de enero de ese año, vecinos de la Sierra del Pajarillo, a pocos kilómetros del Cerro Uritorco, encontraron una marca ovalada descomunal: unos 120 metros de largo por casi 70 de ancho. La vegetación estaba quemada, aplastada, como si algo hubiera descendido desde el aire y se hubiera posado allí con un calor imposible.
Tres personas declararon haber visto la noche anterior un objeto redondo, con luces, suspendido sobre el cerro. Luego, una luz roja intensa iluminó sus casas. Al día siguiente, la historia llegó a los medios. Y se volvió imparable.
El informe televisivo de Nuevediario amplificó el caso a nivel nacional. La agencia estatal Télam lo reportó como un hecho extraordinario. Capilla del Monte entró definitivamente en el mapa ufológico.
Con el tiempo surgieron explicaciones alternativas: un incendio controlado, una prueba militar, incluso una estrategia turística. Ninguna logró borrar del todo el impacto de aquella huella que permaneció visible durante años y sigue siendo, todavía hoy, el punto cero del mito moderno.
Luces en el cielo y una ciudad bajo la montaña
Desde entonces, los avistamientos se multiplicaron. Luces blancas, rojas, plateadas. Objetos que se desplazan en zigzag, que se detienen y desaparecen. Algunos hablan de encuentros cercanos; otros, de sensaciones corporales intensas.
Paralelamente, creció una de las creencias más persistentes: la existencia de Erks, una supuesta ciudad intraterrena o multidimensional ubicada bajo el Uritorco. Según el relato, sería un enclave fundado por seres no humanos, un centro de sabiduría ancestral que se manifiesta solo a quienes están “preparados”.
La idea se mezcló con tradiciones indígenas, espiritualidad oriental y literatura esotérica. Así, el cerro pasó a ser considerado un vórtice energético comparable con Machu Picchu o el Tíbet. Para muchos, no es casual que las luces aparezcan allí.
La transformación fue profunda. Capilla del Monte, con apenas diez mil habitantes, comenzó a recibir miles de visitantes cada año. Las tiendas de сувenires venden cuarzos, inciensos y figuras de extraterrestres tomando fernet. El cartel de bienvenida al pueblo muestra un alien verde, cabezón, sonriente.
El turismo místico se volvió central. Hay caminatas nocturnas, charlas, retiros espirituales y un festival anual dedicado a los extraterrestres. El Centro de Informes OVNI funciona como punto de referencia para creyentes y curiosos.
Agustín Galarza llegó desde Santa Fe tras manejar más de seiscientos kilómetros. “Creo que es bueno que se sepa que no estamos solos”, dice, mientras observa fotos y recortes de diarios en las paredes del centro. Está convencido de que los gobiernos ocultan información. Y que lugares como este ayudan a “despertar”.
No todos comparten esa visión. Desde la Universidad Nacional de Córdoba, el geólogo Edgardo Baldo ha estudiado la zona durante décadas. Para él, el Uritorco no tiene nada de excepcional desde el punto de vista geológico.
“El cerro está compuesto por granito, como muchas otras sierras de Córdoba. No hay una anomalía de cuarzo que explique fenómenos energéticos especiales”, señala. Recuerda, además, un estudio de físicos que atribuyó algunas luces a reflejos de vehículos que circulan por rutas cercanas.
Eso sí, Baldo admite algo que suele incomodar tanto a escépticos como a creyentes: no todo está completamente explicado. “No sabría decir si todas las luces existen o cómo se originan”, concede.
Horacio Damián vive cerca de las cuevas de Ongamira, en pleno corazón del supuesto vórtice energético. Campesino, sombrero gastado, mirada franca. Se ríe cuando le preguntan por ovnis.
“Esto no es para todos”, dice. “Yo, salvo alguna estrella fugaz, nunca vi nada”.
Y quizá ahí resida el secreto de Capilla del Monte. En ese equilibrio inestable entre fe y duda, entre ciencia y mito. En la posibilidad de creer sin pruebas, o de desconfiar incluso frente a lo inexplicable.
Mientras tanto, cada noche, alguien apunta su cámara al cielo. Y espera.
*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: [email protected]
ACERCA DEL CORRESPONSAL
JOSé MANUEL GARCíA BAUTISTA
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