
Encuentro
La Asunción, publicado en Literal 4/5 (Noviembre de 1977) me asalta por sorpresa:
Allí la maleza ausente habla de mi afecto, aquí el gracioso número repetido. (Yo amé la paz de las matemáticas, ese templo ignorante a todo deseo. Yo combiné sin sangrar, yo resolví sin deshacerme).
Recordemos que la misma autora declara en su discurso del honoris causa que ese texto fue escrito bajo el influjo de su amor preceptor, Germán García.
El fragmento me lleva inmediatamente a una novela de Terry Eagleton que una vez puso en la mesa Germán García. En una de las reuniones que tuve con Germán en el bar Jetro, estimo que fue en el verano del 2018, llevaba en esa oportunidad un libro recién adquirido, La muerte de dios, también de Eagleton. Llego primero al bar, elijo una de las mesas preferidas, junto a la ventana que da a la calle. Entra Germán a las 11 hs. Nos saludamos. Inmediatamente lanza inquisitoriamente: “¿y ese libro?”, “Me lo recomendó Toto Schmucler”, respondo en el acto, como si fuera un duelo o un certamen de preguntas-respuestas. “Este no lo tengo, luego me acompañas a la librería cerca de aquí y lo compro”, en un tono entre invitación y orden. Germán, pienso en ese momento, casi riéndome en silencio, hace lo que una vez dijo en una de sus clases de los Jueves en el Centro Descartes: “el acto es cuando el karateca realiza un golpe y el sujeto es el mismo golpe, llega al Satori”. Germán, llega a un Satori profano, cotidiano, no excepcional, de Sumo amateur a propósito de lo que se le ocurre en el momento, conseguir el libro que vio.
Volvemos al bar luego del breve paréntesis, pero ahora Germán consigue otro libro de Eagleton, Santos y eruditos. Anunciada como la primera, única novela del eminente crítico marxista, la curiosidad de Germán era contagiosa, se trata, me adelanta del encuentro entre Wittgenstein y Russell: “Intentó dejar de escribir, porque escribir era una forma de deseo. No le gustaban los paraguas ni los sillones porque le recordaban a su cuerpo. Iba al cine todos los días y trataba de perderse en el celuloide. Hasta que un día un amigo quiso tomarle una foto en las escalinatas del Senado y Wittgenstein le preguntó dónde debía pararse. ‘Ah, más o menos por ahí’, respondió el amigo, indicando un lugar al azar. Wittgenstein volvió a su cuarto, se acostó en el suelo y se retorció de alborozo. Más o menos por ahí. Esta frase le había abierto un mundo. No ‘dos centímetros a la izquierda de esa piedra’, sino ‘más o menos por ahí’. La vida humana era cuestión de aproximaciones, no de medidas precisas. ¿Por qué no lo había comprendido antes? Había intentado purgar al lenguaje de sus ambigüedades, pero eso era como pensar que el asa de una taza era un defecto de la loza. La laxitud y la ambigüedad no eran imperfecciones, eran lo que hacía funcionar las cosas. (…) Todavía había belleza y simplicidad, pero no las de la matemática. La belleza y simplicidad estaban en las vidas de los que vivían ‘aproximadamente’” (p. 60, Terry Eagleton, Santos y eruditos. Ed El cuenco de plata, Bs. As. 2017). Lectura
“Amor preceptor” declaró María Moreno en su discurso en el recinto del Salón de Grados de la UNC, el martes 23 de septiembre del 2025. Me gustaría resaltar dos aspectos que tal vez se tejen en el mismo punto, la trasmisión de un saber, de un saber-hacer que modifica a quien lo recepta, se toma por destinatario: “Yo encontré mi amor preceptor en Germán García a quien le dieron en esta misma casa el Honoris Causa del que tenía un orgullo tal que persiguió a sus amigos de la UBA, que Córdoba era la más antigua, que las baldosas, que primero los jesuitas, que Juan José Paso… (…) El amor preceptor es el del semejante con un más de experiencia en saberes imbenditos. Puede ser el de quien pasa los primeros libros prohibidos, el que sabe leer en nuestro deseo y predica con el contraejemplo, (…) El amor preceptor no se sublima se vive, se toca, se acaricia. Puede estar en la institución, pero viviéndolo como fuera de esta.
