
Hace algunos días César Mazza compartió un video de María Moreno. Lo escucho y le escribo: esto es importante, hay que transcribirlo, publicarlo. Por fortuna, Conforte me invita a escribir: voy a escribir lo que escuché. El video empieza con una pregunta, “¿qué es un maestro?” Maestro, palabra que trae a la cabeza una tracalada de imaginarios, desde los pedagogos catedráticos vampirizantes de almas, hasta los más románticos recuerdos de ellas, las señoritas, la segunda mamá, que María trae a nuestra memoria para marcar el primer contrapunto: las correrá de la escena para hablar de los/las Maestras/Maestros con M mayúscula. Me recordó una cita que conocí por Manuel Quaranta, del poeta Enrique Symns “solo encontrarás aventuras extrañas fuera de la casa familiar”. Fuera de lo familiar, pero como en casa, Moreno conoce a su maestro Germán García mientras caminaban por calle Corrientes. “Es un encuentro que nos cambia la vida”. Siempre me gustó la forma de contar ese impacto, encuentro primero con algo que va a venir a marcar un antes y después. En el libro Ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, escribe Arlt: “Palidísimo, casi mate, los ojos hundidos en las órbitas, todo de una contextura delicada y profunda, rodeado, por decirlo así, de un aura tan vasta y espiritual que inmediatamente me inspiró simpatía su criolla belleza. Lo observaba. Al hablar lo hacía con especial cuidado, modulando las palabras con sugestiva euritmia, que presentaba a sus pensamientos precisas tonalidades, que me subyugaban con su timbre sonoro y convincente”. Moreno redobla la pregunta, ¿puede sustituirse el cuerpo del maestro? “Es el que transmite con su ejemplo, su voz y su cuerpo apasionado, el sentido oculto de ciertos libros, la subversión del entrelíneas, el secreto no revelado por los que leyeron antes”. ¿Qué encontró Moreno en García, Borges en Fernández, García en Masotta? En Huracán (publicado en este dossier), Moreno habla de filiación, palabra tan incómoda hoy como la palabra tradición, pero convendría no pasarlas por alto, ni horrorizarse y salir espantados en búsqueda de lo nuevo por lo nuevo, –estos cuerpos tan angelados de hoy que creen que el deseo no está en relación a ningún otro, tan puros ellos que creen que no le deben nada a nadie, autodidactas se dicen, sin saber que a algún amo estarán obedeciendo, sin saberlo tan entregados al mercado, nuevo lugar de legitimación…– pero es que la filiación no es la búsqueda de un origen legítimo y excluyente, nos dice Moreno, “sino una ficción en función de un proyecto, el reconocimiento de una deuda a condición de no considerarla saldada, ponerse tanto a la sombra de un nombre como despertarlo a nuevas resonancias”. Maestro, sombra compañera, nunca anónima, que nos habla cuando estamos distraídos, testigo permanente, interrumpe nuestras lecturas y hasta nos quita el sueño. Cómplice de una posibilidad trascendente, en un proyecto o causa común que nos sobreviva. Sigue Moreno, “siempre hay entre nosotros y el libro una voz rectora que impide leer de cualquier manera, pero eso no es una restricción, sino un vector de posibilidades para la perfección de la aventura”. George Steiner en Lecciones de los maestros –por supuesto esta referencia está en Germán– habla de una triple aventura que no se parece a ninguna otra: despertar en otros sueños que están más allá de los nuestros, inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos, hacer de nuestro presente algún futuro… profecía que siempre se cumple mal, desviada, no lineal, “torcida” dice Moreno, en la lectura siempre “sorpresa y resurrección”. Miren qué diferente a la obediencia: una orden nunca será una orientación. Recuerdo a Miller, Jacques-Alain, que hablando de su maestro me permitió hacerme alguna idea de lo que es la transmisión; dice que en los asuntos del Campo freudiano se guio por los “sí” y los “no” de Lacan. Le planteaba preguntas, aceptaba sus respuestas, pero las explicaciones las producía él y en esa serie de síesy de noes dibujaba una orientación. La enseñanza es ostensible, de virtud indicativa, hasta puede ser muda, muestra, señala, significa. Sigue Moreno: “hay quienes piensan que declarar un maestro es sinónimo de obediencia, son los que solo pueden asociar saber a poder y a los privilegios de un vencedor, son los que fingen ignorar de quiénes se copian, o los que solo pueden reconocer un maestro bajo la figura del parricidio”.¡Culebrón edípico! No querer saber nada de la propia castración, desmentir la marca, amargas decepciones se avecinan: “¿Cree usted, acaso, que es un gran placer para mí permanecer toda mi vida bajo su sombra?” le dijo Adler a Freud, mientras inventaba la psicología individual, sí, así la llamó, no es un chiste, mientras tanto el Maestro escribe: “El psicoanálisis resistirá esta pérdida y la compensará con la conquista de otros partidarios. Séame permitido terminar con el deseo de que el Destino otorgue una cómoda ascensión a todos aquellos a quienes se ha hecho desagradable la permanencia en el infierno del psicoanálisis. Y puedan los demás continuar tranquilamente su labor en lo profundo” (Historia del movimiento psicoanalítico, febrero de 1914). Breve digresión, pero sigamos con Moreno: “Mi maestro era Germán García, de él aprendí que ningún texto era sagrado, que el entender era una invención y ningún secreto templario; alegría y desobediencia. En nombre del progresismo light y del psicoanálisis analgésico, muchos lo encontraban agresivo, en realidad era impaciente. Recuerdo su manera de enseñar concentrando todo en un mismo gesto: leer, pensar, enseñar, publicar (…) Si es verdad que el maestro solo transmite lo que le falta, la transmisión no completa al maestro, sino que eleva su falta a través del discípulo a un impulso deseoso del que aquel carecía”. Otra forma de intercambio, fuera de todo cálculo, una donación recíproca, como ocurre en las cosas del amor. Es una cuestión de eros, mal que les pese a los empresarios del fifty-fifty y a los Santos guardianes del encuadre aséptico.
Noelia Chiantur es psicóloga (UNC) e integrante de la Fundación para la Clínica Psicoanalítica de Orientación Lacaniana.
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