
Cuando la identidad se construye desde el otro
En el lenguaje cotidiano hablamos con frecuencia de personas introvertidas y extrovertidas. Sin embargo, existe un perfil menos nombrado pero muy presente en la vida personal, familiar y organizacional: las personas otrovertidas, también llamadas otroverts. No se trata simplemente de personas sociables, sino de individuos cuya energía, identidad y sentido de valía se orientan de manera predominante hacia los demás, a veces incluso en detrimento de sí mismos.
¿Qué son las personas otrovertidas?
Las personas otrovertidas son aquellas que viven emocionalmente hacia afuera. Su atención, motivación y autorreferencia dependen en gran medida de la aprobación, las necesidades, las emociones y las expectativas de otros. Su brújula interna está descentrada: no parte del “yo”, sino del “tú” o del “ellos”.
No necesariamente son débiles ni pasivas; muchas veces son líderes, cuidadores, facilitadores o figuras muy valoradas socialmente. El problema no es su capacidad de dar, sino cuando dar se convierte en la única forma de existir.
Causas de la otroversión.
La otroversión no surge al azar. Suele tener raíces profundas:
- Aprendizajes tempranos: Infancias donde el amor fue condicionado al buen comportamiento, al rendimiento o al sacrificio.
- Hogares donde cuidar a otros era más importante que expresar necesidades propias.
- Heridas de apego: Miedo al abandono o al rechazo.
- Necesidad de ser necesarios para sentirse seguros.
Modelos culturales.
- Sociedades que exaltan el sacrificio, la entrega constante y la complacencia.
- Idealización del “servir” sin límites, especialmente en ciertos roles de género.
- Identidad construida desde el rol
- “Soy valioso porque ayudo”, “porque resuelvo”, “porque sostengo”.
- Dificultad para reconocerse más allá de lo que hacen por otros.
Consecuencias emocionales y relacionales.
Cuando la otroversión no está equilibrada, puede generar efectos silenciosos pero profundos:
- Desgaste emocional y físico crónico.
- Dificultad para identificar deseos, límites y necesidades propias.
- Relaciones asimétricas, donde siempre se da más de lo que se recibe.
- Culpa al decir “no” o al priorizarse.
- Sensación de vacío, invisibilidad o resentimiento oculto.
- Riesgo de ansiedad, somatización o depresión funcional (seguir funcionando, pero sin disfrute).
- Paradójicamente, muchas personas otrovertidas son vistas como “fuertes”, cuando en realidad están profundamente agotadas.
Medidas de afrontamiento y regulación.
La solución no es dejar de ser otrovertido, sino integrar el yo en la ecuación.
- Recuperar la auto escucha: Aprender a preguntarse:
¿Qué necesito yo ahora?
¿Esto lo hago por amor o por miedo?
¿Qué siento cuando nadie me necesita?
- Entrenar límites sanos: Decir “no” sin justificarse en exceso.
Comprender que poner límites no rompe vínculos, los ordena.
- Diferenciar responsabilidad de sobrecarga: No todo lo que duele a otros es tu responsabilidad.
Acompañar no significa cargar.
- Reconfigurar la identidad: Explorar quién soy cuando no estoy cuidando, resolviendo o sosteniendo.
Desarrollar espacios propios de disfrute, silencio y elección personal.
- Acompañamiento terapéutico: Trabajar el apego, la culpa y la autoafirmación.
Reconstruir una relación más compasiva consigo mismo.
Ser una persona otrovertida no es un defecto: es una capacidad profunda de conexión, empatía y entrega. Pero cuando el yo desaparece en nombre del otro, el amor se vuelve sacrificio y la entrega se convierte en desgaste.
El verdadero equilibrio no está en dejar de mirar al otro, sino en aprender a mirarse también a uno mismo. Porque nadie puede sostener vínculos sanos si vive olvidándose de sí.
Cuidar a otros es un don.
Cuidarse a uno mismo es una responsabilidad.
Y la verdadera madurez emocional surge cuando ambas cosas pueden coexistir sin culpa.
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.” Romanos 12:2(RVR1960)
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