Recuerdo en cambio su manera de enseñar concentrando todo en el mismo gesto: leer, pensar, enseñar, publicar. Cuando la sangre se derramó cada vez con más fuerza de las morcillas para dejar de ser metáfora, llovieron sobre los lacanianos ciertas acusaciones: la de sustraer los cuerpos a la política para invertirlos en instituciones obedientes, colonizadas por el barroco e irresponsable, por el buceo en el inconsciente, de interpretar la historia en términos burgueses e inocuos (¿cómplices de los verdugos?) del complejo de Edipo. Ojalá el lacanismo estudioso y analizante hubiera tenido la capacidad de sustraer cuerpos a la muerte para ponerlos a reflexionar sobre el goce”. (https://ffyh.unc.edu.ar/alfilo/el-amor-preceptor/). Ahora consideremos a Petrarca. Hay un hecho no demasiado resaltado, dice Marc Fumaroli en su libro La República de las Letras (Ed. Acantilado, Barcelona, 2013): “a menudo desatendido por los historiadores del humanismo: la coronación que Petrarca ansiaba recibir en el Capitolio, en Roma en 1341 (el 8 de abril)”. Un acontecimiento fundamental en la tradición académica europea, lateral y distinta de la tradición universitaria. El título otorgado a Petrarca fue en tanto “poeta”, “entendiendo por poesía la quintaesencia y el resumen del trívium reformado”. Petrarca aspiró a este honor del que no existían casi precedentes, una condecoración extrauniversitaria sanciona su recorrido en razón de su escritura, de su lugar en tanto autor de una epopeya latina (África), de su singular manera de habitar la lengua. Un acontecimiento que permitirá iniciar la reforma de los estudios que encuentra en esos tiempos una importante recepción en el mundo laico.
Las Academias que promovía Petrarca se diferenciaban de los Studi (Universidades) instituciones “modernas” que no pueden invocar unos precedentes de otra época, como los banquetes filosóficos, la igualdad entre pares, el conocimiento en la alegría, fuera del tiempo, cuyo “secreto” los humanistas cifraban en “las buenas letras”.
Germán García, un Reciénvenido, escritor en sus inicios, luego psicoanalista, en una vida que no dejará de conjugar ambos deseos; sin portador de ningún pedigri intelectual o académico solo contó con su inventiva y su inclaudicable gaya ciencia, el hecho de ser distinguido por la Universidad Nacional de Córdoba puede ponerse en una línea de afinidades con aquella laureatio (ser coronado de laurel) de Petrarca en el Siglo XIV. Como en la estructura del chiste, un Otro (llámese Universidad o Senado) oficiará de “tercera persona”, un lugar simbólico que sancionará la chispa que se enciende en una agudeza fuera del discurso corriente. Ya sea la obra poética de Petrarca o la palabra escrita por Germán García en sus novelas, ensayos y en sus intervenciones institucionales en el psicoanálisis tienen el valor de un decir neológico que no queda segregado, al margen del Otro de la costumbre; esas obras son sancionadas en su estatus naciente, agudezas que no dejarán de recrear la lengua adormecida por la rutina de lo Mismo.
Siguiendo el planteo de Borges respecto del escritor que crea a sus precursores (Kafka y sus precursores), podemos imaginar esa afinidad entre Petrarca del Siglo XIV con la obra de Germán García y su laureatio por la Universidad Nacional de Córdoba. Diplomas del ingenio
Volviendo a La República de las Letras, la expresión “diplomacia del ingenio” adquiere un sentido metafórico, alejado del objeto de los historiadores de la diplomacia propiamente dicha. Hay una línea que nos llega de autores franceses de los Siglos XVI y XVII, de Montaigne a La Fontaine cuyo rasgo en común, subraya Marc Fumaroli se refiere a un antidogmatismo, a desestimar un espíritu de sistema, ninguno de estos autores se deja encerrar ni en una doctrina teológica, ni en una escuela filosófica, ni en una manera literaria. Suscriben y se convierten en destinatarios del tejido del ingenio de la Antigüedad para proponer una versión de la vida múltiple, correspondiéndose con la experiencia de los hombres: “esos seres extravagantes, contradictorios, inacabados, desafinados, imposibles de definir sino exponiéndolos a unos puntos de vista contradictorios en sí mismos” (201). Estos diplomados del ingenio prefieren invitar a los autores de la Antigüedad a dialogar entre ellos, evitan una síntesis y dejan margen a la búsqueda, la incertidumbre y a la interpretación. Su espíritu es, según la etimología latina, dirá Marc Fumaroli, ingenioso. No podemos dejar de evocar a los saberes imbenditos a los que se refirió María Moreno en su amor preceptor. César Mazza es un psicoanalista cordobés miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Es además ccoordinador del Programa de lectura e investigación “el Psicoanálisis en la Cultura” del Centro de Investigación y Estudios Clínicos.
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